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domingo, abril 21, 2024

Las otras batallas de los generales

En estos días aciagos a veces calientes o fríos y lluviosos, de juicios allá y Cortes acá, el entusiasmo y la complicidad de algunos lectores de lo que uno escribe, compromete en el sentido de complacer sugerencias y consentir apetencias literarias, especialmente cuando de amor se trata.

Así, uno de mis textos más comentados -personalmente- ha sido el más reciente “De los demonios y el amor”, columna cerebral sobre algunos de los idilios más famosos de la historia, consecuencia de lo cual amigos y conocidos, sobre todo damas, sugirieron que indagara sobre cartas románticas de personajes prominentes que, por sus acciones se evidenciaron como guerreros y estadistas, y por sus escritos se desnudaron también como apasionados, cachondos o lujuriosos.

He aquí, pues, una pequeñísima selección de una enorme colección de cartas de amor de históricos que, en papel y por su puño y letra desbocaron pasión por sus amadas, ávidos de traspasar el tiempo, el espacio y la distancia hasta alcanzar el umbral de lo fantástico y en las penumbras de sus soledades hacer germinar desde la fertilidad de su imaginación sus sentimientos más auténticos.

Una de esas “perlas” es la de Simón Bolívar a Manuela Sáenz. Manuela: Llegaste de improviso, como siempre. Sonriente. Notoria. Dulce. Eras tú. Te miré. Y la noche fue tuya. Toda. Mis palabras. Mis sonrisas. El viento que respiré y te enviaba en suspiros. El tiempo fue cómplice por el tiempo que alargué el discurso frente al Congreso para verte frente a mí, sin moverte, quieta, mía… Utilicé las palabras más suaves y contundentes; sugerí espacios terrenales con problemas qué resolver mientras mi imaginación te recorría; los generales que aplaudieron de pie no se imaginaron que describía la noche del martes que nuestros caballos galoparon al unísono; que la descripción de oportunidades para superar el problema de la guerra, era la descripción de tus besos. Que los recursos que llegarían para la compra de arados y cañones, era la miel de tus ojos que escondías para guardar mi figura cansada, como me repetías para esconder las lágrimas del placer que te inundaba. Y después, escuché tu voz. Era la misma. Te di la mano, y tu piel me recorrió entero. Igual… que los minutos eternos que detuvieron las mareas, el viento del norte, la rosa de los vientos, el tintineo de las estrellas colgadas en jardines secretos y el arco iris que se vio hasta la medianoche. Fuiste todo eso, enfundada en tu uniforme de charreteras doradas, el mismo con el que agredes la torpeza de quienes desconocen cómo se construye la vida. Mañana habrá otra sesión del Congreso. ¿Estarás? Simón.

El amor del Libertador y su “Manuelita” fue prohibido como muchos de los amores inmortales, y quedó reflejado en una amplia correspondencia que se alimentó aún más con la aparición del libro “Patriota y amante de usted” (1993), de Editorial Diana, que incluye el diario y algunas cartas inéditas de ella.

Desde que se conocieron en 1822, en Quito, Ecuador, Bolívar y Manuela hicieron méritos suficientes para integrar la antología romántica de la historia al lado de parejas tan insignes como Napoleón y Josefina, y Marco Antonio y Cleopatra, estos últimos de quienes brevemente nos referimos en la columna anterior.

En los devaneos del amor, al igual que Bolívar que, con su espada y sobre su caballo “Palomo” libró sus mayores batallas, genios militares como Napoleón que, igual hizo, comandando guerras en el lomo de “Marengo” y libró otros combates con la pluma y el pergamino y debió aplicar sus mejores estrategias y también encapricharse como en esta misiva a Josefina, su emperatriz.

“No le amo, en absoluto; por el contrario, le detesto, usted es una sin importancia, desgarbada, tonta Cenicienta. Usted nunca me escribe; usted no ama a su propio marido; usted sabe qué placeres las letras le dan, pero ¡aun así usted no le ha escrito seis líneas, informales, a las corridas!

¿Qué usted hace todo el día, señora? ¿Cuál es el asunto tan importante que no le deja tiempo para escribir a su amante devoto? ¿Qué afecto sofoca y pone a un lado el amor, el amor tierno y constante amor que usted le prometió? ¿De qué clase maravillosa puede ser, qué nuevo amante reina sobre sus días, y evita darle cualquier atención a su marido? ¡Josephine, tenga cuidado! Una placentera noche, las puertas se abrirán de par en par y allí estaré.

De hecho, estoy muy preocupado, mi amor, por no recibir ninguna noticia de usted; escríbame rápidamente sus páginas, páginas llenas de cosas agradables que llenarán mi corazón de las sensaciones más placenteras. Espero dentro de poco tiempo estrujarla entre mis brazos y cubrirla con un millón de besos debajo del ecuador. Napoleón Bonaparte”.

Otro militar insigne, por liberador, estadista, por su acendrado e inconmensurable amor patrio, pero más por ser nuestro, es Francisco Morazán, hombre excepcional en la historia, pero no tan santo.

De sus avatares idílicos poco se sabe, pues de sus escarceos con damas no hay escritos que los demuestren, pero también predilección por faldas que no fueran las de su mujer María Josefa Lastiri.

Al respecto, uno de sus mejores biógrafos nacionales, el escritor Julio Escoto, en su columna de opinión CON OTRA ÓPTICA, y con el título “Morazán, el metido” recalca: “Morazán es símbolo de lo nacional no solo porque dedicó su existencia, hasta Ia muerte, a componer y estructurar la gran patria centroamericana (y heredárnosla), sino porque es asimismo modelo de ética personal y pública… y con excepción de alguna desviación de ajenas faldas (que hería el amor de María Josefa), su conducta histórica es irreprochable”.

Una hija con descendencia directa en El Salvador quedó del amor del paladín ístmico con María Josefa Úrsula Francisca de la Santísima Trinidad Lastiri Cruz, con quien crio a cuatro hijos de ella de un primer matrimonio, pero entre logros políticos y conquistas de amores, el general Morazán tuvo un ejército pequeño de seis descendientes naturales con otras mujeres, según investigaciones separadas de Elvia Castañeda, Julio César Navarro y Miguel Ángel Cabrera. María Josefa, en su amor genuino a toda prueba, recogió a algunos de ellos y ayudó en su crianza.

El prócer patrio sí escribió sobre su más grande amor y la prueba más insigne hasta las últimas consecuencias es la del 15 de septiembre de 1842, en San José, Costa Rica. No fue una carta a una mujer, sino su Testamento en el que expresó: “Declaro que mi amor por Centroamérica muere conmigo”.

En el camino al cadalso, a su amigo Mario Montealegre, Morazán le dio una cigarrera y le pidió que a su fiel esposa le hiciera llegar, de lo material, lo único que le quedaba: un pañuelo. Lo demás, su inmensidad de hombre inmortal, su excepcionalidad de ser humano y su dignidad de estadista y patriota ístmico se lo heredó con su amor de coloso cívico a la patria centroamericana.

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