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sábado, julio 18, 2026

Cada gota cuenta

LA crisis del agua en Tegucigalpa es, en verdad, alarmante. Y cómo no, si la misma también va en función del crecimiento de la población, por cierto cada vez más desordenado, y que se retrata vivamente en los hacinados cerros pelones que bordean la metrópoli, a la que en su tiempo inspirados hombres de letras le cantaron por sus verdes y aromáticos pinares y por su delicioso clima.

Ese grave problema, como es sabido, es además consecuencia acumulada de un clima cada vez más extremo, de la falta de lluvias asociada al fenómeno de El Niño –o incluso un “Super Niño”, como dicen algunos expertos– y de décadas de descuido en la infraestructura que debería garantizar el suministro. Las represas La Concepción y Los Laureles se encuentran en niveles cada día más críticos, las tuberías pierden miles de metros cúbicos al día y la ciudad entera vive con la angustia de no saber cuándo volverá a abrir el grifo. Pero más allá de los racionamientos, que desde luego ya son inevitables, hay medidas concretas que deben considerarse de inmediato. La primera responsabilidad recae en las instituciones. El alcalde ha sido enfático en un plan de emergencia para la reparación de fugas, con cuadrillas permanentes, metas semanales y un mapa público donde la ciudadanía pueda ver qué se ha atendido y qué está pendiente. No es aceptable que, en medio de una sequía histórica, el agua se pierda por tuberías rotas que tardan semanas en repararse. La transparencia también es esencial para llegarle a fondo a la conciencia de la población: los niveles de las represas deben seguirse comunicando a diario, con gráficos claros y alertas tempranas que permitan a la población prepararse.

Asimismo, urge una regulación estricta del uso comercial del agua. No tiene sentido que mientras miles de hogares pasan diez o quince días sin servicio, algunos negocios sigan lavando vehículos, regando jardines o usando agua potable para actividades que podrían realizarse con sistemas alternativos. Las sanciones deben ser reales, graduales y aplicadas sin excepciones. La crisis exige equidad.

Pero la solución no puede depender únicamente del gobierno. La ciudad necesita comités barriales de agua que vigilen fugas, eduquen a los vecinos y coordinen reportes. La experiencia demuestra que cuando una comunidad se organiza, la respuesta institucional mejora. Las iglesias, patronatos, escuelas y organizaciones locales pueden liderar campañas de ahorro puerta a puerta, explicando prácticas simples que reducen el consumo sin sacrificar la higiene ni la dignidad. En los barrios más vulnerables, donde los racionamientos golpean con mayor fuerza, es indispensable establecer protocolos comunitarios de emergencia: almacenamiento seguro, distribución equitativa, horarios compartidos y mecanismos para apoyar a adultos mayores, personas con discapacidad y familias numerosas. La solidaridad es un recurso tan valioso como el agua misma.

Y, por supuesto, cada ciudadano tiene un papel que desempeñar. No podemos seguir actuando como si el agua fuera infinita. Las duchas deben ser cortas; el lavado de ropa, por cargas completas; las mangueras, reemplazadas por baldes; y el agua de lluvia, captada y reutilizada siempre que sea posible. Revisar las instalaciones internas del hogar — llaves, flotadores, tuberías viejas— puede ahorrar cientos de litros al mes. Son acciones pequeñas, pero multiplicadas por un millón de habitantes, hacen una diferencia enorme.

La crisis del agua es, en el fondo, una crisis de conciencia. No basta con esperar que llueva. Tampoco solo culpar a las autoridades. No basta con resignarse a los racionamientos. Tegucigalpa necesita un cambio cultural profundo: entender que el agua es un recurso limitado, frágil y esencial para la vida. Cada gota cuenta. Cada decisión importa. El futuro de la ciudad dependerá de nuestra capacidad para actuar hoy con responsabilidad, solidaridad y visión. El agua no es un privilegio: es un derecho. Pero también es un deber. Y ese deber empieza en casa, en la comunidad y en las instituciones que deben estar a la altura del desafío. La crisis es grave, sí, pero aún estamos a tiempo de evitar que se convierta en una tragedia mayor.

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