San Pedro Sula, Honduras
junio 21, 2021 6:52 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

“Cuadrando el Círculo”

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Herbert Rivera Cáceres
herbertriveca@gmail.com 

Aún recuerdo mi primer año como cadete de la Academia Militar “General Francisco Morazán”, en donde gané el segundo lugar en un concurso de poesía, no como declamador sino como autor. Era 1986 y el premio fueron libros, entre estos, “Amalia”, del argentino José Mármol. Aún lo conservo, es una novela considerada la pionera del género, escrita contra el dictador Juan Manuel Rosas, en Argentina, 1840.

Más allá de la relación de amor entre los protagonistas, la obra captó mi atención por el abusivo ejercicio del poder y que, en el caso de los tiranos, antes y ahora, se imponen a través del terror, la represión y la persecución.

Los variopintos “Macondos” del continente han tenido déspotas casi míticos, demoníacos y oscuros, incluso percibidos por sus gobernados como omnipresentes, inaccesibles y enigmáticos.

Igual ocurre con líderes mesiánicos, padres fundadores de la patria o ungidos divinos, quienes, en procura del absolutismo que da el poder, no les importa avasallar todo y a todos, la ley y las instituciones, como ha ocurrido hace semanas en El Salvador, antes en Honduras y también en otros países del continente, y de otros lares.

Tal conducta o comportamiento no es nuevo, muy a pesar de los pueblos que lo han sufrido o sufren, abunda la bibliografía, alguna más famosa que otra, que da cuenta de los autócratas de estos paisajes tropicales.

Entre esos textos destaca “Yo el supremo”, famosa novela, obra maestra, del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, quien con ficción se refirió a un sátrapa de su país, Gaspar Rodríguez de Francia, quien a principios del siglo XIX gobernó por 29 años y fue un fanático idealista, cruel, pero honrado marcado por el escrúpulo, un loco violento y melancólico. Luego en 1954 llegaría al poder el general Alfredo Stroessner, que por 35 años gobernó Paraguay con mano de hierro, y fue sacado del poder por otro general consuegro suyo y su mano derecha, Andrés Rodríguez.

Como ellos, abundan los ejemplos de dictadores que han eternizado en el poder, y la lista incluye a quienes incluso lo han heredado a hijos o cónyuges, como los matrimonios Perón y Kirchner en Argentina; los hermanos Castro con más de 50 años en Cuba; el papá y su hijo Duvalier en Haití; igual los Somoza y los Ortega Saavedra, en Nicaragua, y otros que hicieron o han hecho de sus países haciendas administradas entre desmanes y desmadres risibles o inverosímiles.

La vileza de esos gobernantes ha provocado que en la narrativa latinoamericana exista una tradición de novelas que abordan la figura del sátrapa y en esa línea está “El Señor Presidente” del guatemalteco Premio Nobel de Literatura, Miguel Ángel Asturias, quien se inspiró en Manuel Estrada Cabrera, que gobernó Guatemala por 22 años, con crueldad surrealista, caracterizado de brujo invisible y temido, dominador de la vida de la nación y de cada ciudadano. En resumen, el mal absoluto.

El español Ramón del Valle-Inclán inició la lista con su “Tirano Banderas”, y se sumarían obras como “La sombra del caudillo”, del mexicano Martín Luis Guzmán, que en recrea acontecimientos históricos de los gobiernos de Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. En México destaca el período de 35 años de Porfirio Díaz, quien ejerció una férrea dictadura personalista y paternalista y que reprimió toda oposición a sangre y fuego.

Es abundante la galería de dizque redentores de sus pueblos que una vez en el goce del poder se volvieron opresores, y para testimoniar esa desventura o infortunio, en 1967, los escritores, el peruano Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa y el también laureado mexicano Carlos Fuentes invitaron a sus pares a escribir libros de dictadores latinoamericanos para un volumen irónicamente titulado “Los padres de la patria”.

La invitación además de Roa Bastos con “Yo el supremo”, solo fue atendida por el también Premio Nobel de Literatura el colombiano Gabriel García Márquez con “El otoño del patriarca”, una novela sobre la soledad del poder; se le considera una fábula de un tirano desconectado de la realidad que ni siquiera sabe su edad, y en la cual hace alusión a improbables cien años de su acceso al poder. Se dice que el carácter de ese dictador es mezcla de Rafael Leónidas Trujillo, de República Dominicana; Fulgencio Batista, de Cuba; y Anastasio Somoza García, de Nicaragua; y además para escribir su novela “Gabo” se inspiró en déspotas como Gustavo Rojas Pinilla (Colombia), Francisco Franco (España), y Juan Vicente Gómez (Venezuela).

