miércoles, 1 febrero 2023

CUADRANDO EL CÍRCULO: País desbordado

Herbert Rivera C.
[email protected] 

Las inundaciones a consecuencia de las lluvias, crecidas y desbordamientos de los ríos y además las roturas de bordos de contención hechos con “azúcar” para no contener ni detener nada, son las mismas de antes, y si no se hace algo definitivamente bien, será la eterna tragedia y el desastre de siempre.

Es una historia repetida, con los mismos jodidos como protagonistas y con el agravante que cada vez son más y, en consecuencia, su desamparo aumenta con su indefensión ante los embates de la naturaleza y lo peor, ante los resabios, caprichos e inutilidad de quienes nos han dirigido y dirigen.

Esa reiteración de debacles que solo calamidad, enfermedades y mayor pobreza generan no debería contarse después de tantas vicisitudes ocurridas, pero no silenciarse sino porque pudieran evitarse como resultado de una diligente prevención, adecuada planeación y efectiva ejecución de obras y proyectos con un sacrosanto manejo de los recursos públicos.

Como tal cosa parecida a una utopía o quimera es imposible, mi amigo Enmanuel, como decenas de miles de personas damnificadas, ve su hoy y mañana inciertos. Lo vi, cuando me subí a su taxi. Conducía meditabundo mientras me contaba que el agua desbordada ya se metió a su casa y le dañó el fruto de su trabajo de años y tuvo que sacar a su mujer y sus tres hijos. Salvó poco subiéndolo a un tabanco (parte superior de una vivienda, que normalmente se usa como trastero donde guardar objetos) mientras al cielo, y como mucha gente, también elevó sus oraciones para que el vendaval pase pronto, y que después de la tormenta no solo llegue la calma, sino que al fin se haga algo bueno por protegerlo y a su prole que, es lo mismo por lo que rogamos todos cada día y con cada gobierno.

Estamos amolados, además de permanecer hundidos o con el agua al cuello ahogándonos en un mar pestilente de corrupción e impunidad, seguimos sin recuperarnos de los inmensos daños venidos con el cataclismo de los huracanes Eta y Iota que dejaron muertos, miles de desplazados y la destrucción del aparato productivo del país.

La devastación ha sido y es colosal pues casi todo lo que se podía perder se ha perdido en municipios y sectores ya castigados por la pobreza acumulada en décadas, agravada también por la pandemia de COVID-19.

Más allá de las cifras, las historias sobre tragedias personales continúan replicándose pues a los pobres, la inutilidad y el latrocinio de los políticos, además del agua desbordada, los ha vuelto indigentes al quedarse sin nada y de remate sin trabajo.

Honduras es vulnerable a las amenazas naturales que de 1970 a 2019 provocaron 82 desastres de los cuales 67 tuvieron causas climáticas, y de los que destacan los huracanes Fifi en 1974 y Mitch en 1998, y la tormenta tropical Eta y el huracán Iota recientemente y ahora el desastre sin nombre que nos abate.

Lo que ha ocurrido y las amenazas que se ciernen han intensificado los riesgos que enfrentan las personas, y los retos y la tarea enorme para el Gobierno que ante la aparente precariedad e improvisación en la toma de decisiones y la carencia de planes de respuesta pronta tiene una colosal faena para atender el comercio, la industria, la agricultura, y la vivienda, pero en especial a la gente.

Más allá de atender con obras físicas los daños en el sector productivo, es fundamental responder con eficacia y eficiencia resolviéndole a las personas y provocar acciones que le generen sustento y les mejore la vida, así esa estrategia durante y después de los desastres debe ser con rostro humano sin demagogia ni voracidad electorera.

En ese afán de todo buen gobernante o aspirante a serlo debe concebirse un plan de reconstrucción con una política de Estado inclusiva, producto del esfuerzo de todos los sectores y con los perjudicados como protagonistas y de esa forma evitar respuestas fragmentadas, temporales o paliativos a problemas sistémicos y endémicos.

Las traumáticas experiencias por el impacto de los fenómenos naturales evidencian la necesidad de desarrollar estrategias de recuperación generadoras de empleo y fuentes de ingreso con tal de evitar que los desastres continúen incrementando la pobreza.

Un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) sugiere que los esfuerzos de recuperación deben priorizar emplear a los damnificados en la reconstrucción de la infraestructura y para la reactivación productiva sostenible y además propone promover la inserción laboral en el medio rural para disminuir las migraciones hacia las ciudades y otros países.

Es trascendental entonces que, después del oportuno análisis y la planificación, simultáneamente se ejecuten acciones de respuesta humanitaria y recuperación temprana porque eso condicionará en qué medida el proceso de reconstrucción contribuirá a mejorar la resiliencia de las familias afectadas.

Para la secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, (CEPAL), Alicia Bárcena, los desastres son una oportunidad de repensar el desarrollo de los países y para eso los gobiernos deben enfocarse en un desarrollo que considere el riesgo y que se centre en la resiliencia y la inclusividad, que fomente la prosperidad dentro de los límites naturales, propicie la participación de los gobiernos locales y las comunidades, y reconozca que las actividades humanas dependen de los recursos finitos del medio natural.

Pese a la tragedia, no debe perderse la esperanza ni dejar de exigir que quienes dirigen ni se atolondren ni se acobarden en su inacción o inmovilidad para decidir qué hacer, porque habida cuenta que los recursos públicos son suficientes siempre que no se los roben, lo peor sería que la inutilidad, además de la demagogia y la corrupción, termine por desbordarnos e inundarnos y ahogar al país para siempre.

Artículo anterior
Artículo siguiente
- Publicidad -
- Publicidad -
- Publicidad -