San Pedro Sula, Honduras
junio 21, 2021 7:31 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

EL UNICORNIO IDEOLÓGICO: La utilidad práctica de elegir en política

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Héctor A. Martínez
sabandres47@yahoo.com 

John Stuart Mill decía en su obra “Consideraciones sobre la democracia representativa” que existen dos tipos de ciudadanos: los pasivos y los activos. Que los políticos preferían a los primeros porque resultaba más fácil manipularlos y volverlos dóciles e indiferentes frente a los desmanes cometidos por el poder.

Esta clasificación social era para Mill, a todas luces, una clara crítica a la mecánica de selección de los representantes a cargos populares, considerando el promedio educativo de los votantes, pero sin dejar de sugerir que mientras esos niveles no mejoren, las ofertas políticas provenientes de los partidos siempre serán aquellas que solo benefician a las cúpulas y no a la mayoría de la población. Mientras esto ocurra -y porque todos sabemos que es así-, entonces, el gran fallo de la democracia seguirá siendo la forma de participación ciudadana en las decisiones de los partidos políticos, confirmando lo que Stuart Mill escribió hace ya casi doscientos años.

La importancia del nivel educativo estriba en la capacidad de selección de cada individuo que -se supone-, deberá elaborar un análisis profundo de las opciones que se le presentan en los procesos eleccionarios. Según un principio básico -en el que casi nadie repara-, los votantes deberían ser capaces de determinar si la acción de elegir a un candidato de un partido político resulta ser de beneficio para su vida o si se trata de un mero entusiasmo colectivo estimulado por la propaganda de los medios de comunicación masiva. Si el motivo primordial para elegir no fuese la utilidad práctica de su acción, entonces no tendría ningún sentido participar en un evento de naturaleza plebiscitaria, porque, se supone, que el depósito de un voto en la urna debería tener un efecto benéfico, a la manera de una tasa de retorno de la inversión, en este caso, de naturaleza política. Nadie compra un producto o servicio sin pensar en su utilidad práctica y nadie arriesga su medio de compra por el simple hecho de gastarlo sin sentido práctico.

Como todos sabemos, los políticos en América Latina se han servido de la ignorancia de la mayoría de la población para manipular la psique, a través de las campañas publicitarias, aprovechando el efecto directo y subliminal del marketing social, cuya misión primordial es tratar de posicionar las ofertas en la mente de los votantes, como si se tratara de productos de consumo masivo colocados en el supermercado electoral. La gran diferencia es que, en el mercado de bienes y servicios privados, el cliente puede elegir si tomarlo o no, dependiendo de sus características como la calidad o el precio. Incluso la devolución es considerada en estos casos.

En los años 80 y 90 del siglo pasado, la imagen externa fue el cebo para atraer a los votantes, mientras que estos no reparaban en la ascendencia moral de los candidatos. Bastaba con la verbosidad sin sentido proferida en los mítines organizados en los barrios marginales. En este siglo, el contenido del discurso utilizado pasó a ser la clave de la apuesta electoral. Ahora se alude más al simbolismo de la inclusión social, simbología que los políticos tradicionales han comenzado a explotar para alcanzar sus propósitos electorales.

Hay quienes aseguran que el abstencionismo, en sociedades como la nuestra donde el nivel educativo es bajísimo, es un síntoma de que la población ha comenzado a tomar consciencia, mientras el deterioro democrático se muestra evidente. En general, el público está más interesado en la ética que en los resultados económicos, por una sencilla razón: no creen en la utilidad práctica de la política. Para llegar a ese estado de consciencia que es lo mismo que decir educación -en este caso, empírica-, han pasado cerca de doscientos años, y no sabemos cuántos años más habrán de pasar para darnos cuenta de que los beneficios de la política son para quienes la ejercen y no para las mayorías.

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