Han pasado más de cinco décadas desde que Gene Cernan, comandante del Apollo 17, dejó sus últimas huellas en la Luna en diciembre de 1972.
Desde entonces, ninguna misión tripulada ha pisado nuestro satélite natural, a pesar de los avances tecnológicos y la experiencia acumulada en exploración espacial.
El principal obstáculo ha sido la voluntad política. Cada cambio de administración en Estados Unidos ha alterado las prioridades de la NASA, cancelando o modificando programas como el Constelación y enfocando los recursos en la Estación Espacial Internacional, misiones a asteroides u otros objetivos.
Sin una continuidad política a largo plazo, las misiones lunares tripuladas han quedado postergadas.
Además, los desafíos técnicos y financieros son enormes. La distancia a la Luna, la complejidad de los módulos de aterrizaje y la necesidad de garantizar la seguridad de los astronautas hacen que estas misiones sean costosas y difíciles.
El programa Artemisa, con más de 50 mil millones de dólares invertidos y cohetes con tecnología moderna, es la respuesta más reciente de la NASA para retomar la presencia humana en la Luna.
A diferencia de las misiones Apollo, Artemisa busca no solo llegar, sino establecer una presencia humana sostenible.
La nave Orión ofrece más espacio, mejores instalaciones y tecnología avanzada, incluyendo baños adaptados para tripulaciones mixtas, preparando el camino para estancias prolongadas y bases lunares permanentes.
Finalmente, la competencia geopolítica también juega un papel clave. China planea enviar astronautas a la Luna para 2030, mientras Estados Unidos busca consolidar su liderazgo con alianzas internacionales bajo los Acuerdos Artemis.
La combinación de política, tecnología, financiamiento y estrategia internacional explica por qué han pasado más de 50 años sin un regreso humano al satélite.
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