San Pedro Sula, Honduras
junio 21, 2021 7:09 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

CUENTOS POR CONTAR (Primera Parte)

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Herbert Rivera Cáceres
herbertriveca@gmail.com

Desde aquel cachimbazo en la mollera nada nunca más fue igual para él, aunque para todos los demás siguió siendo lo mismo, como si no hubiese pasado nada, aunque sí pasó. Nunca supo cómo y qué ocurrió, tampoco le interesó saberlo y nadie mostró intención de contarle cómo se produjo aquel cataclismo en su sesera.

Sus cuentos, quizás medias verdades o mentiras completas, me las contó sentado en una piedra, comiendo aguacates con mangos afuera de la casa de su madre, la única posesión que les quedaba después de varias generaciones que les quitaron todo siempre para no recordarlos nunca.

Ahí estábamos, yo expectante, listo como un rastrillo para sonsacarlo y arrastrarle recuerdos o ilusiones de su memoria; y él, impávido, en nada, arrimado y casi abrazado a un cactus, según el relator, para paliar la comezón que taladraba su piel de cocodrilo bíblico invulnerable sí a cuatro pestes de Egipto y tres epidemias de Judea.

Me lo contó todo con la certeza lapidaria de quien asegura que el mundo se vuelve plano cuando todos duermen. Narraba cómo si todo eso le hubiese sucedido a otro y de quien ignoraba su destino o paradero, y del que tampoco sabía si en verdad existía en esta Tierra u otra, o si era sólo un fantasma, una ilusión fugaz y eterna o simple divagación en su cabeza, que siempre le dolía cuando refería las anécdotas o probables aventuras del protagonista de aquello que más que una odisea parecía un variopinto cuento chino.

A “Él” le decían “tres en uno”, inició, pero eran más, quizás cuatro. Así se sentía y se sabía, agregó: desde el mercenario ibérico de la caballería castellana, un pirata ni siquiera de agua dulce más bien de tierra firme y que le huía mojarse pues no le gustaba bañarse. A éstos dos protagonistas de sus vivencias le añadía el obispo centenario, supuestamente dedicado a Dios, pero endiablado con las mozas y sin nada de santo. Aquel pigmeo salido del purgatorio, más por costumbre que por deseo propio o inspiración ajena, o divina, creía tener segura la santidad y además ganado un lote en el paraíso. Se sumaba a su galería de galanes de su jacarandosa inventiva un monarca de las riberas del Éufrates, empeñado en ganar guerras imaginarias sin pelearlas y obcecado también en descubrir si el cero en su redondez podía ser cuadrado también.

¡Jumm! pujó al mismo tiempo que se mesaba su ya plateada barba y se rascaba también la cabeza como si esquilara recuerdos debajo de su blanca y espesa cabellera mientras rumiaba la búsqueda en su memoria de dinosaurio depredador de remembranzas.

Me miró fijamente y con certeza sacramental afirmó de presto: A él, no sé porqué, le dio por sentirse un rey persa de los tiempos de Nabucodonosor, desde que una odalisca había abandonado el harén de un sultán y volando en una alfombra llegó cargada con cojines amorosamente elaborados en Marruecos. De aquellas almohadas para sillón tres le gustaban más, dos azules que le recordaban los ópalos en sus ojos de felina en celo, y uno color terracota, que al verlo le ayudaba a rememorar las turgencias, curvas y precipicios de aquella hembra remota que desde entonces y para siempre lo mantenía cimbrado y erecto en su ecuador. Así pasaba Él todo el día y todo el tiempo, rascándose la barriga, prosiguió, soñaba despierto con el regreso pronto de su musa mora levitando en su alfombra voladora. Creo incluso, añadió, que aunque no había río esperaba que llegara nadando; y al final no le importaba como, mientras ella regresara no le interesaba si lo hacía aunque fuera a rastras. Nada de eso ocurrió, llegó deslizándose en un trineo jaloneado por cabras del Himalaya, sin alfombra y sin cojines, Y sí, regresó para no quedarse, pero él nunca más la volvió a dejar ir, y desde entonces por ratos hubo alegría en ellos y tristeza eterna en los dos pues día a día se extinguían ahogados en la rutina y el aburrimiento por no tener peleas que ganar ni más alfombras que volar.

Me narró que Él también se creía el Cid Campeador, pero no galopaba a las batallas de los reyes castellanos católicos contra los sarracenos enfundado en coraza de hierro y cuero, y jineteando un brioso, poderoso y veloz corcel; al contrario, le daba por pasearse lentamente de aldea en aldea, sin camisa y mostrando la panza mientras jineteaba una burra pachorruda a la que para verse, según él, como un caballero de abolengo y de soberbia estampa, le pintaba rayas para que pareciese una cebra diezmada con sus artes y oficios de domador de nada. Me decía, me dijo, que habían pasado 12 años desde su última correría asnal y fue entonces que entre la muchedumbre de aquel caserío de menos veinte, la vio y ella sin quererlo ni desearlo se le clavó en el corazón mientras él se quedó viviendo, o quizás muriendo, entre aromas de rosas inexistentes y por él ahí mismo creadas y a las que le dio por llamar sanjuanes.

Luego se calló de repente, no habló más.

Me quedé viéndolo, meditando largo hasta que una mano enjuta, de mujer vieja perdida en el tiempo y los recuerdos, con cara visiblemente cansada y con los surcos de la edad de Matusalén marcándole el rostro y la vida, me sacó de mi ensimasmiento e hizo una mueca y con desenfado manifestó: él es Él, el de esos cuentos locos, no hay otro, después que de la nada se cayó y se golpeó la mollera cuenta esos cuentos sin contar porque desde entonces quedó atarantado diciendo pendejadas de otros mundos, otros aires y de otros mares.

Lo he purgado con te de sen, linaza y manzanilla, continuó, pero lejos de regresarle la memoria casi se le va la vida metido en el baño evacuando mañana, tarde y noche por 127 días seguidos.

Cualquier mejunje y brebaje que le recetó la partera se lo he dado porque le creo a la comadre, pues yo solo lo cargué y le di la vida para que se muera, mientras que doña Juana lo sacó al mundo y por eso ella lo conoce más, meditó convencida

Él entonces, como si nada, salió de su mutismo para expresar: Hasta ahí dos de “tres en uno ”, iré a comer dijo porque las historias contadas son mejor para el que las cuenta con comida en la petaca, para el que las escucha no sé.

Y se levantó y se fue, sin despedirse siquiera, a escrutar lo inescrutable de su imaginación y a sosegar su alma mustia y quizás a encontrar su memoria extraviada. (Continúa próxima columna “Cuadrando El Círculo”, del jueves 25 de marzo).

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