También atendió la invitación de Fuentes y Vargas Llosa, el cubano Alejo Carpentier con “El recurso del método”, cuyo protagonista es el hombre fuerte venezolano Antonio Guzmán Blanco, quien con

fiscó los bienes de la Iglesia, creó el sistema de educación primaria e impulsó la educación superior, pero gobernó con mano dura, fue corrupto y era tan vanidoso y ególatra y que se retiró para gozar de la vida en Francia, y nostálgico de su país hizo decorar su piso en París como una selva tropical, con cacatúas y todo.

Posteriormente aparecieron más libros, entre la ficción y la realidad, como “La fiesta del chivo”, de Vargas Llosa, en el que narra la historia del sátrapa de República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo, apodado “El Chivo”, que gobernó por 31 años, y quien, a uno de sus hijos, Ranfis, a los 7 años lo hizo coronel y general a los 10 y también jefe de las fuerzas armadas. Trujillo fue asesinado y, de su deceso, su paisano Wilfrido Vargas popularizó el viejo merengue “Mataron al chivo”.

En “La fiesta del Chivo, se refleja a un déspota que hizo de su país su hacienda: todo lo existente le pertenecía: industrias, tierras, las fuerzas armadas, la vida intelectual, y también las mujeres. La misma patria era propiedad sexual del dictador y al poseer a las mujeres, según el libro, creía poseer a la nación.

Previamente Vargas Llosa también escribió “Conversación en la catedral”, sobre el Perú gobernado por el general Manuel A. Odría, de quien el autor da cuenta del envilecimiento colectivo repasando los caminos que llevan a los pueblos a frustrarse por los desmanes de quienes los gobiernan.

Se añade a la lista de libros sobre dictadores “La novela de Perón”, del escritor argentino Tomás Eloy Martínez, que entre historia y ficción narra la vida del líder populista Juan Domingo Perón, quien con intermedios gobernó Argentina, llevando a sus esposas, primero a Eva y luego a Isabel como vicepresidenta y luego mandataria, respectivamente. Algo similar con Daniel Ortega Saavedra y su mujer, Rosario, ocurre en Nicaragua, en donde el gobernante resultó igual o peor que la tiranía de la dinastía Somoza a quienes combatió con la Revolución Sandinista.

Las anteriores son las consideradas mejores obras literarias que relatan el actuar de tristes arquetipos latinoamericanos pues finalmente pocas dictaduras finalizan en calma, porque muchas han concluido cuando los oprimidos se levantaron contra sus opresores.

Seguramente habrá más textos que relaten el ejercicio despótico de la gobernanza de parte de estos apóstoles de la vileza; así, del ámbito nacional y de hace unos 45 años rememoro un regalo de mi abuelo Octavio Cáceres Lara, “La heredad”, del hondureño Marcos Carías Reyes. Es una novela centrada en el caudillismo y sus consecuencias a principios del siglo XIX, trata de un indio, Juan García, seudo revolucionario devenido en general de cerro que se hizo gobernante encarnador de la barbarie.

Paradójicamente su autor ejerció como secretario privado del dictador de Honduras, Tiburcio Carías Andino, aliado de las transnacionales bananeras y quien puso a su disposición la burocracia estatal y un ejército sumiso a sus dictados. Gobernó 17 años (1932-1949) practicando el “encierro, entierro y destierro”, según sus opositores y detractores.

Por años, los escritores, han buscado entender cómo los dictadores alcanzaron un poder capaz de anular la voluntad de todo un país y ejercer despóticamente el poder.

Estos caudillos providenciales, surgidos de golpes de Estado, guerras civiles o elecciones para luego avasallar instituciones y romper o torcer la ley para perpetuarse en el poder, representan el absolutismo con que manejan sus países –Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en Venezuela; Fidel Castro, en Cuba, y Augusto Pinochet, en Chile-, y si alguien actúa en su contra lo condenan a la desaparición. Su instinto los conduce a ejercer un poder vengativo y sangriento, y esa “fe” le permite al tirano sobrellevar sus propias miserias personales, como en “La fiesta del chivo”, en la que el déspota, por su próstata infectada y la incontinencia, se meaba en los pantalones y no controlaba el esfínter.

Finalmente, se trata de individuos que en su embeleso dictatorial creen levitar y se consideran inmortales que por la fuerza y el terror pueden lograr muchas cosas, pero olvidan que no tienen el poder para evitar su muerte.

Para el dictador, déspota, autócrata o sátrapa su obsesión es el poder, poco o nada les importa, menos los pobres, ya lo narró García Márquez en “El otoño del Patriarca”, cuando el hijo de Bendición Alvarado, tirano de un país caribeño, que por el endeudamiento del país le vendió el mar a los gringos, ya solo expresó: “ya lo verán… se volverán a repartir todo entre los curas, los gringos y los ricos, y nada para los pobres… porque estos estarán siempre tan jodidos que el día en que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo”.

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