Redacción. – La muerte por ahogamiento es una de las formas más angustiosas de fallecer, pues el cuerpo humano atraviesa un proceso físico y psicológico desgarrador.
Durante los primeros 90 segundos, la persona lucha desesperadamente por mantenerse a flote y lograr respirar en la superficie. Sin embargo, en ese intento inhala agua, tose para expulsarla, pero vuelve a tragar más líquido mientras sus pulmones comienzan a inundarse.
Cuando el agua invade las vías respiratorias, la sensación es descrita como una quemadura intensa debido al daño y la irritación en los tejidos. Luego, al agotarse el oxígeno en el cuerpo y al aumentar la concentración de dióxido de carbono, aparece un estado engañoso de calma y tranquilidad.
Este momento ocurre porque el cerebro empieza a sufrir los efectos de la hipoxia, la falta de oxígeno, y poco después sobreviene la muerte cerebral y la detención del corazón.
Al sumergirse bajo el agua, el organismo puede reaccionar de dos maneras: una es la entrada directa de agua a los pulmones, impidiendo que puedan oxigenar la sangre; la otra es el llamado espasmo laríngeo, en el que las cuerdas vocales se cierran involuntariamente para bloquear el paso del agua, pero a la vez impiden el ingreso de aire, lo que igualmente provoca asfixia.
En ambas situaciones, el resultado es el mismo: la sangre pierde oxígeno progresivamente, lo que conduce a una lesión cerebral irreversible. Aunque la lucha inicial parece larga y desesperada, el desenlace ocurre en cuestión de minutos y es inevitable sin una intervención rápida y eficaz.
Este mecanismo biológico, aunque terrible, es bien documentado por los especialistas para comprender cómo prevenir tragedias acuáticas y para explicar por qué los rescates deben realizarse lo más rápido posible para evitar daños permanentes o la muerte.


