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viernes, febrero 23, 2024

Los rejodidos y su eterna vulnerabilidad

La historia se repite. Similar a las noticias abundantes sobre largos frentes fríos, copiosas lluvias y ríos desbordados con las consecuentes inundaciones anuales, hay también profusa literatura en relación con desastres naturales, daños por huracanes y registro de damnificados que, cada vez son más, casi siempre los mismos, e igualmente es reiterativo el hecho que pocos hacen algo o nada por paliar la situación.

Como “los mismos”, igual es esta columna cerebral que, en similar fecha se escribió hace un año y previamente también, y ahora otra vez, por la indefensión ante la repetición de los resabios de la naturaleza que vuelven a hacer de las suyas en el sur, occidente, litoral atlántico y mayoritariamente en el Valle de Sula.

De nuevo, como en 2023 y antes, el breve invierno ha causado crecidas de ríos, roturas de “bordos de azúcar” que volvieron un enorme lago casi todo el Valle de Sula -nervio, músculo y motor de la economía nacional- región estúpidamente sacrificada por décadas por el intencional olvido de los políticos en todos los gobiernos, de todos los partidos y de todos los colores.

Es el drama de siempre, con los mismos protagonistas y en el mismo escenario en el que ni en verano ni en invierno nada detiene o contiene cualquier capricho natural o humano y así el desastre de siempre se vuelve tragedia eterna.

También es una historia repetida con los eternamente jodidos, pero con el agravante que cada vez resultan rejodidos, más necesitados, desamparados e indefensos ante los embates naturales, los desmanes de los hombres y la negligencia, casi inutilidad burocrática.

Se supondría que después de tanta contingencia no deberían ocurrir y menos repetirse esas calamidades de todos los años que solo debacles, enfermedades, mayor pobreza y atraso causan en los más pobres que habitan las zonas vulnerables y además en los dueños del capital que invierten para producir, obtener ganancias, generar empleo y pagar impuestos.

Es la de nunca acabar y ese desastre no debería contarse después de tantas vicisitudes ocurridas, pero no por callarlas sino porque lo deseable es que desde hace décadas para evitar estragos o al menos reducirlos se hubiera planificado y construido la infraestructura para garantizar y proteger vidas y bienes.

Sin duda, en cualquier parte, en unas más que otras, no ha existido y si alguna vez la hubo ha sido insuficiente una diligente prevención, adecuada planeación y efectiva ejecución de obras y proyectos con un manejo de los recursos públicos con las manos puras y no con las puras manos.

Mientras tal cosa, parecida a una utopía o quimera resulta imposible, seguimos amolados, hundidos, ahogándonos en un mar pestilente de ineficiencia, corrupción e ineficacia sin recuperarnos de los inmensos daños con el cataclismo de los huracanes Eta y Iota que dejaron muertos, miles de desplazados y la destrucción del aparato productivo del país.

La devastación ha sido y es colosal pues casi todo lo que se podía perder se ha perdido en municipios y sectores ya castigados por la pobreza acumulada en décadas, y que aún resiente el impacto económico y social por la pandemia de COVID-19.

Lo que ha ocurrido y las amenazas que se ciernen han intensificado los riesgos que enfrentan las personas, y los retos y la tarea es enorme para el gobierno que, ante la aparente precariedad e improvisación en la toma de decisiones y la carencia de planes de respuesta pronta tiene una colosal faena para atender el comercio, la industria, la agricultura y la vivienda, pero en especial a la gente.

Mas allá de resolver con obras físicas los daños en el sector productivo, es fundamental proceder con eficacia y eficiencia resolviéndole a las personas, y provocar además acciones que le generen sustento y les mejore la vida, así esa estrategia durante y después de los desastres debe ser con rostro humano sin demagogia ni voracidad electorera, señala un reporte del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

En ese afán, prosigue el informe, todo buen gobernante o aspirante a serlo, debe concebir un plan de reconstrucción con una política de Estado inclusiva, producto del esfuerzo de todos los sectores y con los perjudicados como protagonistas y de esa forma evitar respuestas fragmentadas, temporales o paliativos a problemas sistémicos y endémicos.

Las traumáticas experiencias por el impacto de los fenómenos naturales evidencian la necesidad de desarrollar estrategias de recuperación generadoras de empleo y fuentes de ingreso con tal de evitar que los desastres continúen incrementando la pobreza.

Pese a la tragedia, no debe perderse la esperanza ni dejar de exigir que quienes dirigen ni se atolondren ni se acobarden en su inacción o inmovilidad para decidir qué hacer, porque habida cuenta que los recursos públicos son suficientes siempre que no se los roben, lo peor sería que la inutilidad, además de la demagogia y la corrupción, termine por desbordarnos e inundarnos y ahogar al país para siempre.

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