El río Goascorán, crecido por las lluvias, volvió a salirse de su cauce, arrasando con todo a su paso. El agua no pidió permiso: se metió en las casas, se llevó pertenencias, cortó caminos y dejó incomunicadas a 16 comunidades de la Costa de Los Amates.
En cuestión de horas, 63 viviendas quedaron bajo el agua y más de 4,000 personas atrapadas sin salida terrestre.
Los accesos a la zona costera desaparecieron, convertidos en canales grises donde flotaban colchones, animales, papeles y ollas de cocina: fragmentos de una vida que el agua devoró sin piedad.
Las comunidades de San Jerónimo, San Jesús, La Laguna y parte del casco urbano de Alianza permanecen bajo agua o aisladas. Allí, los vecinos improvisan refugios en centros comunales como el de El Cubulero, donde familias enteras llegaron con lo poco que pudieron rescatar.
La emergencia va más allá de los techos inundados. El agua también golpeó la agricultura: parcelas enteras quedaron anegadas, dejando a cientos de familias sin sustento.
“Esto no es una tragedia nueva. Es una rutina que mata lentamente”, lamentó Manzanares, indignado por la ausencia de obras de mitigación.
El alcalde denuncia que ni Copeco ni otras instituciones del gobierno respondieron al llamado de auxilio.
“Hicimos lo que pudimos, pero estábamos solos. Solo la Policía y el Ejército apoyaron en algo, pero no teníamos medicinas, ni agua, ni comida para la gente”, relató.
Mientras tanto, la energía eléctrica es intermitente y el acceso a agua potable está comprometido por la crecida. Las comunidades afectadas solo pueden recibir ayuda en lancha, aunque en varios tramos ni siquiera eso es posible.
A la angustia humana se suma un nuevo peligro: animales silvestres desplazados por el agua.
Vecinos reportaron la presencia de cocodrilos y lagartos merodeando en los sectores bajos. “Ya vimos un lagarto cazando un pato cerca de una casa. Por eso pedimos a la gente que no cruce el agua innecesariamente”, advirtió Manzanares.
Copeco reportó oficialmente 185 personas afectadas en El Cubulero y comunidades vecinas, aunque la cifra parece mínima frente a la magnitud del desastre.
Los números no registran la fatiga, la rabia ni el miedo que se acumula en cada familia que lo ha perdido todo una y otra vez.
En Alianza, las lluvias ya no sorprenden. Lo que duele es la indiferencia. El sur de Honduras sigue inundado, aislado y en abandono, mientras la población enfrenta el agua con la misma resignación de cada invierno.


