Los problemas de la democracia

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Otto Martín Wolf
ottomartinwolf2@gmail.com 

Uno de los más grandes problema de la democracia, decía un expresidente hondureño, es que todos opinan.

El gran Jorge Luis Borges dijo una vez que “la mayoría es la que manda, el problema es que la mayoría son imbéciles”.

El primero luchó por la democracia en Honduras hasta que llegó a la Presidencia, en ese momento su mente cambió y creyó que su apellido era también un título nobiliario que le daba poder soberano sobre Honduras.

Lo que dijo Borges es absolutamente cierto.

La mayoría de la gente es inculta, un enorme porcentaje jamás ha leído un libro y no tiene la menor idea de cómo son en realidad las cosas.

Se deja llevar por sentimientos partidistas heredados, tiene la cabeza llena de aberraciones ancestrales incluyendo supersticiones sobre seres inexistentes como San Nicolás, dioses y santos de todas clases y para todos los gustos y hasta un ente imaginario llamado Chupacabras.

Los hay que creen que la Tierra es plana, que debajo de nosotros queda un lugar horrible llamado infierno y que arriba, no muy lejos, entre las nubes, está el cielo, aunque ningún avión, satélite, nave espacial o telescopio jamás lo haya podido ubicar.

No obstante, muchas de las decisiones trascendentales para su vida –y la patria- las toman basados en esas creencias.

La mayoría de Borges es fácilmente manipulable.
Lo mismo hay algunos que son capaces de entregar el diez por ciento de sus exiguos ingresos a “representantes de su dios” y ciertas veces de dar su voto para elegir también a otro incapaz idiota.

Esas mayorías son las de otro muy diferente Borge (Tomás, revolucionario nicaragüense ya fallecido) llamaba las “turbas divinas”; multitud de imbéciles que son capaces de quemar edificios, linchar enemigos y destruir un país sin otra razón que demostrar poder y hacer lo que les da la gana.

A veces grandes mayorías (de imbéciles) aprueban leyes que les perjudican y que no entienden, pero están felices, simplemente porque demuestran que pueden salirse con la suya.

La democracia es compleja y fácilmente permeable.

Cien personas (imbéciles e idiotas) con antorchas en la mano y a fuerza de gritos y golpes, pueden marcar el inicio del caos en un país, destrozarlo hasta dejarlo en harapos, como ha ocurrido muchas veces aquí y en otros lugares.

Algunas veces, desde una tribuna, un orador puede cambiar para siempre una próspera nación.

Argentina era uno de los países más ricos del planeta, su nivel cultural y de vida estaba al nivel de Europa.

De la nada surgió un tal Juan Domingo Perón con una carismática e ignorante esposa (Eva Duarte) ambos grandes demagogos cuya influencia cambió la manera de pensar de muchos y destruyó la economía para siempre.

El “efecto Evita” se puede sentir en cada gobierno, en cada elección.

Evita Perón inició un programa para los que llamó “descamisados”, que incluía un plan de viviendas populares, muchas de ellas regaladas.

¿Cómo puede el Estado regalar casas? ¿Quién las paga? Obviamente los impuestos generados por todos. ¿Qué hace el empresariado cuando es agobiado por los impuestos? Cierra sus empresas o se marcha a otros lugares. ¿Dónde trabaja entonces la gente? ¿Sobre quién caen entonces los impuestos que dejan de pagar las empresas que se marchan? Sobre el pueblo. ¿Cuál pueblo? Todos los demás.

Suena muy lindo regalar cosas, especialmente si las tienen que pagar otros.

¿Puede la mayoría (los imbéciles del Borges argentino) entender eso?

Noup.

Gran gobierno es el que regala cosas que no les cuestan a los gobernantes; regalos que son pagados -de una manera u otra- por el mismo pueblo que los recibe.

Los países más ricos del mundo, ¿regalan viviendas?

Ni China (comunista) ni los Estados Unidos (capitalista) ni Noruega, Suecia o Dinamarca (socialistas), nadie regala viviendas.

Se pueden establecer grandes facilidades de pago en la venta de viviendas de interés social, pero tienen que ser pagadas por el comprador, no se pueden regalar.

Eso y muchas otras cosas populistas y estúpidas hicieron Perón y su esposa, arruinando -quizás para siempre- a la bella Argentina.

Las masas son fácilmente manipulables, un buen orador con un mensaje populista puede hacer arder un país y hasta el mundo entero.

Mussolini en Italia, Hitler en Alemania, Perón en Argentina, Fidel en Cuba, la lista sigue y sigue, los populistas (de derecha o izquierda) no son nada nuevo, como tampoco es ninguna novedad que las mayorías son imbéciles, aunque sean mayoría.

“Los pueblos tienen los gobiernos que merecen”, frase original de Joseph de Maistre (francés, 1753-1921), siempre estuvo muy acertada.

No obstante, con todo respeto a Maistre, debo hacer un agregado, yo la dejaría así: “Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen… y a veces peores”.

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