En el dosel espesor del monte, donde los helechos húmedos parecían abanicos verdes agitados por el aliento añejo de la montaña y el viento bajaba impregnado de olor a tierra mojada, bendecida por las primeras lluvias de mayo, el Sisimite caminaba, a grandes zancadas, entre raíces nudosas y piedras cubiertas de musgo. Winston levantaba las orejitas, atento al eco lejano de algún pájaro cantarín. —Mirá, —dijo el Sisimite—, hay quienes creen que un mensaje en un periódico solo sirve para vender lo que se anuncia. Y si, la prensa convencional vive de la publicidad que transmite a fieles consumidores que prefieren lo serio a lo chabacán. Sin embargo, el verdadero valor de un periódico no está únicamente en el papel, ni en la tinta, ni siquiera en los titulares. Está en la influencia invisible que ejerce sobre la conversación pública, sobre las ideas, sobre el ánimo de una nación. Winston alzó la vista. — Ajá… ¿cómo la influencia que ejerce sobre el medio y la sociedad –ya que infinidad de lectores lo comparten con su amigos y contactos– los editoriales reflexivos y pedagógicos de La Tribuna? Motivan a que todo mundo se encarrile a pensar, discutir y debatir sobre el mismo tema.
—Exactamente —respondió el Sisimite— Y si bien la lectura es castigo para un hatajo de iletrados; leen, presumiblemente, quienes toman decisiones, quienes influyen, quienes orientan, quienes marcan rumbos. (Si los líderes de un país no leen ¿qué puede esperarse de la marcha y el futuro de esa pobre nación, condenada a la incultura popular y a la ignorancia de quienes la dirigen? Las columnas de opinión, los editoriales, los análisis serios… todo eso sigue siendo brújula en medio de la niebla telarañosa de estos extraviados tiempos digitales. El monte guardó un instante de silencio. Solo se oía el crujido de las hojas secas bajo los livianos pasitos de Winston. —Las redes sociales —continuó el Sisimite— producen ruido. Un ruido feroz, histérico, frenético, insidioso, perturbador y conflictivo. Pero la bullaranga –el grito intentando callar el alarido– no construye pensamiento. Destruye serenidad, incendia ánimos y vuelve imposible distinguir la verdad de la mentira. En cambio, la prensa convencional, –con todas sus limitaciones–, todavía consigue ordenar el caos, verificar, contrastar, sostener cierta racionalidad pública. Winston movió la colita lentamente. —Y cuando la democracia estuvo en peligro… ahí se vio el verdadero tamaño de las cosas. Porque mientras el vendaval de redes sembraba odio, sospecha, falacia, angustia y desinformación, muchos medios convencionales mantuvieron encendida la lámpara de la institucionalidad. Defendieron no un desubicado interés, sino al sistema democrático mismo: esa delicada arquitectura invisible que permite convivir sin despedazarnos. La cúpula empresarial –si recordás—enfocó su campaña “todos trabajamos por Honduras” –como contrapeso de aquel surtidor de dudas, de temores, de impertinencias divulgadas por las redes sociales— para alentar confianza en la ciudadanía, precisamente en el rotativo y otros medios convencionales. Y al final, a juzgar por el resultado de la elección, con aquella gran concurrencia, votando en paz, ¿no es ello muestra que funcionó?
El viento sopló haciendo temblar las copas de los pinos. —La gente cree que la credibilidad es un adorno —murmuró el Sisimite—, pero es un patrimonio. Una empresa sin imagen institucional sólida es frágil: puede vender mucho hoy y desplomarse mañana. Lo mismo ocurre con la democracia. Si desaparecen los medios capaces de generar confianza colectiva, el vacío lo llenan el rumor, la manipulación y la barbarie emocional. —O sea –intervino Winston– hay que apreciar que el periódico no solo informa…también protege. Protege el equilibrio. Protege la conversación racional. Protege la esperanza colectiva de que todavía existe un espacio donde los hechos pesan más que los gritos. El Sisimite señaló hacia el valle lejano donde titilaban las luces de la ciudad como brasas dispersas. —Porque cuando desaparece el contrapeso sereno de la prensa convencional, el caos no tarda en volverse apocalipsis. Y las sociedades, privadas de orientación y confianza, quedan indefensas ante quienes desean destruirlo todo desde la negrura del resentimiento y la mentira organizada. Winston guardó silencio unos segundos. Luego se acomodó suavemente en medio de unas raices: —Imprime estabilidad. Y a veces, sin que la gente lo note, imprime hasta la posibilidad misma de seguir viviendo en democracia.


