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Honduras
sábado, julio 18, 2026

¿Poquito?

QUIENES forjamos carácter al fragor de la lucha cívica –no de hoy sino de siempre– dedicando una vida entera a la construcción democrática como a la defensa de los cimeros intereses de Honduras, sentimos hondo orgullo de frecuentar esas sagradas trincheras, ajenas al tropel de insolentes de ahora, ausentes de cada uno, si no de todos, de esos históricos momentos. (¿Qué cosa valiosa saca la sociedad del ruido invivible en redes sociales? Muy poca. Pero lo paradójico no solo es eso, sino el contagio de medios convencionales. El ensordecedor griterío de ignorantes queriendo superar en decibeles la estridencia de otros majaderos, sirve de insumo al morbo ventilado en entornos virtuales, en programas de la radio y la televisión –fiesta al frívolo auditorio con embustes, odio y tontería– en orgíaca competencia por ganar audiencia. “A palabras necias, oídos sordos” –recomiendan del colectivo– “la gente que menos vale es más grosera y envidiosa”, o “siempre hay personas perversas a las que no vale la pena determinar”. Sí, pero no, –para que la verdad alcance la mentira, por estiradas que sean las zancadas de la patraña–esta última embestida, ofrece una nueva oportunidad –por respeto a la inmensa mayoría de gente honrada. Y, no vamos a negarlo que, gracias a la Providencia, el oficio de escribir, más o menos bien, es placentera distracción que sirve de escape al aburrimiento. ¿Qué talento requiere vociferar burradas por un micrófono?: “Huy, que barbaridad, ese aumento que le dieron a la hija por favorecer al expresidente”, escandalizando sobre el infundio tomado del basural de plataformas digitales. Ninguno –la información es falsa, no hay tal aumento, son los mismos “gastos de complejidad” que siempre ha tenido y que los gobiernos dan a muchas otras misiones diplomáticas– más que la pequeñez de no reconocer mérito alguno si del escarnio político se trata haciendo maliciosa asociación de una supuesta “dádiva” inexistente. Un poco de historia para refrescar la corta memoria: La peor crisis sufrida en la reciente etapa democrática del país fue la del golpe. (Antes, con lo que pretendían hacer, durante, con el estruendo del choque, y después, con las graves repercusiones de la ruptura). Honduras fue sumariamente suspendida de la OEA, incapacitada por insidia ideológica e impericia de la Secretaría General, de encarrilar la normalización. El Departamento de Estado norteamericano –en contacto con las partes en conflicto– optó por intervenir. Originalmente pensaron en una mediación de cuatro países. (Mala idea –le dijimos al embajador de EE. UU.– explicándole el fracaso de Contadora, hasta lo problemático de tener 4 cancilleres reunidos intermediando en un largo proceso. Sugerimos solo uno, al tico). Nuevamente a solicitud del embajador del imperio de aquel entonces, elaboramos los lineamientos generales de “UN PLAN” para alcanzar acuerdos, que enviaron a Costa Rica, a donde llegaron dos comisiones de las partes enfrentadas. Sin embargo, la atorrancia del mediador –sepa Judas como le dieron un inmerecido premio Nobel de la Paz– estropeó la mediación y, una vez fracasada, el proceso continuó en Tegucigalpa. (Durante ese período –actuando, desde la sombra, en consulta con la Embajada e influyentes personeros del Comité de Relaciones Exteriores del Senado– pusimos todo empeño a conseguir el entendimiento, en torno al plan que habíamos gestado y que, durante varios meses, debatieron comisionados del interinato y del gobierno depuesto). Ese convenio, después de tortuosas negociaciones, fue, finalmente, lo que permitió que el Departamento de Estado norteamericano –que había condenado los acontecimientos como “golpe”– terminara avalando el proceso electoral y reconociendo –cuando solo un par de gobiernos respaldaban el proceso electoral en marcha– la ruta institucional hacia la celebración de elecciones. Aun así, ya con régimen constitucional fruto de las votaciones, el país continuaba siendo paria internacional, castigado con aislamiento diplomático. Excluido de los foros del mundo. Hasta lo ultrajante, que al presidente le retiraban la invitación a los cónclaves que lo habían convidado. La embajadora –hoy blanco de la imbecilidad– aceptó, en aras del caro interés nacional, la nominación a Naciones Unidas. El único foro donde el nuevo gobierno constitucional podía acreditar representante. Ese vasto teatro de banderas donde las palabras, cuando son firmes y bien dichas, pueden abrir puertas que parecían selladas. Y allí, con paciencia tenaz, con discreta inteligencia y con el arte fino del convencimiento, fue desanudando resistencias, acercando voluntades, sembrando confianza entre embajadores escépticos. Poco a poco –como quien levanta una casa ladrillo sobre ladrillo– fue abriéndole a Honduras el camino de regreso al respeto, devolviéndole el sitio de dignidad que le correspondía en el concierto de las naciones. Logró, incluso, lo que parecía improbable: la anulación de una resolución condenatoria de la Asamblea General. Un gesto diplomático que no fue fruto del azar, sino de la constancia silenciosa, del trabajo sin estridencias, de la persuasión ejercida con elegancia y firmeza. (Ello, si no fue lo único restaurador del reconocimiento internacional, innegable que fue preponderante). (Decime –tercia el Sisimite– ¿cuáles de todos esos sembradores de infundios en las redes sociales, de los prodigios en sospecha, generosos en agravio, veloces en la descalificación, –aparte de la necia vociferación que retrata de cuerpo entero su poquito ser– haya hecho algo por el país? – Nada –suspira Winston– quizás ninguno; nada, siquiera mínimamente comparable).

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