miércoles, agosto 17, 2022

Polarización y bipolaridad en el Gobierno de Alberto Fernández (1)

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– La “grieta” en el interior del Gobierno supera con creces al enfrentamiento entre el oficialismo y la oposición.

Sandra Choroszczucha 

Es de público conocimiento que, en Argentina, como en otras latitudes, se atraviesa por un proceso prolongado de polarización política, que enfrentan partidos o coaliciones de partidos y confrontan sociedades muchas veces de manera descarnada. Pero, probablemente, para los ciudadanos de otras naciones, cueste comprender que la polarización que está poniendo en jaque al Gobierno argentino está operando de modo implosivo en el interior de la coalición oficialista.

Empecemos por el principio: el peronismo, realineado como Frente para la Victoria (o kirchnerismo), desde 2003 comenzó a confrontar con la coalición que nació en 2015 bajo el nombre Cambiemos, monopolizada por el Pro de Macri, pero constituida por el Pro, el partido centenario la Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica, y dicha coalición venció en las urnas en 2015.

En 2019, tras el fracaso del Gobierno de Macri, el kirchnerismo de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) pretendió volver al poder, pero el caudal electoral de CFK no alcanzaba para llegar a conquistar la presidencia y así fue que convocó a Alberto Fernández, exjefe de gabinete de su difunto marido, Néstor Kirchner (desde 2003 a 2007), y de ella misma por un año (hasta 2008).

Luego de abandonar al kirchnerismo de Cristina, Alberto Fernández pasó largos años criticando de modo tajante el accionar político y la ética de CFK a través de medios de comunicación y redes sociales. El actual presidente llegó a vincular a la expresidenta con la muerte dudosa del fiscal de la nación Alberto Nisman y con el encubrimiento al atentando a la mutual judía Amia, en Argentina.

Sin embargo, en 2019, CFK necesitaba reunir electorado para ganar la elección, y argumentan los mal pensados y no los no tanto, que la intención de Cristina de volver al poder, respondía a la necesidad de obtener fueros e intervenir todo lo posible ante la justicia para poder salir ilesa tras una decena de causas judiciales en su contra. Así, para poder contar con chances de ganar la elección convocó al peronista, en aquel entonces “moderado”, Alberto Fernández, quien pudo atraer votos y así el nuevo Frente de Todos venció en las urnas.

Los primeros meses de mandato, el presidente contó con una excelente imagen a partir de ese estilo “moderado” que parecía imponerse frente a una dirigencia político-partidaria muy polarizada y peleada. Pero como resultado de la pandemia de la COVID-19, Argentina sufrió la cuarentena más larga del mundo decretada por un presidente, además de que el país heredaba de Mauricio Macri preocupantes desajustes económicos, financieros y sociales.

En este marco, Alberto Fernández se vio desacreditado tras proclamar decretos que ni él ni sus familiares y amigos respetaron como con las fiestas vip o los vacunatorios vip para los propios. Además, la gestión del presidente que apostó a un encierro ciudadano interminable implicó un desmadre del gasto público, una continua emisión monetaria, un endeudamiento creciente, una devaluación que no paró y no para de escalar, un aumento de precios que parece no tener fin, un deterioro severísimo del salario real, una industria que se desmorona y un índice de pobreza que lastima.

Durante el primer año de gestión, la vicepresidenta se mantuvo en silencio, como suelen mantenerse los vicepresidentes en Argentina. Pero mientras callaba ante la opinión pública, se ocupaba de colocar en agenda la reforma de la justicia, tema que la inquietaba e inquieta, tras las numerosas causas penales que comprometen su libertad.

Pero de repente, la vicepresidenta junto a su núcleo duro, congregado en la agrupación La Cámpora, liderada, entre otros, por su hijo Máximo, comenzaron a manifestar con altoparlante la cruzada “anti Alberto” con burlas y agravios constantes y públicos contra el presidente y ministros y secretarios albertistas.

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