San Pedro Sula, Honduras
junio 21, 2021 8:15 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

CUADRANDO EL CÍRCULO: LOS “COYOTÍOS”

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Herbert Rivera Cáceres
herbertriveca@gmail.com  

Lo recuerdo nítidamente. Era un cipote avispado, casi como un adulto precoz, más que bajito, chaparro, por la estatura parecía un enano y por su agudeza un viejo anticipado. No era un niño cualquiera, en aquel interrogatorio suyo con “saconada” incluida del que fui víctima, ya daba visos más que de travieso, audaz, y años después dejaría constancia mundial de la osadía que lo hizo célebre movido por el amor a una mujer: su madre, no la que lo parió si no la que lo cuidó desde sus primeros días de aterrizar en el mundo.

Era finales de septiembre de 1993, estaba en la casa de mi madre, en el terruño del que salí también cipote de 14 a estudiar magisterio, y al que regresaba años después con una carrera militar afortunadamente frustrada y haciendo mis primeros reportajes con un título universitario en periodismo, como redactor investigador de La Prensa.

Era el fin de novenario de mi padre, Rigoberto, y después de los rezos y cuando la ausencia de quienes estuvieron se hizo sensible, ahí estaba aquel “güirro” -diría un costeño- a quien mi madre movida por la sensibilidad que le caracteriza había dado albergue. Poco tiempo estuvo ahí aquel aventurero en ciernes, se fue y ni mi madre ni nadie más en aquella casona supieron cuándo ni cómo se ausentó aquel hombre en miniatura.

Casi dos años después, en junio de 1995, fue atrapado en el aeropuerto de Guadalajara, México, cuando pretendía volar en el tren de aterrizaje de un avión hasta Los Ángeles, California, en donde residía su madre, quien con sus cuatro hijas y su marido lo había dejado en la aldea Tejeras, en Lepaera, Lempira.

Un día después de su frustrada aventura en México como polizón del aire, escribí su historia tras indagar con su estupefacto padrastro y sorprendidas hermanas luego de entrevistarlos en su casa en Tejeras.

Recuerdo haber hecho un símil de aquella frustrada aventura de emigración ilegal aérea que pudo ser tragedia, con la narración de un clásico de la literatura italiana “Corazón” de Edmundo de Amicis que, en el cuento “De Los Apeninos a Los Andes”, daba cuenta del viaje de un niño italiano que cruzó el océano como polizón de barco en busca de su madre en Argentina.

Elmer Javier Licona se llama aquel frustrado emigrante atrapado en Guadalajara siendo niño, ahora tiene mujer e hijos, hace poco vivía en la misma aldea a la cual llegué a buscar a su familia y de la cual salió a los nueve años para intentar emigrar tres veces después.

Pocos lo conocen por su nombre, pero muchos saben de él por el apodo que nunca le gustó y siempre detestó: “Coyotío”.

Su proeza captó la atención de la prensa mundial, mayormente la de Miami y México, y duró meses sin que pasara nada, no obstante, era el indicio de un problema o tragedia mayor cuya cocción se inició mucho antes y que se ha cocinado durante décadas con miles de niños en camino y otros atrapados y encerrados en jaulas como feroces fieras en la frontera sur de los Estados Unidos, mientras intentaban hacer realidad la ilusión de un sueño que se volvió pesadilla al intentar reunirse con parientes en ese país.

Hechos probablemente inusuales como la frustrada emigración del “Coyotío”, cada vez son más frecuentes, casi cotidianos ahora, cuando los medios de comunicación dan cuenta de los peligros a que se exponen miles de niños muchas veces sin compañía para cruzar tres países en busca de una vida mejor que no tienen acá.

Más allá de las razones sentimentales o afectivas, tres factores o causas destacan como los orígenes de esa masiva emigración, la inseguridad, la pobreza y la falta de empleo en el país.

En el caso de Honduras a ese éxodo masivo de personas en general y niños en particular se añaden los efectos de la pandemia de coronavirus, y el desastre causado por los huracanes “Iota” y “Eta”. Los menores no acompañados son un grupo de emigrantes merecedores de una especial atención en Honduras, donde no la tienen y son solo motivo de análisis inservibles y debates inútiles cuando en el destino imperial ponen “el grito al cielo”.

Según los datos de la Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia (DINAF), entre 2014 y 2020 se registraron 76 mil 635 atenciones a niños migrantes, se destacan los departamentos de Cortés y Francisco Morazán como los de mayor expulsión de niñez migrantes.

En 2020, el registro de la DINAF daba cuenta de 4 mil 797 menores de edad migrantes, de los cuales dos mil 107 no eran acompañados por un adulto, representando el 46 por ciento del total de menores retornados ese año.

En 2021 la situación no mejora, al contrario, empeora, y lo refleja el hecho que, de la más reciente caravana migrante, 167 menores habían sido retornados hasta el 23 de enero, y de esos 150 viajaban solos.

Estas cifras coinciden con las reveladas por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que indica que sus agencias atendieron a más de 100 niños que desertaron de la caravana en mención, de los cuales el 80 por ciento viajaban solos.

La situación, que algunos consideran crisis humanitaria, se agrava y complica de acuerdo a estadísticas del Instituto Nacional de Migración, (INM), de México, el cual reporta que ha detenido a 34 mil 993 migrantes irregulares de varias nacionalidades hasta el 25 de marzo, un aumento de casi el 28 por ciento o siete mil 643 personas más que el año pasado.

Ante tal desastre humano algo hay que hacer y así el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, (UNICEF), sugiere a los gobiernos diseñar leyes, políticas, sistemas y servicios que tengan en cuenta a todos los niños y aborden las necesidades específicas de los niños migrantes y desplazados, con el fin de ayudarlos a prosperar. Adicionalmente el informe “Niñez migrante no acompañada en la región Norte y Centroamérica”, del Instituto para las Mujeres en Migración Asociación Civil señala que en países como Honduras es imprescindible que la recepción de los menores migrantes que son devueltos, involucren a las autoridades de protección a la niñez y se garantice una atención personal orientada al interés superior, evitando que regresen a las mismas circunstancias.

Recomienda, además, fortalecer sus instituciones de justicia, educación y bienestar infantil, e implementar políticas sociales y económicas para la juventud, y propone también fortalecer, desde los países de origen, la protección consular en los países de tránsito y/o destino, que redunde en el bienestar de sus connacionales, principalmente de los menores migrantes.

El drama de hace 27 años con Elmer Javier fue el reflejo de una tragedia personal, lo que ocurre con miles de menores emigrando es la evidencia de una crisis internacional, pero también de una debacle de un país del que se estima que solo ahora hay cuatro mil niños en albergues del Gobierno estadounidense.

Ellos son carentes de un Gobierno eficaz y eficiente y huérfanos también del amor de sus padres. Muchos se sorprendieron con la audacia de Elmer Javier Licona, de quien entonces muchos supimos y que ahora muchos más ignoran o no recuerdan, no obstante, son centenares de “Coyotíos” los que, empujados por la indigencia material o afectiva, se atreven y arriesgan su vida buscando en tierra ajena lo que no pueden tener en la propia.

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