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sábado, julio 25, 2026

¿Las trancas?

WINSTON y el Sisimite caminaban por un sendero del bosque. A cada trecho encontraban una tranca con leños atravesada en el camino. -¿Y ese montón de trancas? –preguntó Winston–. -Para impedir que pase quien no debe pasar. Winston observó que, a un costado, alguien había abierto una pequeña trocha. -Pues parece que no funcionan. -Eso ilustra el problema. En los países donde existe poco respeto por la ley, cierta clase de político no se pregunta cómo cumplirla, sino cómo saltársela. Y mientras más trancas le ponen, más ingenioso se vuelve buscando por dónde rodearlas. -Ponen otra tranca y abrirán otra trocha. -¿Y si ponemos más? -Habrá más oportunidades para encontrar el atajo. Winston pensativo. -¿Eso pasa también con las leyes? -Claro. Creemos que cada nuevo filtro garantiza transparencia; crear comisiones, subcomisiones, juntas, consejos, certificaciones, controles y procedimientos. Todo con nombres bonitos y propósitos aparentemente nobles. Solo que cuando las instituciones son débiles y las conductas están corrompidas, cada filtro acaba convertido en una caseta de peaje.

-¿Una caseta de peaje? -Sí. Donde alguien cobra para dejar pasar a unos y cerrarles el paso a otros. La comisión creada para impedir influencias termina capturada por influencias. El filtro destinado a garantizar imparcialidad se convierte en otro lugar donde negociar favores. Y el remedio acaba proporcionando una oportunidad adicional para la misma enfermedad que pretendía combatir. -¿Y en las elecciones? -Sucede algo parecido. Para garantizar la pureza electoral meten sistemas cada vez más complejos: tecnologías, transmisiones, auditorías, verificaciones, controles, plataformas y procedimientos que cuestan millones. Cada nueva herramienta se presenta como una garantía contra el fraude. -Eso parece bueno. -Puede serlo. El problema es creer que la tecnología sustituye la confianza. Porque después, el perdedor que no acepta su derrota, precisamente esas herramientas se convierten en el blanco de la sospecha. Que manipularon el sistema. Que alteraron el software. Que intervinieron los servidores. Que la transmisión falló. Que la auditoría no fue suficiente. Winston ladeó la cabeza. -Entonces, ¿mientras más sofisticado es el sistema, más explicaciones tiene el inconforme para desconocerlo? -Cada garantía adicional crea también un nuevo lugar donde sembrar una duda. Y una democracia que pretende resolver exclusivamente mediante tecnología un problema de conducta política termina construyendo una maquinaria costosísima para descubrir que el verdadero problema nunca estuvo dentro de la computadora. -¿Y dónde? El Sisimite se pumpuneó el pecho. -Aquí. En la conducta humana. Continuaron caminando. -Ejemplo la crisis política pasada no fue falta de la ley sino políticos dispuestos a torcerlas a conveniencia o buscar el resquicio para saltárselas. Se puede construir una legislación perfecta sobre el papel, pero ninguna ley ataja todas las trampas de quienes han decidído actuar de mala fe. -¿Y esos que hablan de despolitizar? -Esa palabra es engañosa. La política no desaparece porque cambiemos el nombre de quienes la ejercen.

Digamos, esa propuesta de “ciudadanizar” las mesas electorales poniendo a miembros de organizaciones de la sociedad civil, colegios profesionales, gremios, universidades o asociaciones, bajo la apariencia de independencia. Habría que preguntar: ¿quién dirige esas organizaciones?, ¿quién elige a sus autoridades?, ¿qué intereses existen dentro de ellas?, ¿quién controla sus estructuras?, ¿qué afinidades políticas tienen sus integrantes? Porque el ciudadano no deja sus ideas, simpatías ni intereses colgados en la puerta cuando entra a una mesa electoral. Winston sonrió. -O sea que podemos sacar al partido por la puerta y volverlo a meter disfrazado por la ventana. -Y quizá sea peor, porque antes sabíamos quién representaba a quién. Ahora tendríamos los mismos intereses escondidos detrás de una supuesta apoliticidad. -Entonces, ¿no existe la independencia? -Existe la independencia de criterio; la imparcialidad en el ejercicio de una función. Lo peligroso es confundirlas con la inexistencia de ideas políticas. Una democracia madura no necesita ciudadanos sin ideas; necesita ciudadanos capaces de respetar las reglas, aunque sus ideas pierdan. Lo que se ocupa es integridad, no simulación. Llegaron a otra tranca con un letrero: PROHIBIDO PASAR. Al lado había una escalera. -Mirá eso – dijo–, ahí tenés resumida nuestra historia institucional: ponen la prohibición y dejan la escalera. -¿Entonces cuál es la solución? -No hay fórmula mágica. Se necesitan buenas leyes, por supuesto: controles; tecnología cuando sea útil; fiscalización y transparencia, siempre. Pero nada de eso reemplaza una cultura de respeto a las reglas. -¿Adecentar la política? -Exactamente. Porque también se ha cometido la injusticia de culpar a la política de los vicios de quienes la practican. La política, entendida como servicio público, construcción de acuerdos y búsqueda del bien común, es un arte, una actividad meritoria. Sin ella no existe democracia. -Entonces la política no es sucia. -No, sucio es el político chuco que la embadurna. Pueden llenar el camino de obstáculos, filtros y candados… pero si quien debe respetarlos dedica toda su malicia a encontrar cómo burlarlos, siempre aparecerá una nueva trocha. -¿Qué hacer entonces? El Sisimite levantó la última tranca y dejó pasar a Winston. -Construir instituciones fuertes, sí. Y como el CNE de las consejeras y TJE, de la magistrada, que salvaron la democracia con integridad, premiar su conducta y sentar precedentes a los que delinquieron como castigo; que no haya impunidad. Hacer leyes sencillas y claras; vigilar a quienes ejercen el poder, desde luego. Pero, sobre todo, recuperar algo que ninguna comisión, ningún algoritmo y ninguna computadora pueden fabricar. -La decencia. Winston caminó unos pasos y volvió la cabeza. -¿Entonces, reformar con nuevas trancas si no cambian la conducta, crisis a la vista?

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