jueves, 2 febrero 2023

Memoria de Guillermo Anderson

Julio Escoto

Guillermo Anderson no arribó solo al pequeño mundo musical de Honduras. Antes que él, ya habían destacado en el ámbito nacional e internacional figuras importantes como don Paco Medina, el de la hermosa voz y la bella romanza “Río Lindo”, siendo otro de sus predecesores el genial Federico Ramírez, fundador de Voces Universitarias, hombre de radio y televisión e igualmente cantautor. Y el más cercano, el barítono Moisés Canelo, único compositor centroamericano que ha compartido micrófono con artistas de la talla de Armando Manzanero, Camilo Sesto, José José, Roberto Carlos, Marco Antonio Muñiz, Pedro Vargas y Sandro, entre otros.

Excepto que ninguno de ellos había logrado producir un volumen tan impresionante de canciones y melodías, y menos con tendencias tan precisas en su elaboración. Guillermo dedica sus trovas al amor y al ambiente natural, en primera instancia, pero igual a los pueblos originarios, al hondureño moderno que escapa al exterior en búsqueda de horizontes propicios, así como elaboró lo que son probablemente los más profundos escritos armónicos en recuerdo de Francisco Morazán.

Su obra nació siempre envuelta en nostalgia, pero no una nostalgia o saudade de lamento y lloro, como la boliviana o la rioplatense, sino compuesta con humor, así como en ritmos caribeños mayormente garífunas y misquitos.

Soul, parranda, reggae, zouk y particularmente punta son los sabrosos condimentos de su fantasía musical, con la que nos alegró el corazón por dos décadas y en la que no faltaron, debe anotarse, preciosas elaboraciones para niños y un bolero, el sueño eterno de su vida como artista romántico y cuya deuda saldó con sumo honor en aquel famoso “Para qué quiero la vida…” Él mismo decía que se había rasgado las venas inventándolo.

Hubo muchos Guillermo, no solo uno. Más allá del dominio de las cuerdas de su guitarra o de su inventiva en la percusión estaba el Guillermo hijo, esposo y a la vez padre, enormemente orgulloso del caudal ceibeño de su biografía. El Guillermo de composiciones simétricas y rimas pulcras, donde jamás había un ripio, una falsa combinación. El Guillermo fraterno y el Guillermo abundante-lector, en cuyas dos virtudes destacaba, a la par, por qué no decirlo, del Guillermo interesadísimo en cuentos y anécdotas de artistas y políticos, de lo que reía gozosamente.

Yo agregaría un aspecto poco citado y que es el de su terrible honestidad. Jamás vendió su arte, jamás lo negoció ni hipotecó, lo que también le trajo enemistades políticas, particularmente cuando el golpe de Estado de 2009 en que muchos de sus nombrados “amigos” lo negaron por una, segunda y tercera vez.

Por lo opuesto, mantuvo su coraje, su ética y su inspirada emoción siempre dedicadas a la patria, lo que para comprobarlo basta escuchar “Mi país”, que es un segundo himno nacional. Pero igual hay resonancias de nuestra identidad en “País de la dulce espera”, como dolor de nación en “La espera infinita” y sana picardía en “El encarguito”. La intensa riqueza de su arte lo vuelve excepcional.

Una vez le consulté a Patrick Anderson, su hermano, si Guillermo seguía escribiendo. “Tiene unos 300 temas anotados para desarrollarlos”, me respondió. Y es que era un creador inagotable. Varias veces compuso canciones mientras conducía su auto para grabar en el estudio. Por veces planificaba largamente, como en el proyecto de hacer su música con orquesta sinfónica, o de una noche para otra, como aconteció con el ballet-cantata “Ese mortal llamado Morazán”. Sus neuronas se comunicaban con ritmo entre unas y otras.

Y cuando no lo hacía allí estaba Max Urso, su gran seguidor, o Lastenia y sus hijas, extraordinarias compañeras, sueños hechos realidad, inspirándolo para entrar en la historia artística de su país y el continente, como en efecto lo hizo…

Observarán que en esta noche he hablado con cierta distancia de Guillermo, sin entrar en el mundo maravilloso de ser su amigo y colaborador, lo que no podría hacer sin conmoverme. Paso ese puente a velocidad, solo dejando que lo sepan e imaginen.

Pues, como nos enseñó doña Conchita, mi madre, los hombres no lloran.

Pero por veces, carajo, recordando a Guillermo, cuánto cuesta no llorar…

Gracias.

Banpaís

*** Artículo leído por Julio Escoto en el acto de homenaje a Guillermo Anderson, en BANPAÍS.

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