Pudo haber sido el ejemplo paterno. Cuando se desempeñaba como ministro de Trabajo en el régimen de la Segunda República –me contaba mi padre– recibió, de mano influyente, una lista prolijamente escrita con los nombres de los empleados del otro bando político que debían ser despedidos. No lo hizo. Ante su negativa, insistieron con creciente incomodidad: ¿quién podía ordenarle las destituciones? —“El Presidente” –respondió con serenidad– (con quien compartieron destino en el exilio durante la dictadura, entonces candidato presidencial de su partido, y él, como director de Diario El Pueblo, el combativo periódico de la oposición). —“Pero, si me llama y me da la orden –interrumpió– que también acompañe el oficio aceptando mi renuncia”. “Los funcionarios del partido contrario en este ministerio son preparados, profesionales, y no voy a despedirlos por revanchismo político”. Era apenas un niño cuando escuché aquella anécdota. Sin embargo, la lección permaneció entrañable como semilla silenciosa. Con el tiempo, acaso sin advertirlo, bebimos de ese ejemplo, hasta que, al llegar a la presidencia, nos acompañó como una brújula moral. Esmerándonos que el gobierno fuese de integración, ajeno a la estrechez del sectarismo. Si se gobierna, aunque se llegue en nombre de un partido, el presidente lo hace por cada uno y para todos los hondureños. Bajo esa convicción, lo que debía buscarse en cada rincón del espectro político no era la filiación, sino el talento; no la consigna, sino la honestidad; no el color, sino la capacidad. Desde temprana edad –sin desconocer que la lucha política es azarosa y áspera– fuimos desterrando de la conducta el sectarismo cerril, en aras de una unidad nacional que, dicho sea de paso, habría de rendir sus frutos milagrosos cuando nos tocó enfrentar la tremenda desgracia del bíblico diluvio. Fue entonces cuando la unidad dejó de ser un ideal retórico y se convirtió en fuerza inspiradora. Desde un inicio habíamos integrado en puestos claves del gabinete y en mandos intermedios a hondureños –sí, preferentemente del partido de nuestra convicción– pero, igual, de distintos credos políticos, únicamente por idoneidad. Y siendo aquello compás rector de la reconstrucción, la solidaridad superó las banderas, la cooperación reemplazó las rencillas, y el país, herido y abatido, encontró en esa cohesión la energía necesaria para levantarse. Al final, no fue la división la que nos rescató del abismo, sino la voluntad compartida. Fue la unidad –callada, firme, generosa– la que sacó la nación del profundo hoyo en que habíamos caído. Así que cuando el país volvió a tropezar –decíamos ayer– aislados del mundo, consecuencia del “golpe”, y requería de los servicios de la muchacha en una misión diplomática, no dudamos que se trataba de Honduras no de un partido. (El hondureño Jorge Flores Callejas, como diplomático de carrera, llevaba tiempo de ejercer funciones en la delegación cuando nombraron a la embajadora. En 2012, fue electo por la Asamblea General por dos términos de cinco años cada uno a la Dependencia Común de Inspección del sistema de las Naciones Unidas donde fungió 3 años como vicepresidente y 2 años como su presidente). Recogemos lo que escribió en su momento: “En el 2010, Honduras necesitaba de un embajador de embajadores; un embajador que fuese capaz de reinsertarnos en la arena mundial, ya que recién terminábamos una época difícil para el país”. “Los eventos del 2009 eran recientes, la región de Latinoamérica y del Caribe se confrontaban entre sí”. “En nuestro caso la voluntad del pueblo hondureño se encontraba cuestionada y naciones a las que considerábamos amigas, en América del Sur, estaban listas a desconocer estos resultados y la legitimidad del gobierno, por asuntos geopolíticos de la región, sin entender a Honduras y sin importarles la voluntad popular”. “Es así que el gobierno que nace como resultado de las elecciones practicadas enfrenta uno de sus retos más importantes en la elección de su embajador ante Naciones Unidas”. “Nunca me olvido de esa llamada, cuando el presidente Lobo me informa que la embajadora sería Mary Elizabeth Flores, una persona hasta ese momento desconocida en el mundo de la diplomacia, con poca experiencia en el ámbito internacional”. “Como embajador de carrera respaldé la decisión del gobierno que también era respaldada por el recién nombrado canciller”. “Honduras necesitaba la reconciliación. La conformación de un gobierno amplio y de inclusión, cuya prioridad fuera reunificar la familia hondureña y reinsertar a nuestra Honduras en el concierto de naciones”. “El presidente no se equivocó en este nombramiento; la nueva embajadora con su espíritu de trabajo, estaba convencida de que lograría su objetivo”. “Soy testigo de todo su trabajo, de sus largas jornadas, de su amor patrio, mismo que resultó más fuerte que cualquier acción imaginada”. “En pocos días ya daba frutos”. “Honduras había encontrado su embajador de embajadores, su guerrera indomable por su incuestionable amor a su querida tierra”. “Una mujer valiente, que se enfrentó a los males más ingratos existentes en nuestra región; mismos que ya habían suspendido a Honduras de la Organización de Estados Americanos (OEA), que nos llamaba violadores de su Carta”. “Honduras encontró su estrella no en un hombre, no en un embajador de carrera, fue en una mujer, la embajadora Mary Elizabeth Flores”. (Decime –tercia el Sisimite– ¿cuáles de todos esos sembradores de infundios en las redes sociales, de los prodigios en sospecha, generosos en agravio, veloces en la descalificación, –aparte de la necia vociferación que retrata de cuerpo entero su poquito ser– haya hecho algo por el país? –Nada –suspira Winston– quizás ninguno; nada, siquiera mínimamente comparable. -Y crees –vuelve el Sisimite– que esto lo entiendan. -Con tal que lo entiendan los buenos –suspira Winston– ¿qué se puede esperar de los malos?).


