San Pedro Sula, Honduras
junio 21, 2021 3:11 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

Descuido, ignorancia y otros peligros del feriado

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José Adán Castelar 

Dos situaciones han causado desconcierto en estos primeros días de Semana Santa: quizás lo más notorio fue la actuación de un sacerdote en Copán, que despojó de su mascarilla a una señora, y aventó el protector por allá, despectivo, displicente; lo otro, piscinas abarrotadas, fiestas en el agua con abrazos y risas, sin ninguna protección contra el virus.

Los presagios son terribles, porque solo hablan de un aumento significativo de los casos de Covid-19, y para más inri, la vacuna va lenta, y los hospitales están repletos: en San Pedro Sula, hasta un 85% de ocupación, y en Tegucigalpa casi imposible, no hay cama para tanta gente.

El padre Rolando Peña, el protagonista del quite de mascarillas y de una escandalosa ola de opiniones en contra de su actitud, justificó que esa es desde siempre su forma de ser, su estilo, bromista y lenguaraz, para hacerse entender entre los feligreses con un lenguaje coloquial.

Probablemente sin quererlo, el sacerdote desveló uno de los riesgos invencibles en esta lucha desesperada contra el coronavirus: los escépticos que han interpretado la fe cristiana a su manera y menosprecian las recomendaciones de la ciencia, reniegan del uso de la mascarilla, les vale el distanciamiento y no les interesa el alcohol aplicado.

En las redes sociales, en los grupos de WhatsApp, y hasta en la radio, aparecen varios citando -convencidos, imperiosos- algunos pasajes de la Biblia que hablan de pestes, e interpretan que no necesitan más que la fe para capearse las desgracias, y por eso desdeñan la bioseguridad.

Curiosa situación, porque las mismas iglesias, Católica y Evangélica, mantienen una intensa campaña para recomendar a la feligresía la atención a las medidas de protección, y hasta la eucaristía, el culto, y la actividad tradicional de la época, han cambiado su ritmo y asistencia, para evitar la espantosa contagiosidad del virus. Los religiosos en todo el mundo han recibido el manotazo invisible y brutal de la pandemia, con una cantidad impresionante de enfermos y una incontable cantidad de fallecidos, ya lo sabemos, por su labor de contacto directo con las personas y su exposición frecuente a focos de contagio.

Y los otros, los fiesteros y desahogados, que participan en bulliciosas juergas bajo una inexplicable e irresponsable confianza de que el virus no se propaga entre amigos, y menos entre familiares; la misma desastrosa confianza que tiene de rodillas a Europa y a Estados Unidos, y eso que allá tienen dinero, vacunas, medicinas, hospitales, y eso.

¿Tuvo que cerrarse el país por completo? Claro que no, aunque sea tan difícil balancearse entre la crisis sanitaria y la catástrofe económica, porque las dos situaciones están destrozando el país, así que tendremos que aprender a convivir con ambas.

También, con todo lo que se ha dicho en un año de peste, es difícil pensar en una cruzada más fuerte de concienciación contra la ignorancia y la irresponsabilidad, pero habrá que hacerla.

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