“ Su editorial –mensaje del amigo exfiscal, excanciller–me recordó de los sinuosos de Blanca Olmedo. (Un cura manipulador, una vieja chismosa y un abogado picarito)”. La novela, una crítica velada de la sociedad hondureña de finales del siglo XIX, (una época conservadora dominada por la religión, la élite social y el rumor político). Letras de la escritora hondureña, Lucila Gamero de Medina (la primera mujer en publicar una novela). Reflejando, quizás, el ambiente de ciudades de aquella época, como Danlí y Tegucigalpa. Comunidades pequeñas donde todos se conocían, fuerte influencia del poder religioso mal ejercido, y una élite controladora de reputaciones y matrimonios. La escritora utiliza ese ambiente para mostrar cómo la intriga social –el juicio implacable del “qué dirán”– puede destruir vidas. El cura manipula personajes y conspira contra doña Blanca, por celos, resentimiento y ambición. La doña Perfecta se mueve dentro del círculo social con doble discurso, alimenta conflictos con su chismorreo, murmuraciones; un retrato de la hipocresía social de las élites provincianas.
La intención de la novela es mostrar cómo la pureza moral –personificada en doña Blanca una mujer virtuosa– puede ser perseguida, no por sus faltas, sino por la envidia, la intriga, los prejuicios y la hipocresía social de los demás. La autora parece decir que la moral oficial –como propiedad de los machos– está escrita por quienes tienen el poder, no necesariamente por quienes tienen la verdad. En muchas ciudades centroamericanas de aquellos días, cuando el prestigio social dependía de la reputación, los rumores y chismes podían destruir familias, los círculos sociales funcionaban como tribunales morales informales. Algunos historiadores creen que Blanca Olmedo también tiene rasgos autobiográficos de la propia autora. Una mujer notablemente avanzada para su época: médico –por montar a caballo y dirigir una hacienda fue tildada de varonil e inmoral– mujer escritora en tiempos dominados por el hombre, defensora de la educación femenina y la independencia moral. La máscara y la doble moral: Obsesión con la moral ajena, mientras se miente, se intriga y se manipula. Blanca Olmedo, y el simbolismo literario: Un apellido alusivo al olmo, un árbol muy antiguo en la tradición europea que simboliza fortaleza moral, dignidad, resistencia frente a la adversidad, nobleza de carácter. El olmo es visto como un árbol que permanece firme aun cuando los vientos lo sacuden. (Blanca, reflejo de la inocencia, Olmedo de la resistencia digna).
(¿No te parecería –tercia el Sisimite– que nada de esto sea algo nuevo? Quizás amplificado ahora que, del susurro de boca en boca, pasamos al vociferante ruido de las redes sociales. Del “qué dirán” de aquellos días, al linchamiento digital: Un comentario se comparte miles de veces, una insinuación se convierte en “verdad” viral y la reputación se destruye en horas. Lo que antes ocurría en una plaza o en un salón, hoy se ventila en las plataformas digitales. -¿No será culpa –se pregunta Winston– de la misma naturaleza humana? La gente tiende a creer más fácilmente lo negativo que lo positivo. Y en las redes el escándalo se viraliza más rápido que la verdad, la indignación se comparte más que la reflexión, el rumor viaja más rápido que la verificación. La curiosidad morbosa y el placer de juzgar. -En las redes –agrega el Sisimite– todo ignorante opina; los irrelevantes toman partido en la propagación del rumor, por el puro afán de figurar; pocos conocen los hechos, menos prestan atención a lo cierto o quieren escuchar la defensa de la verdad. Si en tiempos de Blanca Olmedo el rumor era limitado por la distancia, hoy los algoritmos en segundos, al instante, amplifican el chisme. Están allí, como engendro de las plataformas tecnológicas, para exacerbar el conflicto; la polémica se premia con visibilidad y la indignación, la odiosidad, la compulsiva destrucción de la imagen genera más interacción. Condenar a otros es muestra de pertenecer. La sospecha se vuelve más poderosa que la acusación abierta. -El problema – vuelve el Sisimite– no es la crítica moral –que puede ser necesaria– sino cuando todo se convierte en juicio público permanente. Moraleja – gime Winston– cuando el rumor adquiere carta de ciudadanía y la respetabilidad pasa a ser espectáculo público, el honor es ultrajado y la verdad silenciada).


