San Pedro Sula, Honduras
junio 21, 2021 8:02 AM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

EL UNICORNIO IDEOLÓGICO: Mitos sobre las empresas estatales

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Héctor A. Martínez
sabandres47@yahoo.com 

Uno de los mitos que nos han heredado a través de las generaciones, es aquel que sostiene que las empresas estatales son “empresas del pueblo” y que, por tanto, no deben ser cedidas, bajo ninguna condición, a la administración privada.

No sé quiénes inventaron esa frase que no tiene apego con la realidad y que resulta completamente falsa, porque, a decir verdad, ningún estado debería mantener empresas de bienes y servicios bajo su control administrativo, pues su rol no es generar la riqueza, sino, cuidarla y promoverla, permitiendo que los sectores productivos -privados, desde luego-, puedan operar bajo condiciones de confianza y seguridad jurídica. La confianza está asentada en la seguridad jurídica y económica, es decir, cuando un capitalista quiere movilizar su capital hacia un determinado sector, primero observa la situación política del país para decidir si vale la pena el riesgo de la inversión. Esa seguridad solo la puede ofrecer el Estado. Pero no es la función de este meterse a los negocios, por varias razones: primero, porque compite en mala lid con aquellos actores que quieren invertir en los rubros donde el Estado es el dueño de la plaza. Segundo: porque la motivación primera de una empresa estatal no es la ganancia, sino los mandatos de los políticos. Sus directivos no obedecen a las líneas estratégicas, sino a las órdenes que vienen de arriba, es decir, dejan de ser “managers” para convertirse en autómatas de la maquinaria oficialista. A la larga, eso entorpece los resultados en todas las perspectivas del negocio: a los empleados, los procesos, los clientes y, por supuesto, a las finanzas. Es un problema de causa y efecto.

La ENEE y Hondutel, en su condición de empresas estatales han comenzado a evidenciar síntomas de liquidez y de solvencia para responder a los agentes que gravitan alrededor de ellas como ser, empleados, proveedores, clientes y al mismo Estado que funciona, en este caso, como el único inversionista. Cuando una empresa comienza a presentar problemas financieros y dificultades para responder a los acreedores y proveedores, decimos que es una empresa condenada al fracaso, salvo que ocurra un milagro. Pero ese milagro no es cuestión providencial, sino de sesos y de estrategias. Con el cuadro clínico que presenta la ENEE y Hondutel, en una empresa privada ya se habrían hecho los esfuerzos para aplicar una de las estrategias que Michael Porter sugiere para determinar si en los plazos correspondientes, es posible evitar la debacle; un plan que, a esas alturas casi siempre resulta en un intento fallido.

El otro problema, que a la vez es un mito, es suponer que una empresa estatal vende más barato porque es más consciente de la situación de los pobres. Esa falacia solo un inocente se la cree. Cualquier empresa, sea estatal o privada está regida por los precios del mercado, de la oferta y la demanda, es decir, no opera en un mercado paralelo. Cuando los gobiernos acuden al subsidio por razones políticas, es decir, cuando el Estado contribuye con una parte de la factura del consumidor, es un costo que saldrá del bolsillo de alguien más, ya sea vía impuestos o cortando el presupuesto de otra entidad pública para rellenar el hueco financiero. O con préstamos que todos sabemos lo que provocarán en el futuro.

Una empresa sana es la que genera riqueza, pero la reinvierte en tecnología para mejorar el rendimiento por unidad productiva. Es aquella que mejora los procesos, bajando los costos para mantener los precios estables. Es la que sirve al cliente con denuedo y no ve en las quejas de estos, molestias sino, oportunidades. Una empresa pública obsequiosa, en cambio, que despilfarra sus recursos, es una empresa condenada a la muerte. Es una empresa que, en lugar de generar riqueza, la destruye, pero, aun así, sigue siendo del pueblo.

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