La almohada es un elemento clave para garantizar un buen descanso, pero muchas veces se subestima su importancia y la frecuencia con la que debe renovarse.
Los expertos en salud y sueño recomiendan cambiar las almohadas cada 1 a 2 años, dependiendo del material y uso, para mantener una higiene óptima y evitar problemas de salud.
Con el tiempo, las almohadas acumulan polvo, ácaros, células muertas de la piel, sudor y aceites naturales, lo que puede generar alergias, congestión nasal e incluso problemas respiratorios.
Además, la forma y el soporte de la almohada se deterioran con el uso prolongado, lo que afecta la postura de cuello y columna, provocando dolor y rigidez.
El tipo de almohada influye en su durabilidad: las de espuma viscoelástica y látex suelen durar más de dos años, mientras que las de plumón o fibra sintética tienden a perder su forma y soporte más rápido.
Una señal clara de que es momento de reemplazarla es si la almohada está deformada, incómoda o presenta manchas difíciles de limpiar.
Mantener las almohadas limpias y reemplazarlas periódicamente no solo mejora la calidad del sueño, sino que también contribuye a la salud general, evitando alergias y problemas posturales. Cambiarla a tiempo es un hábito sencillo con grandes beneficios.
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