jueves, 2 febrero 2023

Obsolescencia programada y basura tecnológica

Se conoce como obsolescencia programada al procedimiento mediante el cual un producto (una computadora, un electrodoméstico, un vehículo) o una parte de él, es programado para que tenga una fecha automática de inutilidad. Se pretende que, después de determinado tiempo, sea obsoleto, disfuncional o caduco; que presente un fallo sistémico que lo haga irreparable o difícilmente reparable, teniendo que ser sustituido por otro nuevo.

Franklin Delano Roosevelt, presidente en Estados Unidos de América (1933-1945), promovió el New Deal (Nuevo Acuerdo) el cual consistió en plantear reformas económicas a través de la industria, agricultura, finanzas, energía, vivienda y mercado laboral, con la finalidad de llevar alivio económico a su país después de la Gran Depresión (1929).

En ese contexto, nace la “obsolescencia programada” como una idea más a la hora de generar empleo, colocando artículos obsoletos y fungibles en el mercado: una radio, un televisor, una máquina de coser, un vehículo, etc. A través de esta idea se buscaba sacar a la gente de la pobreza e insertarla en las cadenas productivas y de consumo, partiendo de la premisa “más productos, más necesidad, más mercado, más consumo y más clientes”. Intencionalmente se empezó a gestar al “consumidor insatisfecho”: el prototipo de cliente que siempre estará “ansioso” por obtener el último modelo, la última creación del mercado; cueste lo que cueste. Es un nuevo tipo de negocio que permitirá, “a discreción del consumidor”, comprar el último grito de la moda.  El objetivo básico es generar más ingresos con la compra de productos de sustitución frecuente; es decir, más cosas con menor tiempo de uso. En fin, la obsolescencia es la manifestación del nacimiento de la “sociedad del despilfarro”. Con esto se pretende el lucro económico infinito, de forma inmediata, creando “una necesidad artificial de oferta”, intencionalmente programada, debido a la expiración del producto.

Los programas de computación, electrodomésticos, medicamentos, alimentos envasados, químicos, las semillas modificadas genéticamente tienen obsolescencia programada. Si observamos, casi todo tiene fecha de vencimiento. ¿Con qué finalidad? Pues la de generar esa “insatisfacción permanente del consumidor”, detonante de enfermedades relacionadas con el estrés y la dependencia a alguno de estos productos. Se ha visto que hay personas que llegan a enajenarse por obtener ese último “artilugio” que realmente no necesitan. ¿Hay una necesidad o esta es creada? Esa es la cuestión.

Este tipo de producción genera una cantidad inimaginable de basura y residuos. Los países desarrollados producen, consumen y tiran cosas; los países pobres compran lo producido, consumen y luego lo desechan; al final alguien recoge los desechos… Las consecuencias ecológicas son tremendas ya que este modelo de crecimiento económico infinito está en contraposición a un “mundo de recursos finitos”. Estos desperdicios terminan en países del tercer mundo como productos usados o como basura. Pregúntese, ¿cada cuánto tiempo cambié de teléfono, de TV o de computadora? ¿El último artículo que compré fue para cambiarlo, por moda, por obsolescencia, por necesidad o por simple capricho?  Usted tiene la respuesta.  Todo este proceso de consumir y tirar, indudablemente, no es bueno para el ambiente.

La obsolescencia tiene un lado económico positivo tanto para la empresa y la I+D, que no podemos negar, así como para el mercado de consumo, pero presenta una desventaja sustantiva en cuanto a la cantidad de residuos que produce, fomentando la sobreexplotación de recursos que afectan al medio ambiente.

La consecuencia inmediata de la renovación constante de productos que han pasado de moda o se han estropeado antes de tiempo, es el aumento progresivo de basura tecnológica. La acumulación de estos residuos cuenta con una tasa de reciclaje baja, deteriorando el medio ambiente que, a su vez, impacta en la salud de la colectividad.

Ahora bien, ¿el ciudadano común puede hacer algo para luchar contra la obsolescencia programada? La respuesta es sí, desde la perspectiva individual y en la medida de sus posibilidades. Puede luchar contra la obsolescencia programada con una actitud responsable y crítica sobre el medio ambiente, evitando compras innecesarias o dictadas por la moda, apostando por productos reciclados o reciclables, o reutilizables, y de esta manera generar menos basura tecnológica, protegiendo el entorno.

Hay que recordar que lo electrónico se vuelve obsoleto en uno o tres años; cada año se producen 50 millones de toneladas de basura electrónica. De los productos reciclables, el 80% no se recicla y se envía a países en donde no existe regulación ambiental o laboral; y menos del 20% de los productos electrónicos son reciclados. Las sustancias que emanan de estos al filtrarse en el subsuelo producen altos niveles de contaminación perjudiciales para la salud. El plomo, el mercurio, el cromo hexavalente (cancerígeno) son algunos de los elementos potencialmente peligrosos que contiene la chatarra electrónica.

En Europa, algunas personas contra la obsolescencia programada. La fundación Energía e Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada ha creado el sello ISSOP (Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada) que busca premiar a las empresas comprometidas con los valores de una economía que busca el bien común, consumiendo productos no caducos protegiendo el medio ambiente.

Es importante tener consciencia de las implicaciones de consumir productos con falla programada y su impacto en el medio ambiente. No se puede generar consciencia crítica sobre un problema si no se conocen las consecuencias del mismo en nuestra sociedad. Una normativa internacional garantista sobre suelos contaminados y residuos tecnológicos es el primer paso para luchar contra la obsolescencia programada y la basura electrónica.

José R. Reyes Ávila
Abogado

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