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miércoles, julio 8, 2026

¿Hachón de ocote?

WINSTON sostenía con delicadeza su taza humeante de café, mientras El Sisimite, apoyado en la sombra de un pensamiento espeso, parecía rumiar los vaivenes de la historia como quien mastica raíces de siglos. —Decime, Winston –gruñó el gigante legendario–, ¿por qué este país parece condenado a tropezar con sus propias huellas? Winston alzando la mirada: —Porque los políticos juegan con la democracia como si fuera una herramienta dúctil, cuando en realidad es un cristal delicado… y a veces, una excusa peligrosa. El Sisimite resopló, como si el aire trajera consigo recuerdos incómodos. —Al principio, cuando la disputa era entre demócratas, (y la Constitución fue redactada creyendo que a partir de entonces los políticos se comportarían como demócratas, no como montaraces que ocupan la democracia para encaramarse y después destruirla desde adentro) había tropiezos, sí… técnicos, políticos, humanos. Las cargas se iban arreglando en el camino, dialogando, en fructíferas negociaciones, en aras de buscar consensos y salvar lo esencial. Al final, prevalecía el respeto al veredicto de las urnas. El país oscilaba, como péndulo cansado, entre fuerzas distintas, pero dentro de un mismo marco bipartidista. Recuerda el Sisimite: -La primera integración del TSE fue con representantes colocados directamente por los partidos. Pero la CSJ integraba al suyo. Y quién controlaba la CSJ, inclinaba la balanza. Por eso hicieron reformas, dizque para tener un órgano electoral imparcial y apolítico, con delegados elegidos en el Congreso Nacional. Solo que ¿dónde van a encontrar incorpóreos, insípidos, inodoros, incoloros, sin corazón banderizo, acá en ese medio politizado? Winston se ríe: –“Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja”–. Y el oficialismo, – sigue haciendo memoria el Sisimite– con astucia de ajedrecista, procuraba que incluso el adversario le fuera afín, o al menos dócil. (O bien dar cupo a los partidos pequeños, con tal de un acomodo al poder de turno). Y sí, la confianza no fue completa, pero como la competencia era entre líderes demócratas –cuando había líderes– respetuosos de las leyes, los resultados eran cuestionados… pero finalmente aceptados. Una especie de tensión contenida, no un desgarramiento. Así transcurrieron varios períodos. Winston revisando sus lecturas: —Sí… hasta el momento en que se cruzó la línea invisible. Cuando ya no bastó competir dentro de la democracia, sino que, al autoritarismo, urgido por perpetuarse, le apeteció usarla para desmantelarla. El continuismo, prohibido por la propia Constitución, se convirtió en obsesión. El pecado original de las crisis. Y entonces ya no hablamos de errores… sino de una voluntad deliberada de torcer el orden legal. —Y el país pagó el precio –murmuró el Sisimite–. Hubo ruptura. Una fractura profunda del orden constitucional.

Costó años, esfuerzos titánicos y cicatrices abiertas volver a encarrilar la República. Pero incluso entonces, cuando parecía restablecida, la sombra regresó: otra reelección, otra sacudida, otra crisis de legitimidad. —Y otra vez –ilustra Winston–, la exigencia fue la misma: que nadie controlara completamente el órgano electoral. Que las fuerzas se equilibraran. Que el poder no pudiera imponerse sin contrapeso. –Pero el que agarra el poder, una vez encaramado, cómo le cuesta soltarlo –reflexionó el Sisimite. Lo que ocurrió en el reciente proceso electoral. Todo un andamiaje oficial, asediando, fastidiando, persiguiendo, saboteando –en contubernio con tontos útiles– al órgano electoral, de adentro y desde afuera, para romperlo, o en el mejor de los casos, provocar otra crisis constitucional. —Entonces… ¿qué evitó el desastre? —preguntó el Sisimite, con un dejo de inquietud. –Lo que ya dijimos –respondió Winston– la actitud heroica de las mujeres, de la magistrada fallecida y la pared levantada por las consejeras a toda la embestida, su apego a la ley, la integridad hecha actitud y no discurso, para no responder a intereses antojadizos o instrucciones partidarias, sino una vez elegidas, ascender al estadio superior de la autonomía e independencia del órgano electoral, garantía de legitimidad y equidad, y hacer valer ese pilar erquido como compromiso de honor, de responsabilidad por sobre todo lo demás. El Sisimite levantó una ceja. —No la pureza inexistente… no la ilusión de neutralidad… sino el equilibrio real, tangible, humano. La resistencia de quienes, desde dentro, no cedieron, frente al asedio, al hostigamiento, a la presión implacable del poder, sostuvieron la institucionalidad como quien levanta un hachón de ocote con la llama encendida en medio de la tenebrosa oscuridad. —Sí –afirmó Winston–. Proteger la alternancia (respetando los votos del ganador y dar la declaratoria) y detener en seco el continuismo. Evitar el caos. Salvar la República en el último instante posible, cuando ya el abismo respiraba cerca. El viento afuera movió levemente las hojas, como si la historia misma suspirara. —Entonces –dijo el Sisimite, con una gravedad casi reverente–, no fue la perfección… sino la tensión equilibrada lo que sostuvo todo. Winston sonrió, con esa mezcla de dulzura y lucidez que lo caracteriza: —Así es. El país ha ondulado al vaivén de crisis intermitentes, como mar agitado por corrientes invisibles. Pero cada vez que ha evitado naufragar, no ha sido por la ausencia de intereses… sino por su contrapeso. Y el contrapeso, no es “despolitizando” la política, sino ennobleciéndola; cambiando no la palabra, sino las actitudes de los necios que la ensucian, ya que la política es “el arte de gobernar para el bien común”. ¿Contrapeso? La palabra se deletrea de esta manera: INTEGRIDAD.

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