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domingo, julio 19, 2026

¿El chunche ese?

Sobre su editorial de hoy; –mensaje de la periodista amiga que no tiene chucho con el cual platicar, discurriendo sobre “¿EL BAILE?”– la inteligencia artificial es una paradoja fascinante: No tiene emociones… pero las entiende”. “No tiene sentido del humor… pero reconoce cuándo estás bromeando”. “No es irónica… pero detecta la ironía”. “No se ofende, no se entusiasma, no se enamora de sus propias ideas”. “Y precisamente ahí radica su valor como interlocutor”. “La IA no compite con uno. No está programada para estar de acuerdo ni para disentir por orgullo”. “Responde según la información, el contexto y la calidad de lo que recibe”. “Y eso la convierte en un espejo intelectual”. “El ser humano, en cambio, muchas veces debate desde la emoción más que desde la inteligencia”. “Defiende posiciones por identidad, por lealtad ideológica, por ego o por miedo a ceder terreno”.

“La IA, no”. “No se siente derrotada si le presentas un argumento mejor”. “No se irrita si corriges un dato. No se descalifica si cambia de enfoque. Aprende y reajusta”. “Su valor no está en que “piense” como nosotros, sino en que procesa sin pasión desordenada”. “No tiene humor, pero puede reconocerlo. No tiene tristeza, pero puede identificarla. No tiene orgullo, pero puede analizarlo. Es una inteligencia que no reacciona: responde”. “Por eso, como herramienta, es tan poderosa”. “La IA baila al son que le toquen”. “Es tan inteligente como quien interactúa con ella”. “Si le haces preguntas superficiales, dará respuestas superficiales”. “Si le planteas ideas profundas, se moverá en esa profundidad”. “No eleva el nivel de la conversación por sí sola: la acompaña”.

“En el fondo, la IA no sustituye al ser humano. Lo revela”. “Porque la calidad del diálogo no depende de su emoción, sino de la nuestra; no depende de su brillantez aislada, sino de nuestra capacidad de pensar con claridad”. “Y quizá ahí esté la lección más interesante: la inteligencia artificial no tiene emociones… pero nos obliga a usar mejor la nuestra”. “PD: ¡ojalá los humanos fuéramos así!”. (Ajá –reacciona el Sisimite– ¿qué le contestamos? -Que de nosotros –ironiza Winston– no decís nada. Te hace falta un chucho. -¿Y qué respondió? –vuelve el Sisimite–. -“Ahhh… es cierto… lo que pasa es que ustedes son más inteligentes que cualquier IA… ja, ja, ja…”). Un mensaje de la mamá de la nena de los cuentos: “Perfecto… ja, ja, ja… yo enseñando a su amiga que podemos usar la IA para estudiar”. “Ya no me complico tanto y le pido que haga los ejercicios de práctica de español, para luego revisarlos y no atontarme tanto; aunque el chunche ese también da las respuestas”. Mensaje del viejo amigo constituyente: “Qué genialidad la tuya. Disputas con IA y la sometes. Acepta tu versión y termina con el mito del tipo, que en su momento descalificó nuestra Constitución tildándola de ser un adefesio”.

“Wow!” –mensaje de la amiga periodista– “Es que no deja de impresionar. ¡Qué cosa más bella! Creo que me voy a enamorar de la IA. (Ja, ja, ja)”. “Muchas gracias presidente; siempre nos deja pensando, reflexionando y con ganas de más; en este caso de bailar, pero con esa cadencia bonita que usted describe en su editorial de hoy”. (¿Y a vos –tercia el Sisimite– te dio ganas de bailar con la IA? -Aquí la que baila –responde Winston– es la Victoria. Y Sofi pasa preguntando que cuándo la incorporamos a los editoriales. No hay que hacerle caso, suficiente plática entre nosotros y ahora de metiche la inteligencia artificial. Lo bueno es que, si lee esto, no se enoja, porque no tiene emociones, solo un sentido de humor simulado).

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