Parangón constitucional

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Desde que –en el siglo XX- aparece en la escena del pensamiento económico John Maynard Keynes (desmarcando su vida privada) no cabe duda que fue el más influyente en su momento debido a las soluciones prácticas contra la recesión mediante el endeudamiento de los gobiernos. Apareciendo en el ambiente liberal de la economía la escuela de Chicago y que recordamos la aplicación de sus postulados en Honduras en la época del entonces presidente Rafael Callejas (QDDG) y que quizá no funcionó por ser la economía hondureña incipiente y con la empresa privada bastante –o demasiado- prudente a la hora de invertir, debido a  la permanente inestabilidad política e incertidumbre, tal como hoy se plantea y ese es el mal olor que prevalece ante una posible decisión de atraer capital extranjero cuando ni siquiera se llega a estimular el capital privado nacional, sin condiciones de seguridad ciudadana, ni de ningún tipo, con las interrupciones de electricidad y costos de servicios básicos, pasando por las políticas fiscales, sumándole la incertidumbre política de pretender cambiar el sistema de vida de los hondureños mediante la (necia retórica) instauración de una nueva Constitución.

Hoy, en cambio la nueva izquierda pensante es un modelo que busca desde los primeros años del siglo XXI crear un nuevo proyecto emancipador desde las ruinas de utopías fracasadas. ¡Pero si la misma izquierda promete esas utopías que denuncia!, y nada que ver con el ideal de Tomás Moro quien fue condenado a la guillotina en Inglaterra y quien en su obra precisamente llamada “Utopía” imagina una isla con una comunidad ficticia basada en los ideales filosóficos y políticos del mundo clásico y el cristianismo. Era una especie de Cielo en la Tierra donde la ética y la moral iban siempre por delante con bienestar en esa isla llamada así.

Todo este tratamiento precisamante se da por los cambios que están siendo vistos con lupa en Chile, donde se va a consultar al pueblo si siguen la ruta actual “pinochetista” o hacen el cambio a favor de “derechos sociales”. Aquí es donde se desinflan las ruedas cuando apreciamos cuáles son esos “cambios”. El texto de 178 páginas consagra un “Estado social de derechos”, en respuesta a reclamos expresados en las masivas manifestaciones sociales de octubre de 2019. Uno de los principales cuestionamientos que hacen los detractores del proyecto de nueva Constitución radica en el desempeño de los integrantes de la convención que redactó el texto, elegidos por voto popular con paridad de género y con 17 escaños indígenas.

Si vemos ahí, las personas que se encargaron de distorsionar la paz social son los redactores de la nueva Constitución chilena y que más adelante veremos los resultados, los cuales no se augura que sean halagüeños, debido a la naturaleza de ese pensamiento de izquierda desfasada, muy a pesar de esgrimir dejar en paz a la empresa privada, pero por ahí comienza el desmantelamiento del tejido económico y no queremos siquiera pensar en qué van a convertir a ese próspero país. Ellos, sin embargo, sí tienen una economía mucho más robusta que la nuestra (valga la redundancia), pero aquí en Honduras, la izquierda, con una nueva Constitución, jamás la van a convertir en Utopía, más bien en algo parecido a las actuales tiranías latinoamericanas de esa línea de pensamiento, mientras no se está poniendo la atención debida a aplicar soluciones de lo que más nos preocupa: delincuencia, pobreza y desempleo.

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