Recién se incorporaba el Sisimite, desenrollándose de un profundo sueño paradójico, y Winston ya ratos lo esperaba sentado en su piedra chata saboreando las notas de caramelo con retrogusto de canela y miel de su vivificante tacita de café. -Supiste Sisimite, te cuento que a la mañana siguiente –aún flotaban en el aire los últimos suspiros del incienso cívico que dejó la multitud votante– el país amaneció con un resplandor distinto. Pareció escucharse el mandato del soberano: un placentero canto de reconciliación. Si la tierra habla y uno la escucha con la planta de los pies sin duda percibiste los murmullos de la patria respirando hondo una sensación de alivio. Tan intenso que el curioso mundo que vino a observar si los milagros son posibles, con ojos de asombro pudo testimoniar la divina presencia del prodigio realizado. Vieron a un pueblo entero caminando a las urnas en oración dispuesto a romper la ingratitud de oscuros augurios y a un país –caricaturizado con trazos de tempestad– revelarse como en esos claros de montaña donde la paz florece aún entre los pedregales.
¿Y cuánto irá a durar esa quietud? Lo interrumpió intrigado el Sisimite. -Pues no tardan los dirigentes políticos en deshilachar lo que la gente de manos hábiles tejió con empeño cuidadoso, yendo a votar. Ya comenzaron a zarandear la recién nacida esperanza, como si Honduras fuera trapo de sus caprichos que se sacude al antojo. Ya asoma el tozudo inconformismo; aparecieron los necios gruñendo desde su irrelevancia; ya brotaron los hongos venenosos en la ciénaga de las redes sociales y el humo tóxico de teorías conspirativas. Surgió el cerril empecinamiento que no da tregua a la paciencia ni a la espera de resultados. ¿Y no fue precisamente contra eso por lo que la gente fue a votar, suplicando, por amor de Dios que la dejen vivir en paz? ¿Que no salgan otra vez a sembrar dudas y sospechas azorando con fantasmas que no existen? ¿Que no le mientan –si aún les queda rescoldo de vergüenza– cuando la gente quiere que por respeto le digan la verdad? ¿Que no la usen de pretexto para ventilar sus disputas? ¿Y es que no entenderán todavía que el delicado encargo que les dejó esa inmensidad de votos depositados, fue ir a sentarse a las mesas de diálogo, no huir de la responsabilidad hasta alcanzar acuerdos; reconciliar los pedazos partidos; trabajar en los intereses comunes con mente despejada puesta en el futuro de todos; no a dividir sino conformar una respetable suma que con fuerza levante de la adolorida espalda del pueblo esa pesada carga de problemas que lo mantiene postrado?
Mientras el ruido anuncia su triunfal ingreso allí siguen faenando –callados, invisibles, incansables– los héroes anónimos. Los soldados uniformados y civiles de la democracia. Los guardianes de la voluntad popular. Una especial mención a las almas de lámpara encendida dentro del organismo electoral, por el incesante trabajo, hasta altas horas de la noche y a tempranas de la madrugada, infatigables en vigilia persistente, sin tiempo para el reposo. El árbitro electoral, el pleno de sus tres miembros; las dos aguerridas consejeras, una de ellas que dirigió las elecciones primarias y quien hoy preside las generales han sido ejemplo paradigmático. -Ayer y hoy es lo mismo Winston –subió una ceja el Sisimite mientras lo miraba fijamente a los ojos– la silenciosa heroicidad de los sin nombre siempre ha sido motivo de encomiástica inspiración. -Quedamos entonces –finalizó Winston, respetuoso de aquella inmemorial sapiencia– que la paz no es encanto caído del cielo, sino cosecha bendita de los que siembran confianza en los estrechos y alargados surcos de la esperanza.


