San Pedro Sula, Honduras
junio 21, 2021 7:41 AM

Publicidad

CLIMA SAN PEDRO SULA

EL UNICORNIO IDEOLÓGICO: Sin ética no puede haber democracia ni felicidad

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on telegram

Compartir

Héctor A. Martínez
sabandres47@yahoo.com 

Siempre he disfrutado de la historia de los Estados Unidos de Norteamérica. He coleccionado libros y tratados sobre el origen y el desarrollo de esa gran nación que, hasta hoy en día, sigue considerándose el país más poderoso del planeta, por mucho digan que la China se ha convertido en el nuevo imperio económico de todo el orbe.

Una de las cosas que más llama la atención de los Estados Unidos, es el proceso de gestación y nacimiento de la nación, ligado íntimamente a la entereza moral de sus líderes, y a la conducta intachablemente pulcra de los padres de la patria como Washington y Madison. Sin esa formación moral, ni sus leyes ni sus instituciones hubiesen alcanzado la diafanidad y el prestigio institucional que hoy ostentan y que la colocan como un modelo de respeto en todo el mundo.

No ha sido ese el caso de algunas naciones latinoamericanas. Nuestras instituciones no han tenido el debido sostén axiológico que caracteriza a las sociedades donde la ley, la religión y los principios morales han servido de sustento doctrinario y de actuación ciudadana. Los sociólogos norteamericanos no dudan en afirmar que el orden y el respeto se logran cuando los ciudadanos tienen bien claros los valores y las leyes de la sociedad. Pero también cuando los exhiben los gobernantes en sus actuaciones públicas.

Los ciudadanos en el Primer Mundo -dicen los sociólogos funcionalistas-, son “extradirigidos”, es decir, existen leyes y valores que el sistema les ofrece y que cada uno obedece al pie de la letra. Los llamados “intradirigidos”, son aquellos para quienes las enseñanzas del hogar y la escuela están muy bien cimentadas en la psique, de modo que se les hace muy difícil romper las normas y costumbres que aprendieron desde niños y que fueron modeladas por sus padres y maestros. Los ciudadanos en esos países se muestran conscientes de que no pueden romper las normas sociales y las leyes sin sufrir las consecuencias.

Para cualquier poder político, ese balance entre “intra” y “extradirigidos” sería la fórmula perfecta para gobernar sin que el cuestionamiento ciudadano ponga en entredicho la fuerza y la autoridad de los que gobiernan. Es lo que los analistas suelen llamar con mucho tino la “legitimidad” del poder frente a los individuos o frente a los gobernados. Para poder ganar legitimidad, quien detente ese poder deberá hacer gala de la madera ética y moral de la que está hecho.

La democracia requiere de hombres probos que inspiren obediencia y para que el sistema se mantenga equilibrado en el tiempo. En América Latina, la democracia se convirtió, ya no en el medio para gobernar con legitimidad sino en el mecanismo más importante para transgredir lo que, en esencia, el poder debe representar: el respeto por las leyes y los valores que nos permiten vivir en paz y en armonía entre los ciudadanos.

Los cuestionamientos de los ciudadanos donde se señala a gobernantes ligados al crimen organizado, al narcotráfico y a la corrupción institucional, no hacen, sino, advertirnos sobre una doble descompostura de la sociedad que nadie atina a ver: el rompimiento de la estructura social y el desmembramiento de los escasos vínculos que nos han mantenido más o menos unificados hasta ahora.

Y los políticos, en lugar de estar atendiendo los efectos de las crisis, se sumergen en el pozo abyecto del crimen organizado, perdiendo de vista no solo el papel del Estado, sino también el de los líderes que han sido colocados en la silla presidencial por la voluntad sagrada del mismísimo pueblo, a menos que hayan sido elegidos por vías ilegales. Los efectos contaminantes ya podemos contabilizarlos: una pérdida de la confianza en la política y en los políticos, y un quebranto de la fe -otrora sancta- en el Estado y en la democracia. El resultado de esa doble y muy moderna desgracia es el caos y el irrespeto en los que hoy nos encontramos sumidos.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on telegram
Telegram

Compartir

Publicidad EP

Recientes

Publicidad EP

Publicidad EP