La Navidad de este 2025 llegó con frío, silencio y nostalgia para cientos de migrantes hondureños en tránsito por México, lejos de sus hogares y de las tradicionales celebraciones con luces, abrazos y comidas típicas.
En ciudades fronterizas como Ciudad Juárez, muchas familias intentaron independizarse, pero la falta de documentos y recursos los obligó a regresar a albergues.
Allí, la cena navideña fue sencilla y compartida, marcada más por la resistencia que por la fiesta, mientras la conversación giraba en torno a trámites, citas pendientes y la incertidumbre sobre el futuro.
Las políticas migratorias más estrictas han limitado las oportunidades de cruzar y solicitar asilo, aumentando la carga emocional en estas fechas.
Para muchos, como Lida Reyes, madre de tres hijos, la Navidad se vivió con tristeza, aferrándose a los recuerdos de su tierra y tratando de mantener la esperanza por el bienestar de sus hijos.
En el sur de México, en Tapachula, la espera también se hizo más pesada. La regularización de estatus migratorio y el hacinamiento en albergues intensifican la sensación de distancia y carencia, convirtiendo la Navidad en un momento de reflexión y resistencia.
A pesar de las dificultades, los migrantes encontraron pequeñas formas de celebrar: un plato caliente, una oración colectiva o un mensaje de voz desde Honduras.
Aunque no fue la Navidad soñada, estos gestos les permitieron aferrarse a la esperanza y seguir adelante en su camino.
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