San Pedro Sula, Honduras
junio 21, 2021 6:55 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

COLUMNA CUADRANDO EL CÍRCULO: El nido vacío

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Herbert Rivera Cáceres
herbertriveca@gmail.com

Cuando llegó, llovía, el cielo se había abierto y descargaba un diluvio, sin arca bíblica, pero con desastres cataclísmicos desoladores en todos los confines. Quedó registrada esa odisea en audio, papel y vídeos, y él también lo registró vivaz en su memoria – no el desastre con muerte incluida, sino el milagro de la vida- y cuando llegó aquel pajarito bello y suyo todo se sintió feliz, exultante, y a todo el mundo le contó que se sentía bendecido cuando presumía a su hermoso retoño con cara de diosa cachetona. Casi 23 años después ella volaba y a él se le desgarró el alma y se le entristeció la vida cuando no supo cómo ni cuándo el nido de su “pájara pinta” se quedó vacío. Es esa la historia, triste en parte y esperanzadora en otra, cuando los hijos impelidos por un ímpetu que los hace creerse devoradores del mundo, deciden alzar el vuelo, alejarse de la tutela paternal, intentar sortear problemas y enfrentar la vida.

Más que la certeza de lo incierto que enfrentará nuestra prole, la cual más con entusiasmo e ilusiones que con un plan de vida estructurado, se envalentonan ya sea por propia iniciativa o influencias externas, mientras a los padres se nos estruja la existencia como si perdiésemos para siempre los tesoros más preciados.

A tal calamidad afectiva se le denomina “Síndrome del Nido Vacío”.

Aunque este síndrome no es una condición clínica, es un término utilizado para identificar el conjunto de síntomas que experimentan los padres cuando sus hijos, ya sea por independizarse, casarse, estudiar o trabajar, se despiden de casa. Así, ese “mal” se reduce a la tristeza normal de vez en cuando después de la despedida de los hijos, especialmente si en lo único que piensas es que tu vida ha perdido su sentido, lo cual incluso puede empeorar y hasta convertirse en depresión. Se diagnostica como síntomas: el llanto y tristeza constante, pérdida del sentido de la vida, aislamiento familiar, laboral y social, sentimiento de rechazo y/o culpa, preocupación excesiva y constante por el hijo que se fue, ansiedad y estrés, sentimiento de abandono y desesperanza y abatimiento.

Usualmente, la partida de los hijos del hogar coincide con otros cambios en los padres como lo son la menopausia, andropausia, la jubilación o incluso la pérdida de alguno de los cónyuges. La realidad es que todos los padres son susceptibles de padecerlo, sostienen los estudiosos. Habida cuenta que no existe un manual que eduque sobre cómo ser excelentes padres, siempre fue difícil instruir a los hijos y más aún sufrirlos en su partida del hogar y deciden tomar su propio camino en la vida.

El vuelo de nuestros vástagos para dejar su nido vacío, es parte del ciclo de la vida y es algo natural y completamente normal, y aunque los progenitores lo quieren ignorar lo saben desde siempre.

Es simple, es necesario dejar las preocupaciones de lado, sugieren los psicólogos, pues los hijos se independizan para comenzar su propia vida y hay que permitirles hacerlo sin presiones ni hacerlos sentir mal pues deben vivir sus propias experiencias.

Duele ver que los hijos dejan el nido vacío y alzan su propio vuelo para madurar y experimentar, pero no debe haber aflicción pues los hijos siempre serán lo serán y muy probablemente estarán cuando sus padres los necesiten.

No obstante, para que eso ocurra, cada padre debe convertirse en constructor de sus hijos, es decir, que en el proceso de crecimiento y de expandir su frontera el individuo no debe limitarse al espacio en que se encuentra.

“Si alguien se queda ahí porque le da miedo, puede vivir muy cómodo y sereno sin que nada lo inquiete, pero si quiere salir tiene que tomar el riesgo de ir a lugares inexplorados”, establece el médico Jorge Bucay .

En tanto Gabriel García Márquez, al justificar porqué se hizo escritor argumentó que el secreto de la felicidad y de la longevidad se da hasta que los padres de familia entienden que si sus hijos hacen lo que les gusta hacer y tiene todas las condiciones para hacerlo bien podrán enfrentarse a dificultades no previstas.

El Nobel colombiano sostenía que los padres son felices cuando ven a sus hijos jugando o tocando instrumentos, pero eso se acaba el día que crecen y les dicen lo que quieren ser e irse de casa y se asustan y tratan de inducirlos a hacer lo opuesto. En retrospectiva, cuando los padres, siendo hijos, volaron y dejaron vacío el nido, entendieron que salir de la casa de los padres es crecer y animarse a correr riesgos propios y ser responsable de sus acciones y del trabajo, de formar una familia y de recorrer el camino espiritual y trascender las barreras u obstáculos que impone alcanzar la cima.

Por ello a nuestros descendientes en primera línea no se les debe enseñar a no sufrir pues eso es impedirle o evitarle aprender lo cual es un error y aunque no se trata de enseñarles a sufrir, es erróneo esforzarse para evitarle a los hijos ese dolor y sufrimiento.

“Si se evita el dolor también evitas el dolor de encontrarte con las cosas y si no le enseñas a alguien a resolver sus problemas no va a poder gozar de las cosas buenas que la vida tiene”, recalca el también escritor Bucay.

Un ejemplo que da buena cuenta de por qué no hay que impedirle esfuerzos y sacrificios a los hijos, se plantea cuando alguien ayuda a una crisálida a salir de su capullo sin esforzarse para convertirse en mariposa.

Con los hijos ocurre igual, por ello la insistencia es permanente a que los padres sean constructores de niños, que pueden tener una infancia feliz, pero una madurez muy dura porque los padres no estarán siempre con ellos.

En el caso de la crisálida, el resultado es contrario al esperado pues al impedirle esforzarse, la mariposa morirá porque el latido de su corazón y la fuerza de su sangre es la que inunda sus alas y las expande y les da la fuerza para romper el capullo y si se le evita ese esfuerzo no aprenderá a volar nunca. Igual ocurre con los hijos, por eso hay que prepararlos y los padres prepararse para cuando dejen el nido vacío.

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