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sábado, julio 18, 2026

¿Misterios?

EN la espesura húmeda del inmenso bosque, los troncos leñosos de raíces tabulares guardaban cicatrices invisibles del tiempo; delicadamente arropados por la densa capa de neblina que parecía colgar de las ramas como telarañas de un pensamiento taciturno. El Sisimite agitaba lentamente las brasas de la fogata calentando la tilosa cafetera. El humo, formando siluetas calidoscópicas, subía en espirales lentas hacia la oscuridad verde de la montaña. Winston a su lado contemplando las chispas extinguirse, probaba su primer sorbo de café, con las orejitas atentas a escuchar las versadas inquietudes de quien ya ha visto demasiadas veces repetirse la misma historia. El Sisimite no se hizo esperar: —Otra vez la travesura de reformar la Constitución… Winston cerró los ojos un instante y soltó un lacónico suspiro. —Dejen la Constitución en paz –murmuró–. Si la Constitución es para siempre, no es para antojos pasajeros, y cada vez que se meten a manosearla la dejan atolondrada, como muñeca de trapo sacudida por el circunstancial interés coyuntural. ¿Y es que la confianza y el respeto a la norma surge de estar hurgándola cada vez que sopla una conveniencia ocasional? La confianza nace del respeto, de la estabilidad, de saber que las reglas no cambian cada vez que alguien siente la tentación de acomodarlas a apetitos temporarios.

El Sisimite lanzó una rama seca al fuego. —¿Y esa ocurrencia de cinco asientos… tres de partidos mayoritarios y dos de sepa Judas de dónde? Winston y su ingenio a lo Oscar Wilde: —Bajo la apariencia de “apoliticidad”… como si hubiesen inodoros, incoloros, incorpóreos, insípidos y sin corazón banderizo. —Lo que abunda, ¿no es gente de aparente independencia –de esos a los que les cae del cielo el premio gordo de la lotería, sin haberse mojado siquiera las nalgas en las peligrosas trincheras del deber, mientras otros al fragor de la lucha implacable, ponían sus pechos como escudo a la embestida dispuestos a recibir el mortal impacto de las balas traicioneras, en la primera línea del frente de batalla– y luego, cuando llega la hora de la verdad, terminan doblando el espinazo a su muy discreta proclividad política? –¿O bien al compás del estruendo de los cañonazos gratificadores del poder?… termina de esbozar la pregunta el Sisimite. ¿La comodidad de la simulación, el disfraz de pureza utilizado para encubrir obediencias más peligrosas porque operan desde las sombras? —¿No suena eso –se rasca la cabeza Winston– a un intento de controlar el chunche ese mediante acomodos disfrazados de apertura? ¿Y en el pasado en qué desembocaron esos terribles episodios, no fue en crisis políticas, ruptura de confianza, incendios institucionales? -¿Y es que reformar por reformar equivale a corregir?, agrega el Sisimite… ¿a veces no es repetición del mismo error con diferente envoltorio? El bosque quedó inmóvil. —Desmontar lo que funcionó – continuó Winston–, el equilibrio, el contrapeso, la integridad que resistió las peores presiones… eso sí es insensato. Porque lo que salvó al país no fue ninguna alquimia jurídica milagrosa. Fue el carácter de quienes no cedieron.

El Sisimite frotándose las manos sobre el calor del fuego. —¿Una especia de urticaria reformista…? Ese prurito casi compulsivo de meterle mano a la Constitución –agregó Winston– como si fuera plasticina política. ¿Y alguien habrá pensado que a veces el supuesto remedio de una reforma improvisada puede terminar siendo peor que la enfermedad que pretende curar? ¿Que ciertos remedios pueden terminar condenando al paciente al patíbulo? Y a propósito, vos que sos antediluviano, ¿habrá una fórmula para arrancar de raíz el mal que casi da al traste con la democracia en el proceso recién pasado? El Sisimite resollando. — Si la hay, pero no pasa por más maquillaje institucional, sino que, como premisa mayor del silogismo, pasa por elegir personas íntegras. Por impedir el sabotaje. Por castigar la obstrucción. Por fortalecer el respeto a la ley y no la viveza para torcerla ¿Y la premisa menor –pregunta Winston– que los mantiene enchibolados? ¿Cómo llenar la otra silla del conflicto? —Es que “Gallina que come huevos aunque le quemen el pico”… respondió el Sisimite…y claro que hay formula, solo es cosa de ser creativo, no reactivo. -¿Y cuál sería? inquirió Winston. –Te la confío en secreto –acércate le dijo el Sisimite– porque acá lo que se cuenta por anticipado lo deshacen, aparte que nadie hace caso. El bosque parecía escuchar, mientras Winston aproximaba también sus orejitas para escuchar al Sisimite susurrando la confidencia. La plenitud silvestre llena de misterios, dejó suspendida aquella solución entre la niebla… en caso contrario una advertencia que venía desde demasiado lejos para ser ignorada.

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