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sábado, julio 18, 2026

¿A garfás?

WINSTON llegó jadeando, a servirse del porrón tiloso una taza de café. El Sisimite, con su gravedad ancestral, mascullaba una palabra que le sabía a artificio: —“Órganos despolitizados”… –murmuró el Sisimite– ¿Y esa narrativa en boca de políticos y de gente ensimismada –cruzando los deditos de los pies y de las manos, que les caiga el premio gordo del cielo sin haberse mojado las nalgas– a qué ratonera crees que conduce? ¿Y dónde van a encontrar esos espíritus incorpóreos, insípidos, inodoros, incoloros… sin corazón banderizo, en este mundo donde todo late con inclinaciones? Winston con sus citas bíblicas: —¿Y no crees que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja… que encontrar ese espécimen fantasmal sin afición preferente? El Sisimite resopló, entre escéptico y lúcido: —¿Y esa apangada de enjaguarse la cara “a garfás”, como limpiando la vergüenza de la política?

Winston con su socrática sonrisa: —¿No será porque han permitido que la política sea percibida como sucia? ¿Cómo si la política, en su esencia, lo fuese, si más bien es el arte más sublime del ejercicio del poder cuando se practica con nobleza y se orienta al bien común? ¿Lo indecente es la política… o los comportamientos nocivos que la degradan? El Sisimite se inclinó levemente, como quien olfatea una verdad antigua: —Entonces… ¿por qué esa obsesión de “despolitizar”? —Porque es más fácil cambiar el discurso que corregir la conducta –respondió Winston–. Es una forma elegante de evasión. Como blanquear sepulcros: aparentar pureza sin tocar la raíz del problema. El Sisimite dejó escapar una risa áspera: —Y entonces buscan “sectores apolíticos”… —Como si existieran –interrumpió Winston–. Como si hubiera seres humanos sin inclinaciones, sin ideas, sin afectos, sin ese inevitable “corazón banderizo” –sobre todo en este politizado ambiente– que late en toda conciencia. No hay tal cosa. Ni en la sociedad civil, ni en la academia, ni en los gremios. Todos tienen visiones, intereses, perspectivas. El silencio se volvió más denso, más claro. —Y, sin embargo –continuó Winston–, ¿quién les ha dicho que recurrir allí sea garantía automática de imparcialidad? Como si la historia no estuviese repleta de ejemplos de lo contrario: que han terminado siendo más dependientes, más obedientes al poder que los elige, porque su legitimidad no nace de mandato alguno de la confrontación abierta, sino del acomodamiento. (¿Ajá, y los supuestos técnicos –“apolíticos”– en las carteras ministeriales durante los añales de regímenes militares que gobernaron a espaldas de la Constitución, qué serían? ¿De dónde los sacaron, de algún convento?). El Sisimite cruzó los brazos, pensativo: —Una imparcialidad de fachada. —Exactamente –dijo Winston–. Porque la verdadera confianza no surge de esconder la política… sino de ennoblecerla. De elegir personas íntegras, con carácter, con firmeza moral, capaces de resistir presiones y de elevarse por encima de intereses parciales.

El Sisimite asintió lentamente: –Entonces ¿no sería cuestión de repintar… sino de que quienes lo integren no se dejen teñir por conveniencia? Winston movió la colita: —Ahí está la clave. El equilibrio no lo garantiza la ausencia de política –que es imposible– sino la presencia de integridad. De personas que, aun teniendo ideas predispuestas no se someten a ellas cuando la ley y el deber les exigen otra cosa. El Sisimite miró hacia el horizonte, ya la luz madrugadora de los rayos del sol, comenzaba a insinuarse: —Y el poder… ¿de dónde viene en todo esto? Winston tomó su taza, con gesto reflexivo: —Del pueblo. Siempre. En democracia, el poder descansa en la voluntad popular. Y son los propios políticos quienes se someten a ese veredicto para recibir un mandato. Negar eso… o avergonzarse de ello… es negar la esencia misma del sistema representativo. El Sisimite guardó silencio, como si esa verdad pesara. —Entonces –dijo finalmente–, ese complejo de los políticos… es una forma de negarse a sí mismos. —¿No será, quizás, de no sentirse a la altura de lo que dicen representar? –concluyó Winston–. Porque no se trata de buscar seres etéreos que no existen… sino de elegir hombres y mujeres de carne y hueso que sí existen: íntegros, valientes, responsables. (Como las mujeres que salvaron el país de la más iracunda mecida que recibiera el proceso electoral, y el órgano autónomo e independiente que rectoraron con integridad y altura de miras, desafiando la arbitrariedad continuista en contubernio con algunos tontos útiles). El aire se volvió más liviano, como si algo hubiera quedado en su lugar. —Porque al final –añadió Winston con voz serena–, no es la ausencia de inclinaciones lo que garantiza la justicia… sino la capacidad de dominarse a sí mismo frente a ellas. —Y eso… –asintió el Sisimite– no se improvisa ni se disfraza. Winston dio un pequeño sorbo a su café y, con una sonrisa tenue, dejó caer la última verdad: —Se elige… o se padece. Y el silencio, esta vez, no fue incómodo… fue revelador.

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