San Pedro Sula, Honduras
mayo 13, 2021 12:00 PM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

CUADRANDO EL CÍRCULO: Cuentos sin contar (Segunda parte)

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Herbert Rivera Cáceres 
herbertriveca@gmail.com

Regresó días después con su protuberancia estomacal inflada cual elefanta a punto de parir, consecuencia de engullir en una sentada las comidas de toda una vida para un somalí famélico con la voracidad de quien no ha probado bocado nunca.

Se había despachado con todo lo que le sirvió su madre y hasta lo que no, decía que pensar lo cansaba demasiado pues aseveraba que era el trabajo más difícil del mundo y así para recuperar con comida los recuerdos escapados, como mercader chino de Wuhan arrasaba con toda fauna ambulante y atiborraba su aparato digestivo con todo lo que encontraba a su paso. Así pasó con lo que le pusieron en la vieja y quejumbrosa mesa en la que con cuchillo había labrado las fechas de nacimiento de los pecadores y pecadoras del santoral registrados en el almanaque Bristol, única y la más valorada herencia legada por su fallecido padre, a quien nunca conoció, y quien partió al más allá, o al más acá, por la caída de un coco en su cabeza, razón por la cual cuando se encolerizaba se recordaba de su macanazo en su mollera y solo atinaba a mascullar ¡puta, no jodan, la historia se repite!

Eructó cual volcán en erupción, y más bien con pedantería rupestre exhibió con orgullo barrilero su mala crianza y luego se acomodó en su trono de rey sin reino, la vieja piedra, lisa ya de soportar aquel semoviente contador de historias germinadas en su mente de ocioso sempiterno.

¿En qué estábamos o por dónde íbamos?, preguntó con brusquedad y con fingido desinterés para agregar seguidamente: ¡ah!, falta lo de cuando Él anduvo o fue pirata y obispo pues ya le conté lo del rey persa y del Cid Campeador, recordó.

Asentí apenas cuando, sin mirarme y viendo en lontananza palabra en ristre, arrancó su correría narrativa y narró que otro día Él le aseguró haber sido también un pirata, ni siquiera de agua dulce mucho menos de agua salada. Nunca conoció el océano, era más bien un Barbanegra o Francis Drake de tierra firme, que nunca había tocado el agua, pero conocía el hielo y para él que lo helado se derritiera en sus dedos era como haberse mojado en el mar.

Todo lo pirata que Él creía ser, explicó, tenía que ver con un hermoso cofre en el que alguna vez los incas cargaron su oro para liberar a Atahualpa prisionero de Pizarro y, que, desde el otro lado del mar, le llevó una saqueadora de almas tristes y corazones rotos, y completos también.

Aquel diablo con falda, agregó, le había dicho que para abrir el baúl debía dejar pasar un buen rato porque adentro estaban sus tristezas idas y también sus alegrías por venir.

En la espera por saber qué llenaba adentro se vació por fuera y se le fue media vida en la desesperante espera hasta que se aburrió y lo abrió sin encontrar nada más que un destapador de cerveza con arte maya y letras gringas impresas que decían “Welcome to Chichen Itzá”.

Decepcionado, le cedió el cofre a su hijo, por supuesto con todo y destapador, y le manifestó: “Tené para que guardés tus trapos y chupés en inglés y mexicano”.

Así divagaba él sobre Él, se la pasaba garabateando en el aire caligrafía en mandarín, y en una vieja tabla dibujaba paisajes invisibles mientras se le diluía la vida en un viejo sillón color marrón, como su alma.

Fue ahí mismo en donde otro día refirió que hacía un siglo que Él también había sido un obispo, o quizás cardenal, “no importa el rango porque al final los pecados son los mismos y los pecadores igual y aunque quieran llegar a Dios se quedan siendo diablos”, sentenció.

Enfundado en su sotana de senil libidinoso, prosiguió, le dio por deambular fuera del recinto clerical de aquella comunidad de indios lencas.

Con el cuento de cuidar al rebaño de su grey dispersa, le daba por recorrer la comarca y pastorear a cuanta mozuela con berrido de oveja se le atravesaba en el camino en donde aquel Luzbel pecaminoso dejaba sin honra y sin fe a las vírgenes después de un breve sermón corporal en siete lenguas y tres idiomas.

Un lazarillo, un menor con nombre de demonio alemán, le acompañaba siempre, se decía cristiano devoto, pero era atea aquella alma perdida, candidato a ánima en pena o postulado para embajador del averno.

Tenía aquel engendro también nombre de artilugio para fabricar cualquier cosa y falsificar hasta las limosnas u ofrendas de la misa, y cuando no lo hacía cambiaba aquellas propinas falsas de la fe campirana mal entendida en los tugurios o mercados en donde aquel fraile imberbe del pecado saciaba su insaciable apetito con “pan de mujer” o simplemente con galletas, siempre acompañado, especialmente de noche, por otro acólito con nombre de arcángel y cara de perro.

A ambos les gustaba intercambiar pulgas en camas ajenas pues, según aquella mancuerna apocalíptica y coscolina, así honraban parte del sacrificio que debió atravesar por este valle de lágrimas el obispo o cardenal de quien fueron aprendices y del cual se empeñaron en seguirle los pasos hasta que conocieron los billetes de quinientos. Hasta que murió aquel prelado de la ignominia, a los 107 años, después de siete haciendas y miles de vacas, ah, y también luego de 34 hijos y 22 hijas, 112 nietos, 89 bisnietos, y una larga prole que toda ella quería imitar y al menos ser el báculo obispal para alcanzar la grandeza de tan sublime antecesor, aquellos mellizos pecaminosos abandonaron sus hábitos eclesiales de curas en ciernes, pero continuaron con sus pecados habituales.

Entonces el relator silenció su inspirada verborrea narrativa y se fue mascullando cuando la madre salió y le dijo ¡métase para adentro que nunca para, y usted, me vio, como se nota que no tiene nada que hacer más que escuchar sus disparates, mejor regrese otro día talvez para entonces él ha viajado en su mente de desmemoriado precoz y de seguro algo más tendrá que contar.

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