Córdoba, Argentina — En medio de la inmensidad de la pampa húmeda, rodeada por una interminable trama de cultivos, se esconde una de las obras paisajísticas más singulares del mundo: la Estancia La Guitarra de los Árboles, un diseño forestal que solo revela su forma completa desde el aire.
A simple vista, el terreno parece un campo más del sur de la provincia de Córdoba. Sin embargo, al elevarse unos cientos de metros, el paisaje se transforma en una imagen impactante: una guitarra gigante trazada con miles de árboles, una creación que combina arte, naturaleza y memoria.
Ubicada a unos 19 kilómetros al norte de General Levalle, la estancia se extiende por aproximadamente 25 hectáreas y está compuesta por cerca de 7.000 árboles, entre cipreses y eucaliptos, cuidadosamente plantados para formar el contorno del instrumento musical.

Un sueño concebido desde el amor
La historia de esta obra tiene un origen profundamente humano. La idea nació de Graciela Yraizoz, quien tras observar desde un avión una figura similar en un campo agrícola, imaginó la posibilidad de recrear un diseño único en la estancia familiar: una guitarra, instrumento que amaba profundamente.
Junto a su esposo, Pablo Ureta, comenzó a proyectar lo que sería un homenaje íntimo y familiar, pensado como un espacio de vida y conexión con la naturaleza.
Sin embargo, el destino cambió el rumbo de la historia. En 1977, Graciela falleció a los 25 años a causa de un aneurisma cerebral, dejando a su esposo y a sus cuatro hijos.

El homenaje que tardó años en florecer
Tras la pérdida, Pablo Ureta enfrentó años de duelo mientras criaba a sus hijos. Fue tiempo después cuando decidió retomar el proyecto que su esposa había soñado: transformar la estancia en una guitarra visible desde el cielo.
El proceso no fue sencillo. Durante más de cinco años, el proyecto enfrentó dificultades técnicas, condiciones climáticas adversas y la resistencia inicial de paisajistas que consideraban inviable la idea.
Los árboles, plantados cuando aún eran pequeños y frágiles, debieron ser resembrados en varias ocasiones debido a sequías, vientos fuertes y el daño de animales silvestres. Aun así, la perseverancia familiar permitió que el diseño finalmente tomara forma.
Una obra visible solo desde el aire
El diseño final se extiende como una guitarra de más de un kilómetro de largo. Los cipreses delinean su contorno, mientras los eucaliptos forman las cuerdas, creando un contraste de tonalidades verdes que cambia con la luz y la lluvia.
Desde tierra, la estructura se pierde entre la vegetación. Pero desde el aire, el impacto visual es inmediato y sorprendente: una figura perfecta, silenciosa y monumental, escondida en medio del paisaje rural.
Legado y memoria
Con el paso de los años, la obra se convirtió en un símbolo de amor, resiliencia y memoria familiar. Los hijos de la pareja han continuado su cuidado, manteniendo viva la estructura que su padre nunca llegó a ver desde el cielo, ya que evitaba volar.
Hoy, la estancia no solo es una curiosidad geográfica, sino también un testimonio emocional: una obra que nació del dolor, pero que floreció como homenaje permanente a una historia de amor que trascendió el tiempo y la ausencia.


