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lunes, julio 20, 2026

“Callada dignidad”

TODAS las semanas, como peregrinos en romería, en aquel lejano ayer de la Tegucigalpa hermosa cuasi colonial, íbamos seguido –caminando de la mano de mi mamá desde su pequeña tienda de zapatos ubicada en la misma cuadra del centro, de la avenida Paz Barahona– a ver al tío, al almacén Au Bon Marché.

Llegábamos a dispensar el respeto acostumbrado al emblemático padrino de los paisanos capitalinos. Sabíamos, tragando palabras de la conversación, que un hijo suyo –a menudo motivo de elogiosa referencia– estudiaba en algún lugar de los Estados Unidos.

El primer retrato que nos viene a la memoria fue cuando lo vimos presidiendo una sesión de la Cámara de Industrias y Comercio de Tegucigalpa. La susurrada murmuración era que él había expresado no tener interés alguno en el cargo, sin embargo, su papá –arguyendo que era huraño y necesitaba rosarse con la gente, en especial con los comerciantes dueños de negocios– antes de la elección de la Junta Directiva fue, de tienda en tienda, a recoger los poderes de la asamblea.

Una vez impuesto de la responsabilidad, – pese a ser contraria a su voluntad– la asumió con entrega íntegra y el privilegiado talento que poseía, dejando a lo largo de varias gestiones que obligado tuvo que rectorar –ratificado una y otra vez, con votos de confianza por aclamación– una sobresaliente estela de resultados.

Pocas veces, como entonces, pesó tanto el liderazgo de esa institución empresarial en el debate de los asuntos nacionales. Parecido a cuando, al inicio de nuestro período presidencial, –aspirando al acompañamiento de un gabinete superior– le ofrecimos la presidencia del Banco Central de Honduras. No quiso.

El mismo carácter huraño que le adjudicaba don Salomón, y una total carencia de ambición a los cargos públicos, –como nula apetencia por esos altos puestos que otros, con o sin capacidad, merecedores o no, se mueren por desempeñar– fue la razón real de su negativa.

Al fin, a regañadientes, aceptó y solo para la mitad del período, porque mi mamá, insistente y regañona, lo convenció que no podía dejarnos solos. Mucho de lo que el país logró, tanto en los programas con el FMI en tiempos delicados, las iniciativas de acceso al Club de París, al perdón de la deuda, a la Estrategia de Reducción de la Pobreza, tuvo la inequívoca contribución del respeto que generaba su figura –además de su intercesión al logro de consensos locales– entre los cooperantes y entes financieros internacionales.

Semanas atrás vino a tomarse una taza de café acá a mi casa. Tuvimos la impresión, por la naturaleza de la plática –la riqueza de tiernas remembranzas– que venía a despedirse. Religiosamente, de madrugada, todos los días le enviábamos el editorial. A la lectura respondía con un pasaje de las escrituras cristianas como acuse de recibo.

Hasta que, notamos con extrañeza, pasaban varios días sin recibir las citas bíblicas. Indagamos, solo para enterarnos de la fatídica noticia –un duro golpe al corazón– que confirmaba el presentimiento.

Una sola forma de corresponder a sus diarios mensajes de acuse de recibo: imitándolo: Acudiendo, igual que Emin lo hacía, a la misma ética cristiana con un versículo, esta vez, como estampa descriptiva de su virtuosa vida: “El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero será siervo de todos”. (Marcos 10:43-44). El discreto carácter de desprendimiento de quien –por vocación de servicio– renuncia a la tentación de poder para beneficio personal; de humildad: la conciencia desprovista de ambición de quien conoce que la responsabilidad que asume no es pedestal sino tarea; y de ágape, entendido como el amor al prójimo que guía las decisiones.

La afonía apagada de semejante pérdida, no silencia el leve soplo de los vientos de la celestial inmensidad cantando a la memoria de su callada dignidad.

Ni enmudece el testimonio de sus grandes pasos terrenales, suspendidos entre ecos de ternura. El vacío que nos deja, no es otra cosa que el reflejo de la sombra acogedora de su luz inextinguible.

Aunque la ausencia duele como filo, la gratitud en oración, por la vida frutecida de Emin Barjum –ahora que descansa en la paz eterna al lado del Señor– suavizará la herida.

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