San Pedro Sula, Honduras
junio 21, 2021 6:28 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

CUADRANDO EL CÍRCULO: “El crimen se viste de mujer”

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Herbert Rivera Cáceres
herbertriveca@gmail.com 

Seis años y dos días hace que, siendo editor regional de un periódico digital de la capital, escribí en mis redes sociales un artículo de opinión titulado “Mujeres en el crimen”. Opiné ahí sobre las posibles causas y las consecuencias sobre porqué cada vez más y con mayor frecuencia las féminas se involucraban en delitos, algunos inclusive espeluznantes y todos repudiables, y en algunos casos, aunque entendibles, no justificables. Relativamente es poco el tiempo transcurrido y la historia no es la misma, es peor pues, cotidianamente, al igual que se visualizan rostros de mujer como víctimas de la criminalidad, también se observan caras de criminales femeninas en un país estrangulado por la violencia de saqueados y saqueadores.

La noción de criminalidad femenina pasa por delitos relacionados con la familia e historias violentas que las hace pasar de víctimas a victimarias en casos de aborto y homicidio, y se suma la prostitución e ilícitos pequeños como robos o estafas. Sospechosas o capturadas que roban recién nacidos, otras que usan sus vaginas como fundas para ingresar armas y drogas para extorsionadores, sicarios y distribuidores de drogas en las cárceles, son el alimento que nutre el sensacionalismo poco ético y siempre putrefacto y fétido de la mayoría de medios de comunicación. El involucramiento de la mujer en la criminalidad era un fenómeno de vieja data, ya es una cotidianidad en aumento en delitos que van desde el hurto y la extorsión y llegan hasta el asesinato.

Una de las razones de la participación delictiva es que, al estar desempleadas, las mujeres ven una oportunidad de supervivencia en el crimen organizado o estructuras criminales como las maras o pandillas, pero muchas veces pasan primero por la prostitución y otros delitos menores.

De esa manera, hoy las mujeres usan armas de fuego e incluso lideran cárteles del narcotráfico como lo evidenció la captura en los Estados Unidos de una de las hermanas de los Valle Valle, extraditados y condenados en los Estados Unidos como narcotraficantes.

No se puede pasar por alto como el narcotráfico y los cárteles de la droga influyen en el incremento de la criminalidad y en el desarrollo de una cultura mafiosa en la que las mujeres no solo han sido las mayores víctimas o los eslabones más débiles, también han jugado un papel como transmisoras de valores y códigos mafiosos y ahora actúan como jefas o miembros de estructuras criminales.

Las mujeres participan hoy en forma más activa en la comisión de delitos como homicidios y la mayoría de las detenidas están vinculadas a la trata de blancas y al tráfico de estupefacientes, ilícitos en los que prima la astucia y la capacidad para persuadir y engañar.

La teoría sobre la criminalidad plantea algunos rasgos de la mujer implicada en delitos (más sugestionable, más cruel, mayor tendencia al suicidio y alteraciones del carácter como consecuencia de los cambios producidos por el ciclo biológico), pero pasa por alto las circunstancias sociales y culturales.

Además, en ese planteamiento se excluye la coincidencia entre el perfil de la delincuente y el de la mujer marginada y pobre, y desconoce que en la formación de la personalidad confluyen factores biológicos, ambientales y sociales, y que son estos y no las características específicas del género, las que sirven de caldo de cultivo para la actuación criminal, sugieren los criminólogos La delincuencia femenina es un fenómeno que no tendría por qué tener orígenes distintos o específicos dentro del conjunto de la criminalidad, pero los especialistas distinguen variables como mayor discriminación social, marginalidad, pobreza, desempleo y violencia doméstica, lo mismo que los profundos cambios que ha experimentado el papel de la mujer, la familia y la pérdida general de valores, el afán de dinero fácil y la ambición de poder. En el caso hondureño, la mayoría de las reclusas pertenece a familias numerosas y de escasa formación, con problemas de alcoholismo o drogadicción, y procede de zonas marginales en donde son comunes los casos de mujeres con historias de violencia familiar o sexual, que incurren en delitos como homicidio, aborto, abuso de menores o lesiones personales. Aunque en Honduras son escasas las cifras oficiales al respecto, se considera que la delincuencia femenina excede a la masculina en algunos delitos, como aborto –por razones obvias–, infanticidio, abandono y crueldad con los niños, además mucha de la delincuencia femenina está enmascarada y no se descubren fácilmente delitos como el abuso o el maltrato de los hijos.

El incremento de la acción delictiva femenil es común en todo el mundo, especialmente a partir de los años 60 como consecuencia de la “masculinización” que trajo la liberación de la mujer, así lo indican cifras mundiales, según las cuales la brecha entre los actos violentos femeninos y los masculinos ya no es tan amplia pues hoy las mujeres aparecen involucradas en tres de cada 10 delitos, cuando hace unos años la proporción era uno de cada 10.

No se pueden ignorar los cambios en el papel de la mujer en sus formas de transgredir la ley y delinquir pues participan cada vez más en ilícitos, pero tampoco se debe desconocer que ha sido la principal víctima no solo de la tradicional violencia doméstica, sino de la inseguridad y la delincuencia. Así, las estadísticas refieren que las féminas se involucran cada vez más en la extorsión, robo, homicidios, tráfico de drogas y abuso de menores, pero con frecuencia se excluye en los registros otro tipo de criminalidad: la de “cuello blanco” con conexiones en el poder, y la del “crimen organizado” con estructuras y códigos específicos, que infiltra la economía, la política, y las estructuras estatales.

El común denominador de las mujeres delincuentes es que tienen antecedentes de violencia doméstica, asumen la responsabilidad de sus delitos, además provienen de familias disfuncionales con madres víctimas del maltrato de sus parejas, baja autoestima, y con un concepto muy pobre de la familia y la sociedad.

Según informe del Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional de Colombia, tanto el hombre como la mujer son violentos por naturaleza, la diferencia es que desde temprana edad, la mujeres tienen más presiones sociales en contra del uso de la agresión, se les reprime y castiga.

El componente cultural parece más poderoso y aunque las cantidades de testosterona –que podrían explicar la mayor tendencia a la agresividad de parte de los hombres– son menores en las mujeres, eso no significa que estén ausentes y que, en un ambiente hostil, la más dócil de las hembras pueda convertirse en una agresiva fiera.

No se trata de estigmatizar con este análisis, como delincuente a la mujer maltratada, que orillada por la pobreza y la marginalidad incurre en el ilícito y aparece en la nota roja de los periódicos, sino involucrar en el contexto a la criminal de las páginas sociales, sí, esa de cuello blanco, ella la que desde el poder evade al fisco para el beneficio familiar, o la burócrata coludida para encubrir los casos de corrupción más bochornosos que hoy por hoy enlodan aún más a nuestro país. El hecho real es que la criminalidad femenina es hoy más evidente y se refleja en mayores espacios para demostrar capacidades que van desde ocupar cargos de importancia económica, política o social, hasta integrar grupos de delincuencia común u organizada desde los que salió “La Diabla” salió para asesinar y ser condenada y encarcelada hasta la diputada mercadeada como ángel que vendió harina en pastillas y con la complicidad de la ley evadió la cárcel.

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