lunes, 30 enero 2023

CUADRANDO EL CÍRCULO: Mi jefe es un estúpido

No, el título que antecede no es una aseveración literal respecto a mi superior, en Tegucigalpa. Con él fuimos compañeros en la UNAH, tiene dos títulos universitarios. Su amplio conocimiento y consolidada experiencia son evidentes al igual que su prudencia. Se enoja poco y solo cuando cree que incumplen sus instrucciones, pero sus escasos y breves berrinches no llegan a la estupidez. Tiene que ver esta columna cerebral con los energúmenos que, sin capacidades académicas o aun teniéndolas, carecen de liderazgo, pericia o destreza, tolerancia y sentido común para conducir gente o administrar empresas o instituciones públicas como es el oprobioso caso del extitular del Servicio Nacional de Acueductos y Alcantarillado (SANAA), Leonel Alejandro Gómez Sánchez, supuestamente separado por evidentes abusos y violencia contra mujeres de esa institución.

Tampoco se trata aquí de devanarse los sesos haciendo leña del árbol caído, sino de resumir opiniones de expertos en relación con el caso de los jefes imbéciles que, en la administración pública, en general y en esta gestión en particular, han dejado constancia de sus desafueros, como es el caso de Marcel Ortiz, jefe de la Procuraduría General de la República, en Choluteca, denunciado por agredir en estado de ebriedad a una mujer; también el ex titular de la Dirección de Ciencia y Tecnología Agrícola, (DICTA), Nehemías Martínez, quien conduciendo ebrio un carro del Estado, atropelló y dejó grave a una familia en un percance vial en El Paraíso. Se suman a esta galería de funcionarios de cuestionable conducta los diputados Bartolo Fuentes, que no se mide a la ahora de los insultos incluso a sus compañeras diputadas, y su compañero legislativo y correligionario, Mauricio Rivera, enjuiciado por violencia contra la mujer.

Para esta caterva de personajes públicos y otros jefes en la burocracia, la tolerancia es cada vez menos y la propensión o inclinación a soportarlos es escasa y debe ser nula. En un artículo del New York Times, la directora ejecutiva de la empresa C-Suite Coach, así lo advierte y recalca: “La tolerancia para tratar con jefes imbéciles ha disminuido. No puedes simplemente levantarte en la mañana y dirigir a la gente”. Las correcciones a comportamientos abusivos de algunos jefes, no obstante, no ocurren solo en el Gobierno o sector público, también se dan en la iniciativa privada o las empresas en algunas de las cuales planean cómo asegurarse que sus directivos estén realmente preparados para dirigir.

El escrutinio de la conducta gerencial en la oficina llega tras constatarse comportamientos inapropiados en el trabajo después de denuncias por acoso y agresión sexual y abusos laborales que han evidenciado reacciones cuestionables por la carencia moral y ética de quienes las practican. Así, a medida que las rutinas de trabajo se han modificado, las personas cuestionan incomodidades y la acumulación de humillaciones que solían ignorar como parte del trato en la oficina y asumen que no trabajan para imbéciles.

La imbecilidad, al igual que la incompetencia, no son pecados ni delitos, aunque sí anomalías que afectan la productividad al igual que los estúpidos que ponen de jefes a personas con estas anormalidades en la personalidad y en la formación académica.

Esos factores pueden tener efectos de gran alcance cuando enfatizan la cantidad a producir y no en la calidad del producto o en la forma de hacer el trabajo, es decir, en el caso de algunos burócratas que llegan a jefes son premiados o condecorados por su desempeño electorero y no por el enfoque humano al hacer las cosas.

Es por ello que, cuando en las jefaturas o gerencias se nombra o coloca a estúpidos o imbéciles surgen problemas grandes por esos, la conducta de esos superiores tóxicos y abusivos desplegados en un abanico que incluye al líder, caudillo o fundador del partido o de la empresa, cuya miopía y ambición dificultan que sus seguidores o subalternos cuestionen su temperamento.

La psicóloga social, Tessa West, en su libro “Jerks at Wark (imbéciles en el trabajo), una guía sobre las malas personalidades, esboza algunas tipologías como “la aplanadora”, “el librepensador”, “el abusador psicológico”, y el “lisonjero-resuelve problemas”. Muchos de sus ejemplos son de jefes, que suelen ser más difíciles de denunciar.

Ante tal situación, si se es un líder y se quiere reclutar el mejor talento, se tiene que empezar a organizar las prioridades, crear una cultura consciente, invertir tiempo y recursos en desarrollar habilidades de liderazgo y gestión, pues casi todos los jefes se enfocan en las habilidades técnicas, en el qué, pero no necesariamente en cómo.

La mayoría de la gente por naturaleza es mezquina a veces, coinciden los expertos, pero lo que separa a la persona promedio del imbécil empedernido es la capacidad de reconocer los errores y tratar de mejorar pues entre las cualidades más comunes de los imbéciles destaca la de culpar a otros, rechazar la retroalimentación y hablar de la gente a sus espaldas, y es por eso mismo que las evaluaciones para detectar jefes estúpidos son tan importantes como la búsqueda de habilidades técnicas.

Herbert Rivera C.
[email protected]

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