San Pedro Sula, Honduras
mayo 13, 2021 1:01 PM

Publicidad

CLIMA SAN PEDRO SULA

MATALASCALLANDO: Chapado a la antigua

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on telegram

Compartir

“Todo hombre es un héroe y un oráculo para alguien”. Ralph Waldo Emerson. 

Ing. Carlos Mata
cmata777@hotmail.com 

Agapito Melón (alias “Agachito”, por su baja estatura) era obediente, todavía usaba con orgullo los pantalones de su viejo adaptados para su altitud y anchura, jugaba con pichingos de caballos y vaqueros de plástico -cuál internet y babosadas de cristal-, era campeón en el barrio del juego de la tortuga con canicas y el de los tres hoyitos. Estudiaba en la Presentación Centeno y siempre demostraba con orgullo y garra catracha la devoción por su papá, puesto que no solo lo respetaba, sino que hasta lo admiraba, así como cuando corría la afición detrás de “Rambo” cuando le echó un gol a México cuando el aztecazo, mientras la afición le rugía casi en el oído un indiscreto “¡viva México, cabrones!”

“Mi papá es agente de seguridad”, decía Agachito todo presumido y con tono flemático. Y como siempre, como buenos hondureñitos presumidos comenzaron a alardear que uno de ellos era dueño de un banco, que el otro era el que ponía los sellos a las cartas del correo, otro tenía por padre a dueño de gasolinera e incluso hubo varios que dijeron que su papá era diputado, estos sí desconocían en su inocencia la confesión que acababan de decir. Nadie pudo, a pesar de eso bajarle lo presumido a Agachito, simplemente era furibundo admirador de su papá.

Cada vez que había una nota roja, los amigos lo rodeaban para que les contara los actos heroicos de su papá, ya que siempre les decía que era el mejor conductor de patrullas, que manejaba la pistola mejor que Clint Eastwood, que cuidaba lo que fuera necesario y les contaba con lujo de detalles las incidencias de los hechos criminales. Hasta les decía que desactivaba a puras mordidas las bombas lacrimógenas que les devolvían los revoltosos y una vez tapó una bomba que bien volaba toda la ciudad y la salvó. Ya daba señales de publicista el mocoso.

A veces les llevaba pedazos de tela de camisas que tenía que botar el papá por el desgaste en semejantes campañas, otras veces la chapa que lo identificaba, pedazos de hebilla, casquillos de balas, recortes de periódico como si se tratase de reliquias de Carlo Magno o Napoleón. Sin embargo, cada vez que el jefe de la estación de Policía determinaba que harían operativos de rescate, de requerir documentos a la ciudadanía, de vigilancia o cualquier misión, siempre quedaba en el cuartel a cargo del teléfono. Cada vez que había que ir, simplemente no iba. Se quedaba viendo la novela y esperando llamadas. Ya la vieja sabía que más tardecito se lo llevarían a casa inconsciente, bien dormido, puesto que se aburría en el cuartel y le gustaba lo espirituoso. Llegaba bien cañado y cargado en andas por sus compañeros hasta su misma cama. La vieja lo deploraba. Y Agachito no lo sabía, se iba a dormir a las siete y media todas las noches y nunca se enteraba de eso. Simplemente admiraba a su papá. “Es heroico agente de seguridad”, decía con orgullo.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on telegram
Telegram

Compartir

Publicidad

Recientes

Publicidad

Publicidad