San Pedro Sula, Honduras
abril 16, 2021 1:33 PM

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CLIMA SAN PEDRO SULA

CUADRANDO EL CÍRCULO: El silencio dice mucho

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Herbert Rivera Cáceres
herbertriveca@gmail.com

Siempre se ha dicho, casi como una verdad inapelable, que quienes hablan mucho dicen poco; y es verdad, es decir, parlotean sin interrupción y sin medida en su irrefrenable hábito locuaz.

Casi nada o poco queda por aprender de esa gente parlanchina, que en sus habladurías dejan que desear y mucho más por desechar.

Hay quienes, aunque hablan, prefieren no hacerlo, es más, parlan desde su mutismo, dicen poco o casi nada: prefieren actuar, y, como dijo el cantor se decantan por hacer verbo y no sustantivo. Predican con el ejemplo.

Esos casos, si no abundantes, existen más de lo que se creería, conozco algunas personas que desde el silencio o más bien desde el anonimato hacen mucho especialmente por los demás.

Seguramente son varios, pero de lo que me consta, recuerdo a algunos de esos individuos generosos: Sor María Rosa, Mario Fumero, Rómulo Emiliani, Elena Micheletti y el doctor Elías Asfura, gente excepcional cuya existencia y acción hace a la nuestra una especie diferente.

A muchas de estas personas les distingue su altruismo silencioso del cual hacen una marca o estilo de vida de su discreción en la acción de dar, contrario a la parafernalia desatada por los políticos cuando inauguran obras o pregonan logros que aseguran existen pero que soplo ellos ven, y cuyo financiamiento con los recursos públicos solo ellos disfrutan.

Los estudiosos de esa locuacidad desenfrenada señalan que el parlar o hablar mucho lleva a la idiotización mientras que el silencio eleva el intelecto y gana muchas peleas.

La sabiduría pueblerina ya da cuenta de esa afirmación en su refranero popular cuando entre otras “perlas” sugiere: “calladito, calladito se ve más bonito”, aunque esto sonó más a pacto entre mafiosos o advertencia de truhanes cuando un ex mandatario recomendó callarse a uno de sus ministros.

Del silencio, no obstante, no se saben aprovechar sus bondades, hay quienes la utilizan como la peor de las armas y silenciosos llaman la atención y plantean mucha incomodidad sinónimo de una larga lista de emociones desagradables que nadie quiere vivir en una relación.

“El silencio equivale al vacío, a la nada e, incluso, lo asociamos a la muerte”, dice Ángeles Marco Furrasola, autora del trabajo “Una antropología del silencio: un estudio sobre el silencio en la actividad humana”. La necesidad de hablar de manera incesante tiene una explicación histórica, según esta estudiosa quien añade que las culturas mediterráneas tienen sus raíces en la cultura grecolatina en la que la retórica y la oratoria eran importantes porque el individuo se insertaba en la sociedad a través de la palabra hablada.

El don de la palabra se ha erguido como baluarte de poder en unas sociedades mientras que en otras le dan al silencio un valor inconmensurable hasta el punto que, en filosofías como el budismo, el silencio lo es todo hasta el punto que se considera un auténtico líder a aquel cuya presencia apenas se percibe.

El afán por hablar (hasta cuando no es necesario) nos ha alejado tanto del silencio que ha llevado al punto de temerle, así, el filósofo Jorge Freire culpa a la sociedad de la información, que tiene a la gente constantemente conectada a algo.

Y recomienda: “Ante la promoción del bullicio constante —que siempre lleva a la idiotización— no hay mayor desacato que mantenerse quieto y en silencio, aunque callar cuando el silencio produce pánico e incomodidad se torna complicado.

Al silencio en determinadas ocasiones se le usa como arma de protesta y, en otras, como forma de homenaje pues provoca emociones.

Además de esa fuerza colectiva en actos multitudinarios el silencio transmite desaprobación, y muchas veces es la peor condena, tal premisa se refleja en que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Ante la situación de mortandad pandémica por la COVID-19, y la consecuente queja de quienes lamentan el estado de indefensión en el que aseveran se encuentra la ciudadanía, una opción es el silencio como único lenguaje posible para recordar a los fallecidos.

Gracias a eso se puede traer al presente a quien ya no está y centrarnos en nuestro interior, donde aún habita, y además porque lo inexpresable es misterioso y complejo.

El psicólogo clínico y social Fernando Cembranos explica que contrario a esos silencios, de tintes nobles, existe también uno mezquino y manipulador que como arma política lleva a pensar en la censura para silenciar incluso grandes obras literarias como “La Metamorfosis”, de Franz Kafka y considerada por el régimen nazi como una incitación a la rebelión de las masas, y también “El amante de Lady Chatterley” de David Herbert Lawrence, prohibida durante tres décadas en Inglaterra por contener pasajes de sexo explícito.

Este tipo de silencio lo usan también aquellos que buscan castigar a un ser querido. Lo hacen para que su víctima no repita lo que ha hecho.

Callar no siempre es manipulador y en determinadas situaciones, como discusiones, se usa el silencio a modo de escudo protector de la salud mental y no responder puede ser la opción más válida e inteligente, además la salud mental está también en no necesitar ganar todas las batallas: para meterse en discusiones inútiles es mejor optar por el silencio administrativo. La despreocupación de lo colectivo y de lo que le ocurre a otro es un silencio en el que nadie debería caer y, sin embargo, lo hace. Es un silencio al que arrastra la misma sociedad que no puede vivir sin el bullicio. Es el que aparece ante las injusticias que resultan ajenas pero que deberían ser de todos. Ese silencio es el que hace taparse los ojos ante lo injusto, es el que requiere ser valientes para denunciar tanta anomalía ante la cual no se puede callar, y que en el caso de los hondureños -con su mudez-, más que permisivos se han vuelto cómplices y hasta alcahuetes del infortunio en el que permanente viven.

Así, ante tanta calamidad no se debe callar porque “el silencio solo es oro cuando no hay una buena razón para romperlo” y aquí sobran razones para no continuar ni callados, ni silenciados

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