Un recuerdo a Teresa Gallardo de Coello

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Ricardo Alonso Flores

Pocas personas en San Pedro Sula han sido más queridas y admiradas que Teresa Gallardo de Coello, una dama originaria de La Ceiba, que desde que llegó a la ciudad, a raíz de su matrimonio con Antonio José Coello Bobadilla, fue objeto de cariño y respeto.

Muy pronto fue mostrando su personalidad, detrás de una sincera y franca sonrisa, cuando se incorporó a diversas actividades, que sabía simultanear con sus deberes de esposa y de madre.

Hija de un hogar de excelentes costumbres, formado por don Jorge Gallardo y doña Irma Rius de Gallardo, Teresita se fue interesando en tantos aspectos, como el Club de Damas de Jardinería, institución que por muchos años se ha preocupado por el ornato de la ciudad.

La cultura no es precisamente un negocio en Honduras. Es más bien una especie de apostolado, de vocación, de servicio y en ese entorno, Teresita incursionó, junto a su esposo Antonio José Coello, fundando una librería que se destacó por la calidad de los libros que traían del exterior. Un día, me sorprendió cuando me mandó como regalo un libro de un escritor muy bueno, que yo todavía no conocía. Era Andrés Oppenheimer, quien después de salir de Argentina se popularizó en el mundo por su enorme calidad.

El escritor ha logrado ubicarse con muchos méritos que le han abierto las puertas para obtener premios de enorme valía como en María Moorse Cabot y el Rey de España, entre otros. Hoy, Oppeheimer es un referente entre los grandes escritores de habla hispana, al que se lee con atención y gran interés.

Durante largo tiempo patrocinó en la Librería Coello una tertulia sobre temas de interés cultural, básicamente, pero no dejaban de abordarse otros tópicos de suyo muy interesantes. Recuerdo haber acompañado al doctor Ramón Villeda Bermúdez, que en esa ocasión fue invitado especial para tratar aspectos de la política nacional. Me agradó mucho la madurez de los participantes, la altura con la que se trataba cada asunto y eso fue algo que dejó un fuerte impacto en la ciudad.

Me recordó las viejas tertulias madrileñas, en las que un versado expositor dialogaba con su público, ampliando conocimiento de tantas cosas como las que allí se trataban.

Era una muestra de cultura, de exposición colectiva de ideas en un ambiente de respeto por los criterios de cada cual.

La inquietud de Teresita por dar a conocer la cultura en sus diferentes aspectos, la llevó a editar un libro de cocina, lleno de recetas que aportaron tanto su familia como diferentes amistades. El libro tiene calidad, porque recoge viejas y nuevas recetas de comida tanto hondureña como internacional y, por tanto, una forma de conservar una tradición que debemos valorar.

No puedo olvidar su dedicación a la literatura para niños. Su exquisita forma de pensar la llevó a escribir libros para menores, con un sentido didáctico que mucho la enaltece.

Ella fue una dama con enorme proyección, no se resignó a ser ama de casa, sino que supo trascender en la cultura, esa asignatura pendiente que necesita de tantos impulsores y Teresita fue una de ellas. Por eso lamentamos su prematura partida de este mundo.

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