San Pedro Sula, Honduras
mayo 13, 2021 12:21 PM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

Cuando un imbécil llega al poder

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Otto Martín Wolf 

En cierta forma, los políticos son como los artistas de cine; la imagen que proyectan en sus diferentes papeles nada tiene que ver con lo que ellos son en realidad.

Una cara bonita, un rostro carismático, un buen timbre de voz y la participación de asesores de imagen, escritores de discursos y hasta diseñadores de moda, todo un gran equipo de profesionales de la estrategia política puede hacer parecer a un perfecto imbécil como “la esperanza” de un pueblo.

¿Y cómo hace ese pueblo para darse cuenta de quién en realidad es su líder?

Nada más tiene que escucharlo hablar sin la preparación adecuada o enfrentarlo a emergencias o situaciones inesperadas.

Es ahí cuando se sabe de verdad quién es quién.

Para aclarar más el asunto, no me refiero a que el imbécil sea un ignorante (aunque algunas veces desgraciadamente los dos factores se combinan).

Puede tratarse de alguien muy rico, guapo y simpático, pero en lo que refiere a su capacidad como estadista ser un perfecto imbécil.

Lo acabamos de ver con el ex presidente Trump. El hombre es muy bueno para incitar a las masas, despertar sentimientos dormidos que le hacen aparecer como la solución y denigrar de una manera graciosa a todos sus enemigos, a veces recurriendo al uso de sobrenombres y otras faltas de respeto, tanto a hombres como mujeres.

La forma estúpida en que cerró los ojos a la COVID-19, que ya le ha costado a su país casi seiscientos mil muertos, millones de infectados y un gran perjuicio a la economía demuestra que, en asuntos como el de una pandemia, su criterio personal, que le llevó a decir ante el mundo entero que inyectando desinfectante (cloro y otros) en las venas podría curarse, el hombre no solo es ignorante pero también imbécil.

Afortunadamente alguien con mejor criterio tomó el mando antes de que el daño fuera mucho mayor.

En el otro extremo del continente, Brasil, el presidente Jair Bolsonaro, con un criterio muy parecido, tiene también a su país en una de las peores crisis (quizá la peor) de toda su historia.

“Tienen que dejar de ser un país de maricas”, “Lamento los muertos, pero todos nos vamos a morir algún día”, y otras frases muy alejadas de lo que un pueblo necesita escuchar: guía, esperanza, soluciones.

El resultado en Brasil es muy parecido al de los EE.UU., en la era Trump. Actualmente, ocupa el lugar número 6 a nivel mundial y el segundo en América en muertos, contagiados y con su economía yéndose a pique.

Bolsonaro ignoró la evidencia científica, hizo caso omiso a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud y fue el último en aceptar algunas de las medidas preventivas más evidentes e importantes, como la simple mascarilla, el distanciamiento sanitario o -el colmo- ¡hasta lavarse las manos! Ambos mandatarios se creyeron infalibles, manejaron un asunto tan delicado con su criterio personal, en lugar de escuchar a quienes realmente saben del asunto.

A Trump le costó la reelección y a su país las cifras mencionadas.

Bolsonaro en lo particular aún no ha perdido nada, su país en cambio sí ha perdido mucho, vidas, salud y un deterioro económico del cual le tomará mucho tiempo recuperarse.

Debo reconocer -sí- que Brasil ha ganado algo con los errores de su presidente, ha comprendido que el hombre es un imbécil.

Quizá al pueblo le sirva esa lección tan costosa.

Una nota adicional: El dictador ruso Joseph Stalin dijo una vez que un muerto era una tragedia, un millón una estadística.

No señores, cuando se habla de muertos, 4 o 600 mil, nos estamos refiriendo a seres humanos, con una vida, familia, hermanos e hijos, nada tan frío como una estadística.

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