BAJO el espesor verdinegro del bosque, los árboles estiraban los brazos de sus ramas como viejos centinelas de una memoria antigua y el viento arrastraba olor a tierra mojada por la lluvia intermitente de la noche; el paisaje pintado de pinceladas de hojarasca de tonalidades amarillas, rojas y marrón. El Sisimite avanzaba lentamente, con cuidado de no tropezar, entre raíces nudosas. A su lado, Winston, con sus pasitos de algodón, caminaba pensativo, atento al murmullo lejano de un riachuelo oculto entre la espesura. El Sisimite hizo un gesto invitándolo a sentarse sobre una piedra ancha con espacio para los dos: -No es solo la improbabilidad de encontrar seres verdaderamente independientes… sin corazoncito de emblema banderizo, sin inclinaciones, sin simpatías, sin apego a determinados colores o grupos. Winston levantó la mirada hacia las copas altas que apenas dejaban pasar la luz. -Porque el hombre no flota en el vacío –respondió–. Siempre pertenece a algo. A una idea, a una corriente, a una historia, a un gremio, a un círculo de afinidades. Incluso quienes se proclaman “neutrales” suelen cargar preferencias escondidas bajo el abrigo de la supuesta imparcialidad. Lo que sí pueden encontrar son tránsfugas y cambiados.
-Y además –interrumpió el Sisimite–, aunque los saquen de aquí o de allá, nada garantiza nada. Winston asintió con un leve movimiento de su cabecita: -Exactamente. El simple origen “independiente” no asegura idoneidad, ni carácter, ni independencia real en el ejercicio de la función. Porque la verdadera prueba no está en cómo llegan… –“dime con quién andas y te diré quién eres”– sino en cómo actúan cuando el poder los presiona. El bosque pareció cerrarse un poco más alrededor de ellos. -¿Y entonces cuál sería su adhesión verdadera? –preguntó el Sisimite–. ¿No terminarían respondiendo a la agrupación con la que tienen afinidad, o al poder que los colocó allí? Winston con su sonrisa irónica: -Ahí está la paradoja. Se supone que llegan para escapar de las influencias… y muchas veces terminan siendo más dependientes de ellas, precisamente porque carecen de un respaldo político propio que les dé fuerza para resistir o coraza de identidad. -Diríamos –agregó Winston– así como a los miembros legítimos de cualquier partido los atan los retratos. El simbolismo de sus líderes icónicos y de su historia, la gloria de sus luchas, el arcaico aroma de sus convicciones, la música de sus himnos, la memoria de sus reliquias emblemáticas. Una ráfaga agitó unos helechos que parecían estar allí tragando palabras de la conversación. -Porque el peso de quien ocupa una silla institucional –continuó Winston– no depende solo de sus virtudes personales. También depende de la fuerza real que tiene detrás. El Sisimite soltó la inquietud: -Y esa fuerza, en democracia, ¿de dónde emana? Winston respondió con serenidad casi pedagógica: -¿Y no es de ninguna otra parte si no del pueblo? El artículo 2 de la Constitución lee que “la soberanía corresponde al pueblo, del cual emanan todos los poderes del Estado que se ejercen por representación”.
El viento sopló lentamente entre las ramas altas. -Ese es el corazón del sistema representativo –prosiguió Winston–. Los partidos políticos, con todos sus defectos, son los vehículos mediante los cuales distintas corrientes de la sociedad compiten por obtener el mandato ciudadano. Van a las urnas, presentan candidatos, someten sus proyectos al juicio popular y reciben –o no– legitimidad. El Sisimite afinó el oído. -Y de ahí nace también la representación institucional –añadió Winston–. Porque quienes ocupan cargos vinculados al poder público tienen detrás, para bien o para mal, una fuerza política identificable, una porción de voluntad popular expresada en votos. El bosque quedó inmóvil. -Entonces –pontificó el Sisimite–, una silla ocupada por un supuesto “independiente” sacado de sepa Judas de dónde… ¿qué respaldo representativo tiene realmente detrás? Winston miró hacia la profundidad oscura del bosque. -Esa es la pregunta incómoda que los sastres de disfraces evitan formular. Porque la confianza pública no surge solo del discurso de pureza. También necesita legitimidad visible, arraigo reconocible y responsabilidad política identificable. El Sisimite frunció el ceño: -Porque si no responde claramente ante nadie… -Puede terminar respondiendo mansamente ante quien lo puso allí –concluyó Winston–. Y eso resulta aún más peligroso que las inclinaciones abiertas, porque opera bajo el disfraz de neutralidad. -Por eso –continuó Winston– ¿de dónde sacan que la solución sea fingir ausencia de política? La verdadera solución es exigir integridad. Que quien llegue, venga de donde venga, tenga la fortaleza moral de elevarse por encima de sus simpatías y no convertirse en instrumento de parcialidades. -¿Y es que la independencia verdadera depende de que alguien no tenga inclinaciones… o que tenga el carácter suficiente para no arrodillarse ante ellas? ¿Y quizá el mayor peligro de las falsas neutralidades no resulte que terminan debilitando precisamente aquello que dicen venir a fortalecer: la confianza de la gente? El bosque guardó silencio reflexivo… como si incluso los árboles conocieran ya demasiado bien las trampas de los hombres.


