A escasos días de la elección algunas luces de orientación que, bien haría el colectivo compartir con sus contactos: No hay que dejarse intimidar por campañas de miedo o desánimo. Las maquinarias que se activan en la campaña electoral, el miedo, la desmotivación y el desencanto buscan que la afluencia de votantes sea reducida. Sembrar desconfianza en el votante para inmovilizarlo. Para que la gente reniegue: ¿para qué molestarse con ir a votar?, “no vale la pena”. La endemoniada estrategia solo funciona si usted se queda en casa. El ruido que atonta, tupido de acrimonia y odiosidad, –incluso de algunas bocinas que quisieran que al país le vaya mal– desatado en la campaña proselitista, los augurios de supuesta manipulación, no son razones para ausentarse. Todo lo contrario, es incentivo para ir a derrotar la maleficencia agorera con mayor fuerza. Cuando el ambiente luce anubarrado, la respuesta no es detenerse o paralizarse –menos esconderse– sino iluminar el camino con la luz de cientos de miles de votos.
Muy a pesar de toda la telaraña enzarzada como trampa para capturar la idoneidad del evento comicial –con toda la parafernalia que se antojó meter a los políticos en la ley, como requisitos técnicos, hasta albarda sobre aparejo, para ahuyentar el fraude– este proceso electoral viene siendo el más tecnificado, confiable, seguro, aunque haya resultado una titánica labor de montar para el CNE. Y también, pese al intermitente parpadeo de intereses políticos o de diferencias cerriles dentro del órgano electoral, la elección contará con estándares logísticos y técnicos sin precedentes: Tecnología de identificación y verificación fortalecida, protocolos de transmisión más robustos, auditorías, controles cruzados y observación nacional e internacional, personal capacitado y procedimientos claros. El CNE –incluso en medio de desacuerdos internos, de presiones externas, de innombrables amenazas, de reticencia de algún sector de honrar su responsabilidad constitucional– ha logrado construir un proceso sólido y confiable. La presidenta del CNE –la muestra es obvia– ha puesto pie al acelerador, resolviendo atrasos que le dejaron, ha mantenido –ni asomos de una actitud de figuración ni de conflicto con “el enemigo”– una conducción sobria, inteligente, mesurada y seria, buscando acuerdos donde hay disensos, y sosteniendo la institucionalidad con temple en un momento de incertidumbre y de estentóreo ruido político. Su liderazgo sereno ha permitido que la maquinaria electoral avance, desafiando interrupciones, sacando adelante el cronograma electoral. Ahora a cada cual toca lo propio. Acudir con plena confianza de que su voto será contado y respetado. En cada elección, una parte de la ciudadanía se repliega. Algunos dicen “todos son iguales”, otros sienten que “nada cambia”, otros se desalientan por el bullicio político, las campañas insidiosas o la desconfianza sembrada desde trincheras que ganan con la apatía de los demás. Pero esta elección no es una más. Y usted –joven, indeciso, indiferente o simplemente cansado– sí tiene algo que ganar, algo que proteger y algo que construir cuando decide votar:
Votar no es un acto simbólico: es un compromiso de fe. De fe en el país y el futuro que se anhela construir. Tiene consecuencias directas en su vida diaria. Para cada sector, hay algo real en juego: Para el joven, el acceso a empleo, becas, tecnología, innovación; políticas que definan cómo será su futuro laboral; la educación que desean –con tanto letargo que existe– para ponerla en sintonía con la hora de los tiempos, de forma tal que no se enseñe para un mundo que ya no existe, ni sus títulos sean adornos en las paredes, sino tarjetas de presentación de un empleo digno. Para los indecisos: el rumbo económico inmediato; la estabilidad de sus negocios, su poder adquisitivo, la seguridad jurídica; el tipo de Estado que quieren: uno cercano o uno distante. Para los indiferentes: los servicios públicos que reciben: salud, energía, transporte, seguridad; la defensa de sus derechos ciudadanos; la calidad de vida de sus familias en los próximos años. (Recuerden – tercia el Sisimite– cada voto es una señal, un decir: “yo cuento”. Sin su voto, otros decidirán por usted. -El voto –suspira Winston– es una decisión íntima sobre su futuro y el de su familia. Cuando vote piense: en la Honduras grande que se merece para mañana; en las oportunidades que quieres ver crecer; en la toxicidad que debe limpiarse para poder respirar, en los yerros que nos hunden que quieres que se corrijan; piensa en tu país, el que tus hijos o nietos heredarán; en la obligación que la Constitución te otorga como ciudadano libre, para que tengas la solvencia moral de reclamar derechos).


