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jueves, junio 13, 2024

Adaptando nuestras ciudades a la naturaleza

El deseo humano de acumular riquezas ha sido más marcado en los siglos 20 y 21, donde un mayor número de personas ha tenido acceso a la riqueza que antes era consagrada para los reyes y los nobles. En la actualidad, muchas personas tienen acceso a préstamos para construir en residenciales de alta plusvalía y también para acceder a proyectos sociales.

Con este desarrollo viene la deforestación, que es muy negativa para todo el ecosistema. No solo afecta a los seres humanos, sino también a todos los seres vivos que habitan junto con nosotros: animales y plantas. Incluso el aire que respiramos está contaminado por las malas prácticas de la industria y la gran cantidad de vehículos que circulan, sumado a la deforestación. Se calcula que, a nivel mundial, para el 2050, 7 de cada 10 personas vivirán en ciudades, lo que incrementará la demanda de servicios en las urbes. Esto representa retos ambientales significativos, pero la mayoría de las veces no se le da la importancia debida a las plantas y los animales que cohabitan en las ciudades, resultando en un crecimiento desordenado.

Los árboles, según los científicos, absorben los gases de efecto invernadero que causan el cambio climático. Éstos almacenan dióxido de carbono a lo largo de toda su vida. Entonces, si cortamos árboles, estamos atentando contra nuestra propia salud y contra las demás especies que coexisten con nosotros. Adicionalmente, los psicólogos nos dicen que la salud mental se ve beneficiada tremendamente por los árboles: pasar tiempo en la naturaleza nos hace mejores personas. Una corta caminata en nuestro vecindario, si es posible a pesar de la inseguridad, trae beneficios. En los vecindarios que tienen cercos perimetrales, algunas personas lo hacen en zonas más seguras. Esto también trae beneficios: tener acceso a áreas verdes.

San Pedro Sula se caracterizó por ser una Ciudad Jardín, como la describió durante su visita en el siglo pasado Alberto Masferrer, destacado escritor, periodista, ensayista, educador y político salvadoreño. San Pedro Sula es una ciudad verde, es un valle y llueve porque hay mucho bosque. Pero al contaminar y perder esa regulación, estamos arruinando nuestra propia ciudad. Los árboles limpian el aire para que podamos respirar adecuadamente. Algunas personas se molestan por las hojas de los árboles porque hay que barrerlas, pero son biodegradables. Tener un árbol, en comparación con tener cemento en nuestras casas, trae grandes beneficios. Un árbol, aparte de bajar la temperatura, sirve de amortiguador para el polvo que entra desde las calles cuando pasan los vehículos. Las hojas de los árboles filtran la contaminación peligrosa.

Muchas personas padecen enfermedades como asma e incluso enfermedades cardíacas, y está comprobado que es por el mal nivel de aire insalubre que tenemos. Debemos preservar nuestras ciudades verdes. No es lo mismo estar bajo la sombra de un techo que estar bajo la sombra de un árbol. Debemos procurar que nuestras ciudades utilicen sabiamente eso que no nos ha costado nada, que la naturaleza, que Dios mismo nos proveyó, pero debemos administrarlo correctamente.

Algunas personas se avergüenzan de venir de sus aldeas o de sus pueblos, pero en esas aldeas y pueblos donde se ha mantenido la tradición de cuidar la naturaleza, conocen qué árboles tienen y para qué enfermedades se pueden utilizar las hojas de algún árbol. Es algo para sentirse muy orgulloso: ser de un pueblo.

Debe ser importante que nosotros, a través de la infraestructura de la ciudad y el diseño de las viviendas, aprovechemos los recursos naturales. San Pedro Sula es una ciudad sumamente caliente y va a ser más caliente si continuamos talando nuestro entorno. Las fuentes de agua se van a terminar también. Ahora gozamos de una excelente calidad de agua en la ciudad porque los yacimientos todavía están protegidos, pero de continuar así, las generaciones futuras se verán en problemas, y las actuales, por supuesto, vivirán algunas consecuencias. Hay que pensar en el largo plazo. Quizás nosotros sembramos un árbol hoy y si tenemos 50 años, no lo vamos a ver crecer como quisiéramos, pero sí lo harán las generaciones que vienen tras nosotros. Si usted tiene descendencia, sus hijos e hijas verán ese árbol dar frutos. Debemos aprender a convivir con la naturaleza y sentirnos contentos de ser parte de ella.

Agradezco a mi padre por haberme enseñado con el ejemplo la importancia de los árboles y haber convertido el patio de nuestra casa en un pequeño jardín. Su amor por la naturaleza me ha inspirado a valorar y cuidar nuestro entorno verde.

Gracias por leer esta reflexión sobre por qué la naturaleza y el ser humano deben convivir en armonía.

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