A sugestión de la nieta, para que aprecie cómo escuchamos sus sugerencias, ¿por qué –es la inquietud de algunos– la permanencia en la ONU durante varios períodos? Si es que eso lejos de ser reclamo más bien debiese ser motivo de orgullo nacional: el prestigio que ofrece al país la estabilidad de su embajadora, que no se coloca ni se quita como cambiarse de calcetines. En la práctica internacional existe una diferencia sustancial entre la diplomacia bilateral tradicional y la representación ante Naciones Unidas. En la primera, el cambio de gobierno suele implicar la sustitución del embajador: el nuevo Ejecutivo desea enviar una señal política, imprimir su estilo y nombrar a alguien de su confianza. Además, el embajador bilateral requiere el beneplácito (agrément) del Estado receptor, lo que introduce un elemento adicional de negociación y, a veces, de incertidumbre. En cambio, en Naciones Unidas ocurre algo distinto. El representante permanente no necesita beneplácito de otro Estado; basta con la designación del país acreditante. Esa particularidad institucional transforma la lógica: la continuidad no depende de la aceptación externa sino del criterio interno del propio Estado. Por eso, cuando un embajador permanece pese al cambio de gobierno, el mensaje es más potente: no es un nombramiento partidario, sino una figura de Estado. Además, en la ONU el tiempo se convierte en capital diplomático. La permanencia permite conocer los procedimientos, tejer relaciones personales con delegaciones, comprender las sensibilidades regionales y adquirir autoridad en los debates. Esa experiencia acumulada se traduce en influencia real. Un embajador longevo proyecta prestigio para el país que representa. Por el contrario, la rotación frecuente –típica de la diplomacia bilateral tras cambios políticos– implica empezar de cero: reconstruir relaciones, aprender dinámicas, ganar credibilidad. En Naciones Unidas, donde la diplomacia es paciente y procesal, esa discontinuidad se siente más. En diplomacia, la permanencia no suele ser fruto de la casualidad sino del prestigio ganado. Cuando gobiernos de distinto signo político mantienen a un mismo embajador, lo que en realidad están reconociendo es algo más alto que la afinidad ideológica: la solvencia profesional, la credibilidad internacional y la confianza construida con paciencia. En el mundo diplomático –y especialmente en las Naciones Unidas– el tiempo no desgasta: consagra. La continuidad otorga memoria institucional, redes de interlocución y una autoridad silenciosa que no se improvisa. Sin ánimo, ni por asomo, de comparar a Honduras con estos ejemplos: “El soviético Andrei Gromyko, se convirtió en una de las figuras más influyentes de la diplomacia mundial durante décadas, fue respetado incluso por adversarios ideológicos.
Su permanencia prolongada lo convirtió en una voz de peso, escuchada con atención porque encarnaba continuidad y experiencia”. “El mexicano Alfonso García Robles –arquitecto del Tratado de Tlatelolco– desempeñó funciones diplomáticas durante distintos gobiernos y se mantuvo como referencia moral y técnica del desarme nuclear, al punto de recibir el Premio Nobel de la Paz. Su continuidad no dependió del color político, sino de la confianza en su talento”.
La historia diplomática –sobre todo la europea y la del siglo XIX– está llena de figuras cuya permanencia atravesó regímenes, revoluciones y cambios ideológicos. Eso es, precisamente, lo que les dio prestigio. “El célebre ejemplo de Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord. Sirvió a la monarquía borbónica, a la Revolución Francesa, a Napoleón Bonaparte y luego volvió a representar a Francia ante las potencias europeas durante la Restauración. Su continuidad no fue ideológica sino profesional. Francia, aun cambiando de régimen, necesitaba su experiencia. En el Congreso de Viena, su permanencia lo convirtió en un árbitro respetado incluso por los vencedores”. “Más antiguo aún es el caso de Benjamín Franklin, enviado de las colonias y luego de los Estados Unidos ante Francia. Permaneció años en París y su continuidad fue decisiva para asegurar la alianza francesa. Su figura, ya conocida y respetada, facilitó acuerdos que quizás otro diplomático nuevo no habría logrado. La confianza personal que construyó fue tan importante como los tratados mismos”. “Estos casos confirman una constante histórica: cuando el diplomático trasciende al gobierno que lo nombró, se vuelve una institución viva”. (Los gobiernos cambian –tercia el Sisimite– los vientos ideológicos giran, las banderas internas se alternan, pero si el embajador continúa, como faro discreto, su valía no pertenece a un partido sino al país entero. Lo que en realidad simboliza es que la confianza internacional no se improvisa: se cultiva, se riega con prudencia y, con los años, florece en prestigio. -Igual en el contexto nacional –ironiza Winston– si se planificara en vez de improvisar, si los gobiernos dieran continuidad a lo bueno que encuentran en vez de querer deshacerlo todo y despachar a todos, suerte distinta le sonreiría al país. -¿Y qué decís –vuelve el Sisimite– del caso que nos ocupa? -Si es que acá –ironiza Winston– así como el egoísmo carcome el alma y la odiosidad es carta de presentación de majaderos adictos a las redes sociales, los mismos cínicos intrigan para que barran duro y parejo, implorando que haya vacantes y velando si alguna chamba les cae del cielo. Y con nula capacidad, si les ofrecen la NASA la agarran, solo preguntan ¿cuánto es el sueldo?).


