En la hermosa frondosidad del tupido bosque, donde las raíces viejas parecían sostener no solo árboles sino recuerdos, el Sisimite soporoso contemplaba el movimiento lento de la neblina descendiendo entre los troncos de pino sudorosos. El aire impregnado de esa fragancia petricor a tierra húmeda, a hojas antiguas suspendido en el silencio del tiempo reposado que solo conocen los lugares donde las agujas de reloj parecieran caminar más despacio. Winston observaba el pequeño fuego que ardía frente a ellos, mientras las brasas rojizas iluminaban tenuemente la espesura. El Sisimite murmuró: -Qué accidentado destino el de este país… siempre caminando al borde del barranco. Winston inspirado: -Y aún en medio de sus peores sacudidas, algo termina resistiendo, y providencialmente aparecen figuras de virtuosa genialidad –diríamos, una combinación sinérgica de habilidades cognitivas y emocionales que, después de haberlo vivido todo, le permiten anticipar problemas, mantener la calma y actuar con precisión bajo presión– ofreciendo salidas a las crisis o evitando caer en ellas.
El bosque crujió suavemente con el viento. -Antes –continuó Winston– las disputas eran entre adversarios que todavía aceptaban, aunque a regañadientes, el veredicto de las urnas. Había sospechas, tensiones, reclamos… pero al final prevalecía la idea de que la democracia debía continuar. El Sisimite asintió: -Hasta que apareció la tentación más vieja de todas: encaramarse y no querer bajarse, conspirando contra la necesaria alternancia. -Sí –dijo Winston–. Usar la democracia para desmontarla desde adentro. Convertir el poder temporal en ambición persistente. Y entonces comenzaron las fracturas, las crisis profundas, las heridas constitucionales. El fuego soltó un chisporroteo breve. -Y sin embargo –prosiguió Winston–, la lección más dura dejó también la enseñanza más valiosa: que el país no se salvó por la inexistente “apoliticidad” de nadie… sino por el equilibrio. El Sisimite levantó la mirada: -Ese equilibrio del que tanto se habla, pero pocos entienden. -Porque no consiste en seres incorpóreos, insípidos, inodoros, incoloros, o sin inclinaciones –respondió Winston–. Eso no existe, citando al griego: “el hombre es un animal político”. Lo político es parte de su naturaleza. Quitarle eso sería desfigurar al hombre mismo. El Sisimite dejó escapar una risa áspera: -Y aun así andan buscando “apolíticos” como quien sale al bosque a buscar fantasmas. -Lo triste –añadió Winston– es que muchos políticos hablan de “despolitizar” porque ellos mismos han degradado la política con conductas miserables. Pero la política, en esencia, es noble: es el arte de ordenar la convivencia humana para el bien común. -Lo sucio no es la política… –murmuró el Sisimite–. -Sino ciertos políticos –completó Winston–. Por eso el problema nunca fue que el órgano electoral tuviera representación política. El verdadero problema surgía cuando alguien ha querido o controlarlo o destartalarlo dando rienda suelta a sus caprichos alevosos.
Las sombras del bosque parecieron cerrarse un poco más alrededor del fuego. -Y entonces llegaron las trampas –dijo el Sisimite–. El sabotaje, las teorías conspirativas, el ruido. Actas dejadas en cero. Maniobras para agotar el tiempo constitucional. Narrativas sembrando desconfianza. Presiones internas y externas. El intento de llevar al órgano electoral una batalla que debió librarse afuera, en la arena política y no destruyendo la institucionalidad. Y el peligro mayor, la tentación al continuismo. -Porque si no hay declaratoria, –volvió a ilustrar Winston– el país entra en zona cenagosa: repetición electoral, vacío de legitimidad, prolongación del poder existente. Y quizá allí estaba escondida la verdadera ratonera. El bosque quedó inmóvil. -Pero ocurrió algo inesperado –continuó Winston–. La integridad resistió. Dos consejeras –y la magistrada hoy ausente, QDDG– sostuvieron el equilibrio frente a presiones brutales, hostigamiento, campañas insidiosas y amenazas. Y desde condiciones extremas, emitieron la declaratoria que evitó el rompimiento. No salvó al país la cosmética… sino el carácter. Por eso cuidado, es peligroso desmontar lo que funcionó solo para aparentar cambios. Reformar estructuras sin corregir conductas es como pintar paredes agrietadas creyendo que así desaparece la repetición de la trepidación. El fuego comenzaba a extinguirse. -Y ahora vuelven las propuestas –dijo el Sisimite–. Más miembros, más cuotas, más fórmulas. Winston observó las últimas brasas: -Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿se busca equilibrio… o control disfrazado? Porque el número de sillas nunca ha garantizado nada. Lo único que realmente sostuvo la democracia fue la integridad de quienes no se dejaron doblegar. El viento sopló entre las ramas altas, trayendo un rumor parecido al de páginas antiguas. –Como decías –murmuró el Sisimite– el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Winston sonrió con tristeza serena: -Y a veces la tercera también… porque tiene memoria, pero suele perderla si la ambición le habla demasiado fuerte. Winston levantó lentamente la mirada hacia la oscuridad infinita de los árboles: -Por eso nada tiene que ver con “despolitizar”. La verdadera lección es mucho más sencilla y más difícil a la vez: elegir personas capaces de anteponer la República a sus apetitos. El Sisimite observó el fuego extinguirse hasta quedar apenas una brasa roja. -Porque cuando las instituciones dependen solo de leyes y no de honor… –murmuró Winston– hasta la mejor arquitectura termina convertida en ruina. Y el encanto del bosque, viejo testigo de las torpezas humanas, dejó suspendido en la noche un silencio profundo… como aguardando paciente, todavía, que alguna vez los hombres aprendieran.


