La neblina descendía espectralmente entre los árboles del bosque. Las raíces húmedas brotaban de la tierra oscura igual que venas antiguas de una República demasiadas veces estremecida. Bajo un pino inhiesto el Sisimite removía con una rama las brasas de una fogata, sirviéndose de la tilosa cafetera. Winston contemplaba cómo el humo subía en espirales, igual que las viejas crisis del país: siempre distintas en apariencia… y siempre parecidas en el fondo. Recuerdo –gruñó el Sisimite–, con la Constitución del 82 nació el viejo Tribunal Supremo Electoral dizque equilibrado. Dos representantes de los partidos mayoritarios y un tercero ligado a la Corte Suprema dizque como árbitro institucional. Solo que el que mandaba colocaba al de la Corte. ¿El control en manos del árbitro? -Y en la práctica –objetó Winston– aquel supuesto contrapeso no siempre pesaba. Porque cuando un partido controla demasiados resortes, la balanza termina inclinándose, aunque la mesa aparente estar pareja.
-Después vinieron las reformas –dijo el Sisimite–. Con los partidos pequeños, más asientos, más adornos de pluralidad. -Pero el fondo siguió igual –respondió Winston–. Elecciones funcionales, sí… pero permanentemente sospechadas por el temor al control del oficialismo. Y el invitado al otro asiento… muchas veces terminaba orbitando alrededor de la fuerza dominante. Las brasas crepitaron suavemente. -Hasta que llegó el quiebre del 2017 –murmuró el Sisimite–. Winston bajó la mirada: -Fraude denunciado. Protestas. Crisis de legitimidad. El país entero viviendo en tensión. Un mediador internacional pasó un año entero intentando reconciliar posiciones… para terminar descubriendo que cuando no hay voluntad política, ningún diálogo sirve de nada. -Hasta que llegó la gestión de contingencia prosiguió Winston– ya que, en medio de las peores sacudidas, providencialmente aparecen figuras de virtuosa genialidad con una combinación sinérgica de habilidades cognitivas y emocionales que, después de haberlo vivido todo, le permiten anticipar problemas, mantener la calma y actuar con precisión bajo presión, ofreciendo salidas a las crisis o evitando caer en ellas,—fue el nuevo modelo.Ya no para fingir neutralidades imposibles… sino impedir hegemonías absolutas. -Y aun bajo ataques brutales… funcionó. Hubo tensión, sí. Presiones, campañas insidiosas, hostigamiento, intentos de imponer caprichos desde adentro utilizando peones obedientes… pero también hubo resistencia. La solvencia de la magistrada ausente, QDDG. Una consejera resistiendo a lo interno las imposiciones. Otra consejera sosteniendo el equilibrio. Y así el sistema aguantó. -Pese a la amarga lección –murmuró el Sisimite– de quienes usan la democracia para llegar al poder… y después desmontarla desde adentro. -Muy pocos –lamentó Winston– entienden que la democracia es un juego donde a veces se gana y otras se pierde. No un escenario para desahogar complejos de autolatría ni para eternizarse.
-Decime –preguntó el Sisimite–. ¿No creés entonces que gran parte de la desconfianza vino más de la guerra política entre ellos mismos que del órgano electoral? Winston levantó la mirada. -Claro que sí. La atmósfera fue envenenada por el ruido permanente. Políticos actuando más como enemigos irreconciliables que como adversarios democráticos. Bocinas sembrando sospechas antes, durante y después de las elecciones. Sectores queriendo torcer el sistema hacia donde les convenía. Resultados estrechos convertidos –otra vez el lloriqueo– en narrativas de fraude. Conflictos introducidos deliberadamente dentro del órgano electoral por quienes debieron librar sus disputas afuera. Y además la arremetida feroz del poder intentando evitar la alternancia. -Entonces –preguntó el Sisimite– ¿por qué esa tirria de satanizar precisamente lo que sí resistió? Winston soltó un suspiro. -¿No será más fácil culpar la estructura que corregir la conducta? Lo que funcionó no fue la aparente neutralidad sino la integridad. La resistencia institucional. Lo que dio la declaratoria que evitó el caos y garantizó la alternancia constitucional. Eso fue lo que salvó la democracia. El Sisimite resollando: -Y en vez de agradecerlo… las tienen castigadas, no les resuelven la licencia –la táctica consabida de los políticos de dilatar– mientras patean la lata. Winston con ironía: -Como si lo que hicieron fuera comida de trompudo; como si cualquiera hubiera resistido semejante embestida brutal del poder, arriesgando tranquilidad, seguridad y prestigio para impedir el rompimiento constitucional. -Y todavía –añadió Winston– la frescura de hablar de “apolíticos” que no existen y de “neutrales”, insípidos, inodoros, incoloros, que tampoco hay. Cuando la falta de confianza fue causada precisamente por políticos mañosos empeñados en incendiar la percepción pública. El Sisimite soltó una risa seca: -Blanquear sepulcros. -Exactamente –asintió Winston–. Porque no se trata de quitarle política a la política; se trata de devolverle dignidad a quienes la ejercen. Ennoblecerla. Elevar el comportamiento de los actores públicos. Las últimas brasas apenas alumbraban ya la oscuridad del bosque. -Y cuidadito –murmuró Winston suavemente– con volver a caer en la tentación de las viejas andanzas disfrazadas de reforma. Porque a veces la ratonera no se presenta como amenaza… sino como solución elegante. -Y mientras tanto –dijo el Sisimite con tristeza– otra vez los opiniólogos del bla, bla, bla… Winston casi en un murmullo: -Las democracias no se salvan con palabrería… sino con personas capaces de sostenerlas cuando todos los demás empiezan a soltarlas. Y el bosque, dejó caer sobre ambos un silencio profundo… como si el monte respirara la ironía de Mark Twain: que “la historia no se repite, pero rima”.


