San Pedro Sula, Honduras
junio 21, 2021 3:55 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

El poder y la fama como una losa

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José Adán Castelar 

Imaginemos a un incipiente artista que, en reducido piso de alquiler en Madrid, Buenos Aires o México, borronea las letras de una canción, rasga los primeros acordes en guitarra; solo malvive y sueña con que alguien lo escuche, que alguna vez pueda grabar, que lo pongan en la radio, que alguien sepa su nombre.

Y el sueño se cumple, y en unos meses o un par de años, está llenando estadios, y -allá lejos- en ciudades que no conocía, 20 mil o 60 mil personas corean con él las canciones que quizás escribió con hambre y frío. De repente llega la fama, el dinero, los viajes, los aplausos; en muchas mentes débiles esa irrupción abrumadora deriva al alcohol, las drogas, depresiones, endiosamiento.

Igual ocurre con los artistas de cine, cuando su modesta aspiración de ser grandes se hace realidad; o los futbolistas que venden por miles las camisetas con su nombre, que les veneran en las graderías, y sus recientes vidas anónimas se convierten en noticias principales. El entorno les hace creer que son leyenda, que su talento es inigualable y que son capaces de todo.

“Complejo de superioridad” llamaría Alfred Adler, psiquiatra austríaco, colaborador de Freud, a esta condición de muchos famosos -y otros que no lo son- de exagerar sus capacidades, para esconder su complejo de inferioridad. Pero los artistas, los deportistas, solo venden emociones, ilusiones; sus defectos casi no le hacen daño a nadie.

Imaginemos, entonces, a un político, que hace un tiempo simplemente era un activista, admirador de los dirigentes de su partido, y se entusiasmaba con solo que lo llamaban por su nombre; entre pegar afiches y gritar consignas logra ascender, y un día es candidato, y lo votan, y lo eligen.

Cuando el sueño se hace realidad, ese político es líder de muchos, lo buscan, asedian, convencidos de que cuando llegue al poder, también llegarán ellos; así que lo abrazan, lo miman, idolatran; y aquel activista que un día soñó con salir en los periódicos, en la tele, ahora se hace el difícil con las entrevistas.

Llega a las concentraciones políticas, donde lo reciben con estruendosa música, cientos de banderas, y miles le aplauden su discurso, interesante o no. El entorno le hace creer en su grandeza, en su talento irrepetible, en su visión privilegiada, en el merecimiento de respeto y subordinación.

Imaginemos cuando un político convencido, triunfal, seguro, pierde las elecciones, y el mundo ganador construido por sus seguidores explota como un globo y no queda nada, nada más que buscar explicaciones; surgen mil excusas para quitarle el amargor a la derrota.

Y si tienen que negociar, ceder espacios, condiciones, o su propia aspiración, los egos construidos al fragor de la campaña sufren un choque de trenes, porque cada uno se cree merecedor de encabezar las listas. Así están los partidos de oposición ahora. El arte estará en hacer sentir al que ceda, que no perdió, solo ganó menos y tiene un futuro prometedor; o no habrá alianzas.

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