San Pedro Sula, Honduras
mayo 13, 2021 11:58 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

EL UNICORNIO IDEOLÓGICO: Honduras: las preguntas abiertas

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Héctor A. Martínez
sabandres47@yahoo.com 

Dicen que las crisis sirven para mostrarnos de qué madera estamos hechos los individuos; que miden el carácter de los pueblos frente a los peligros que los acechan. En esto, hasta en las películas de Hollywood se manifiestan los grandes directores como Spielberg, cuando un personaje de “Salvando al soldado Ryan” le dice al otro que “La guerra es la medida de las cosas”, cuando, en realidad, se refería a aquel pensamiento polémico de Protágoras, quien contraviniendo a sus colegas se atrevió a decir que el Hombre era la medida de las cosas, y que los dioses no tenían mucho que ver en los accidentes y en los padecimientos humanos.

Honduras está padeciendo la mayor de sus crisis, al menos de los últimos sesenta años. Siendo muy niños, vivimos en carne propia la guerra del 1969 contra El Salvador y lo funesto de las consecuencias que muchos no recuerdan; las sucesiones en el poder cuando los militares eran los actores estelares del escenario latinoamericano, el fragor de la Guerra Fría en los 80, la crisis global del 2008, y la confrontación social después de la caída de Manuel Zelaya de la presidencia de la República. Esta última es la más parecida a la que sobrellevamos los hondureños en este momento, en plena pandemia; es decir, encima de una crisis que nos está quitando la vida, tenemos montada otra no menos peligrosa, muy nacional, eso sí, pero que está a punto de poner en riesgo la supervivencia nacional.

Y, sin embargo, en ambos problemas tenemos la llave para salir bien librados de los males, solo que el egoísmo de grupos, la perversidad y la terquedad organizada nos impide ver con claridad la luz del día. En el pasado, la polaridad de la crisis ideológica mundial nos exigía portar los sambenitos que nos identificaban como blancos, rojos, amarillos o blanquirrojos, de fachas o anarquistas, como decían en la Madre Patria ¡como sea! O era uno, o era el otro, pero nunca de terceros, de no ser que eligiéramos ser como los saqueadores que iban tras los restos que quedaban después de una batalla. O los inútiles neutrales llamados a sí mismos “apolíticos”.

Pero esta vez, no: hemos caído en la desgracia que subsume a los pueblos en la abominación colectiva cuando la razón y el sentido común se obnubilan frente a la perfidia de sus anversos, es decir, a la sinrazón y la contumacia que caracterizan a los más fuertes, a los que utilizan la tranca en lugar del juicio dialogante, o la negación de las realidades en lugar de la admisión de la verdad. Después de hacer a un lado toda la escoria caótica que generan los irresponsables que se parapetan en el anonimato de las redes sociales, o en los medios que siguen líneas de las agendas partidistas, hemos de decir con certeza que ha llegado la hora de abrir los accesos, no solo al diálogo franco -a veces hiriente, pero necesario-, sino también a la aceptación de la verdad que impide la paz nacional, principalmente desde el lado de los poderes que conducen los destinos del país. Por “poderes” nos referimos a los políticos y a los económicos; por “paz” entendemos que la unidad nacional solo es posible cuando eliminamos lo que impide alcanzar el bienestar de las mayorías.

Porque, a decir verdad, nuestro problema no es coyuntural, sino ancestral: duerme con nosotros desde hace más de cien años, y es hasta ahora que despertamos cuando vemos lo horroroso de su apariencia. Lo que pasa es que nos empecinamos en ver “lo de hoy” como la causa del mal, pero las preguntas que surgen son: ¿Qué cosas queremos cambiar? Y, hablando en serio: ¿Estamos preparados para delinear el sentido de la nación en lo político y en lo económico, tanto como para borrar la corrupción estatal y generar la riqueza necesaria en lo privado? Las preguntas quedan abiertas.

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