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viernes, abril 12, 2024

Un periodista hondureño escribe desde Madrid sus añoranzas de San Pedro Sula

Por Alberto García Marrder. Especial para EL PAÍS, de San Pedro Sula, (Honduras).

Madrid. – Aunque nací en La Ceiba, viví mi infancia y juventud en San Pedro Sula y estoy lleno de recuerdos de esa ciudad de los años cincuenta, la “época dorada” de la Capital Industrial de Honduras.

Mis recuerdos principales están fijados en el centro de la ciudad, frente al Distrito Municipal, donde mi padre, el ciudadano español José García Sánchez, tenía una tienda, “La Favorita”, en una esquina. Y en la residencia de la familia en el barrio Guamilito, a un paso de la línea ferroviaria y enfrente de la casa de mi abuelo ruso materno, Albert Marrder Salomonski.

Cada sábado iba en mi bicicleta Raleigh a la tienda, la dejaba aparcada en un pasillo y caminaba hasta el Cine Colombia, donde me tragaba una matiné de dos películas, generalmente americanas de vaqueros y con subtítulos en español. No iba al Cine Hispano porque solo ponían películas mexicanas en blanco y negro.

En los años cincuenta y sesenta, la Farmacia Simán y detrás el supermercado La Criolla. cerca del parque central (Foto Honduras retro).
En los años cincuenta y sesenta, la Farmacia Simán y detrás el supermercado La Criolla. cerca del parque central (Foto Honduras retro).

En el Cine Colombia vi, con mi padre, un concierto de “Los Churumbeles de España” y de los cómicos españoles “Gaby, Fofó y Miliky”.

Recuerdo que a “La Favorita” iba con frecuencia un jovencísimo Jacobo Goldstein, mandado por su madre a comprar jamón y queso. Y mucho antes de ser el prestigioso periodista que es ahora en la radio, televisión y prensa.

Terminé la primaria en la Pablo Menzel y el bachillerato en el Instituto Evangélico que llamaban “La Misión”. Iba todos los días en mi bicicleta o en buses, a pesar de quedarme lejos. Y tuve el honor de ser presidente de la Asociación de Estudiantes y de ser el director del periódico del colegio “Fanal Juvenil”, mi primer paso en mi larga carrera de periodista y corresponsal, ya casi de 40 años en Madrid, Londres, Washington, Praga, Miami, La Habana, Panamá y Nueva York.

Avenida Lempira o de Los Leones, que termina en el cementerio.
Avenida Lempira o de Los Leones, que termina en el cementerio.

Conservo aún la amistad de dos de mis mejores amigos de esa época de ese colegio, Carlos Heriberto González Pineda (ahora médico, que vive en Costa Rica) y Melvin López.

Tras las clases, íbamos luego a tomar unos “milk shakes” al Salón Camagüey o al Salón Bell.

Con mi madre hondureña Gloria Marrder íbamos de compras en la avenida del comercio, repleta de tiendas de los “turcos” (término erróneo porque no eran turcos, eran árabes del Líbano, Siria o Palestina). Todos ellos dieron un gran impulso a la economía de San Pedro Sula con sus inversiones en otras empresas o maquilas.

Foto blanco y negro de la tercera avenida, tomada desde lo alto del edificio del Banco Atlántida.  Apenas se ve la Catedral. (Honduras retro).
Foto blanco y negro de la tercera avenida, tomada desde lo alto del edificio del Banco Atlántida. Apenas se ve la Catedral. (Honduras retro).

Había, entonces, varias librerías, recuerdo la “Paragón”, pero mi favorita eran LEA-Libros en América, que quedaba muy cerca de la tienda. En esa, mi padre me compró, cuando estuve enfermo de polio a los 13 años, las Obras Completas de Federico García Lorca y de Miguel de Unamuno.

En nuestros domingos, mi padre nos reunía a toda la familia y a mis hermanos Orbe, Reyna y Celeste a escuchar los conciertos dominicales de la marimba “Chapinlandia” por la emisora TGW de Guatemala, que él se encargaba de sintonizar por onda corta en su enorme radio Telefunken. Qué raro, un español al que le encantaba la música de marimba, gusto que me pasó a mí, ya que la sigo escuchando por internet.

Cuando regresé de Estados Unidos, curado de la polio, iba con frecuencia al parque central, frente al Palacio Municipal a escuchar a la Marimba Usula.

Y al mediodía, tras las clases de la mañana, paraba unos 30 minutos en los estudios de la emisora HRQ, muy cerca del Bulevar Morazán, a escuchar a su orquesta y a la cantante Carmencita Gallardo.

En los años cincuenta, había dos equipos de fútbol en San Pedro Sula: Maratón y el Real España. Y en Madrid, fui muy amigo de una leyenda del fútbol hondureño: José Enrique Cardona (la “Coneja Cardona”), toda una leyenda en el Atlético de Madrid. Y cuando jugaba antes en el Elche, asistí a su boda con Paquita Cerdá, hija del presidente de ese club.

José Enrique se formó en el Hibueras de La Lima. Y un mes antes de morir, el 30 de enero de 2013, a los 73 años, comí con él en un restaurante mexicano del Bulevar Morazán para recordar viejos tiempos en España y de su divorcio de Paquita. Vivía solo en una casa del barrio Barandillas.

Mi madre está enterrada con su padre, mi abuelo ruso, en un mausoleo (que yo sigo cuidando) en el cementerio de la avenida Lempira. Y a mi padre lo enterré en su pueblo donde nació, Ledrada (Salamanca, España).

Por cierto, volábamos desde el antiguo aeropuerto de la ciudad en el barrio Guamilito en unos antiguos aviones DC-3 de la Segunda Guerra Mundial. Y cuando mi padre me llevó a los Estados Unidos para el tratamiento en un hospital de Georgia, él me metía en sus brazos a los viejos aviones de hélice C-46 de la compañía aérea TAN Airlines. Era un largo viaje a Miami, con parada en Belice.

Cuando regresé de estudiar Periodismo en Madrid y televisión en París, fui contratado por el Diario “La Prensa” como jefe de Información y director de su noticiero de televisión con la prestigiosa periodista Nora Landa Blanco. En ese entonces, la sede de ese periódico era una modesta casa de madera, en el barrio El Benque.

Me despidieron a los tres meses. Creo que ha sido el fracaso más productivo de mi vida profesional. Dos meses después, y ya en Londres, estaba contratado por la revista “The Economist” (en español) y la Agencia española de noticias EFE, con la que estuve como corresponsal mundial y subdirector de Internacional en la sede central de Madrid, por casi 40 años.

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